División Panzer: punto culminante de la guerra moderna

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Análisis GESI, 37/2017

Resumen: Jones califica la Segunda Guerra Mundial de «punto culminante de la guerra moderna» y la división Panzer de «guerra napoleónica con cuatro sistemas de armas». Su importancia reside en la articulación táctica y operacional que permite, sintetizando la historia militar. La progresiva articulación de las unidades ilustra la interacción entre los elementos que la componen.

Los carros necesitaban el apoyo de las otras armas, aunque dotadas de similar movilidad y protección. La revolución militar no fue provocada por el carro, sino por la división Panzer: una proporción equilibrada de carros, infantería mecanizada, artillería autopropulsada y otros apoyos completamente motorizados.

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Introducción

En The Art of War in the Western World, Archer Jones califica la Segunda Guerra Mundial de «punto culminante de la guerra moderna» (Jones, 1987: 508). Sin ninguna duda, el protagonista principal de este conflicto fue la división Panzer. La misma obra se refiere a esta organización como «guerra napoleónica con cuatro sistemas de armas» (Jones, 1987: 539). No podría ser más acertada esta definición.

Lo más característico de las guerras napoleónicas no tuvo lugar a nivel táctico, sino a nivel operacional. La implementación por Napoleón de las ideas de Guibert y Bourcet, junto a las nuevas condiciones operativas provocadas por la Revolución Francesa, permitió a sus ejércitos inaugurar el nivel operacional de la guerra.

Si no hubiera sido por esto, la tecnología habría provocado unas guerras indecisas ya a mitad del siglo XIX. No fue así porque la imposibilidad de obtener ventajas a nivel táctico, por la reducción de los sistemas de armas de cuatro –en el siglo XVI– a uno solo –en el siglo XIX–, quedó compensada por la novedosa posibilidad de obtenerlas a nivel operacional. Esta situación terminó, al comienzo de la Primera Guerra Mundial, con el considerable aumento del tamaño de los ejércitos, provocado por la Revolución Industrial.

Pero este estancamiento táctico y operacional terminaría convirtiendo ese conflicto en un laboratorio para el desarrollo de nuevos medios de combate y un pensamiento militar más sofisticado. Desde un punto de vista tecnológico, provocaría el desarrollo del vehículo de combate acorazado, la aviación militar y el fuego indirecto. En cuanto al pensamiento militar, fomentaría el desarrollo de las tácticas de infiltración, la defensa en profundidad y un flexible sistema de fuegos indirectos.

En 1939, aparentemente nada había cambiado desde 1918. Las causas del estancamiento de 1914 estaban todavía vigentes en la mente de los dirigentes civiles y militares: elevada proporción de fuerzas respecto al espacio; superioridad de la defensa respecto al ataque; unos ejércitos compuestos principalmente por la lenta infantería a pie apoyada por una lastrada artillería.

Pocos pensaban que un puñado de carros y aviones pudiera marcar una diferencia importante pues, junto a estos nuevos sistemas de armas, habían proliferado otros destinados a enfrentarse a ellos: las armas contracarro y antiaéreas. Tampoco parecía que la mayor flexibilidad del transporte motorizado respecto del ferroviario pudiera desatascar los esfuerzos ofensivos, por la vulnerabilidad del camión. Los ejércitos disponían de medios más móviles, pero carecían de capacidad para operar de forma más rápida.

Con el nuevo sistema artillero y las tácticas de infiltración de una infantería estrechamente apoyada por armas pesadas, los alemanes se sentían capaces de perforar cualquier frente defensivo. El problema era la explotación estratégica de esas brechas, antes de que el adversario pudiera taponarlas con la nueva defensa en profundidad y la capacidad motorizada para reforzar rápidamente a las unidades amenazadas.

Para comprender lo sucedido en 1939 es preciso volver atrás en el tiempo y considerar una evolución de las organizaciones militares que ha quedado enmascarada en todo este proceso: una auténtica revolución del mando y control de los ejércitos. En esto consiste la peculiaridad de la división Panzer.

El desarrollo del arte operacional –que básicamente combina la logística y el combate–, entre las guerras napoleónicas y la Gran Guerra, está íntimamente ligado al origen y evolución de las grandes unidades; el desarrollo de la táctica moderna, entre 1914 y 1945, está más relacionado con la organización de las pequeñas unidades.

Hablar de unidades militares es situarse en el punto de vista de distintos escalones de mando que toman decisiones militares. El objeto de estas decisiones es adquirir ventajas sobre el adversario, lo cual puede realizarse a distintos niveles. En un plano militar, estas ventajas pueden ser de índole:

  1. Logística: su influencia se manifestará principalmente a nivel operacional.
  2. Táctica: con una influencia importante en el combate­.
  3. Mixta: lo cual pondrá al adversario ante el dilema de facilitar la logística a costa de dificultar el combate o viceversa.

En este contexto, el escalón división adquiere mucho protagonismo, como peón de la maniobra operacional y como agente principal de la maniobra táctica. Frente a división, cuerpo de ejército no es más que un agrupamiento de divisiones para la maniobra táctica u operacional; el escalón inmediatamente inferior (brigada o regimiento reforzado), su fraccionamiento en agrupamientos interarmas, más o menos permanentes, para adaptar su organización al cometido concreto a realizar.

No siempre ha sido así. Hasta finales del siglo XVIII la unidad permanente más grande era regimiento. Los ejércitos simplemente eran agregados de regimientos. El comandante del ejército tomaba todas las decisiones operacionales y tácticas. Sus subordinados no eran más que meros ejecutores tácticos, a no ser que realizaran una operación independiente, en cuyo caso dejaban de considerarse parte integral del ejército. En ausencia de medios de comunicación a distancia, unas fuerzas separadas solo podían coordinar por anticipado. Sin embargo, destacar fuerzas del ejército principal debía hacerse con cautela, pues corrían el riesgo de enfrentarse al ejército adversario reunido.

A finales del siglo XVIII comenzó a percibirse que un ejército podría fraccionarse en varios cuerpos, siempre y cuando su composición les proporcionara cierta autosuficiencia y no se alejaran –en las proximidades del enemigo– de la “distancia de apoyo mutuo”, establecida en una jornada de marcha. Así, cada una de las partes del ejército solo permanecería expuesta al grueso del ejército adversario el tiempo imprescindible para que acudieran otras fracciones del ejército propio. Esta dispersión del ejército en cuerpos autosuficientes permitía realizar maniobras operacionales que aumentaban las posibilidades de adquirir ventajas tácticas en el campo de batalla y de amenazar la logística del ejército adversario.

Esto fomentó la agrupación de regimientos y pequeñas unidades de todas las armas y servicios en unidades interarmas cada vez más permanentes, y el fraccionamiento de unos ejércitos unitarios en grandes unidades, con una cadena de mando más o menos estable. Al aumentar el tamaño de los ejércitos comenzaron a multiplicarse los escalones de mando: división, cuerpo de ejército, ejército, grupo de ejércitos, teatro. Finalmente, la división se consolidó como gran unidad permanente. Por el contrario, los cuerpos de ejército intercambiaban frecuentemente sus divisiones, flexibilizando la maniobra operacional. Lo característico del escalón ejército no era su composición, sino su infraestructura logística –más estática–, que alimentaba de recursos las unidades incluidas en su zona de operaciones, de forma que pudieran pasar de un ejército a otro con relativa facilidad. Por último, los ejércitos podían cambiar con facilidad de grupo de ejércitos, sin necesidad de desplazar unidades, porque continuaban utilizando su propia infraestructura logística.

Esto explica que el sistema logístico se haya apoyado en escalones de mando salteados (con independencia de que los escalones no logísticos dispusieran de una reserva de recursos), pues proporcionaba la máxima flexibilidad operacional para adaptar a las condiciones geográficas unas fuerzas que se desplazaban ocupando grandes extensiones. Ejército, división y batallón eran escalones logísticos; grupo de ejércitos, cuerpo de ejército y, en su caso, brigada, eran apoyados por el escalón inmediatamente superior. En ocasiones brigada asumía la responsabilidad logística divisionaria. Lo mismo ha ocurrido con otras funciones de combate, por motivos equivalentes.

La importancia de la división Panzer reside en su articulación táctica y operacional, que sintetiza toda la historia del arte de la guerra.

 

Articulación táctica

La progresiva articulación de las unidades militares ilustra la interacción entre sus elementos componentes, que a nivel táctico se pueden agrupar en cuatro temas principales: combinación de las armas, innovación tecnológica, dispositivo táctico y atributos de tropas ofensivas. Estos temas se relacionan con otros muchos conceptos: superioridad de la defensa táctica, concentración contra la debilidad, capacidad de obligar al enemigo a combatir, reserva sustraída y potencial, tácticas de infiltración, economía de fuerzas, distracción para obligar al enemigo a crear una vulnerabilidad…

 

Combinación de las armas

La táctica ha sufrido numerosas transformaciones a lo largo de la historia, con un «carácter más cíclico que lineal» (Jones, 1987: 622). La combinación de las armas constituye, en este sentido, el tema principal.

La primera división entre sistemas de armas se produjo entre las empleadas para el combate cuerpo a cuerpo y para lanzar proyectiles. Las formaciones profundas y con poco frente facilitaban el movimiento. Sin embargo, para hacer uso de sus armas debían desplegar: adoptar formaciones poco profundas y con mucho frente. Pero pasar de una clase de formación a otra podía consumir demasiado tiempo.

Una segunda división hacía referencia a la movilidad. La domesticación del caballo supuso la coexistencia de dos clases de movilidad, a pie y a caballo, compatible con la división anterior. La caballería especializada en el combate cuerpo a cuerpo y la especializada en el combate a distancia no solo podían realizar movimientos más rápidos que sus homólogos a pie sino que, además, sus formaciones dependían menos del despliegue, lo que automáticamente las convertía en sistemas de armas con atributos ofensivos, frente al carácter más estático y menos versátil de la infantería.

Los cuatro sistemas de armas básicos de la Antigüedad y la Edad Media

Como los cuatro sistemas de armas disponían de perfiles de ataque complementarios y debían reaccionar de manera específica a cada sistema de armas del adversario –según su perfil de ataque característico– esta situación daba lugar a determinadas relaciones entre ellos, distinguiendo la capacidad ofensiva y defensiva.

Relación entre los cuatro sistemas de armas básicos de la Antigüedad y la Edad Media

No todas las relaciones teóricamente posibles eran relevantes para la táctica, sino solo las que proporcionaban a un bando una ventaja relativa. La infantería pesada (especializada en el combate cuerpo a cuerpo y desplegada en formaciones compactas) podía defenderse de la caballería pesada (especializada también en el combate cuerpo a cuerpo). La infantería ligera (especializada en el combate a distancia, lo que exige –o permite– formaciones menos compactas) tenía ventaja respecto a la caballería ligera (especializada también en el combate a distancia, aunque desde la base más inestable del caballo), pero, por su menor movilidad, solo en actitud defensiva. La infantería ligera –siempre que se mantuviera a distancia– disponía de excelente capacidad ofensiva frente a la infantería pesada y, aunque ocurría lo contrario en el combate cuerpo a cuerpo, la primera podía eludirlo por su mayor movilidad. Lo mismo ocurría con la caballería ligera respecto a la caballería pesada.

Los combates más decisivos eran los que enfrentaban ofensivamente la caballería ligera a la infantería pesada y la caballería pesada a la infantería ligera. Muy relevante era el diferente ritmo de bajas entre el combate a distancia y el combate cuerpo a cuerpo, superior en el segundo caso.

Cada bando procuraba enfrentar determinados sistemas de armas a los más vulnerables a ellos del adversario. Mezclar diferentes sistemas de armas permitía a un bando aplicar una combinación más favorable e impedir al enemigo hacer lo mismo. Para lograrlo debían tener en cuenta las circunstancias espacio-temporales. En un enfrentamiento singular, el bando que disponía de una combinación de armas más completa podía obtener mayores ventajas. Un bando podía carecer de algún sistema de armas por motivos socioeconómicos.

Los ejércitos de las ciudades-estado griegas estaban formados por milicias, campesinos propietarios de tierras que solo se reunían para la guerra. Tenían, por tanto, una instrucción muy somera, y por eso combatían cuerpo a cuerpo en compactas formaciones de infantería pesada. Un conflicto permanente en Grecia les ayudó a apreciar el valor auxiliar de la infantería ligera. Al otro lado del Egeo la situación era muy diferente. Los imperios orientales vivían de la guerra y disponían de ejércitos profesionales. Montar a caballo y manejar el arco requerían mucha práctica, de modo que desarrollaron principalmente la caballería ligera, más adecuada para las llanuras de Mesopotamia que el quebrado escenario griego. Alejandro Magno fusionó ambas formas de combatir e incorporó a este esquema la caballería pesada, produciendo la primera síntesis táctica equilibrada de los cuatro sistemas de armas, que permitía muy variadas combinaciones.

El énfasis de las legiones romanas en una infantería pesada más ágil y versátil rompió este equilibrio entre sistemas de armas, estabilizado posteriormente con el profesionalizado sistema legionario bajoimperial, por las dificultades que encontraban unas unidades dispersas en destacamentos por todo el Imperio para un adiestramiento conjunto, vital para la infantería pesada.

La difusión del estribo durante la Edad Media volvió a romper el equilibrio, esta vez a favor de la caballería pesada, proporcionándole considerable potencia de choque, mientras las nuevas condiciones sociopolíticas impedían el mantenimiento de una numerosa infantería pesada permanente y adiestrada.

Las armas de fuego, menos precisas que el arco pero más sencillas de manejar, consolidaron el renacimiento de la infantería. Sin embargo, el ascenso de la infantería fue más bien resultado de la fusión por el Gran Capitán de unos sistemas de armas ya existentes: los piqueros suizos (infantería pesada), el arco largo inglés (cuyas tácticas adoptarían los arcabuceros), la novedosa (para el resto de Europa) caballería ligera española y la preponderante caballería pesada de estilo francés, en el marco de la profesionalización propiciada por los mercenarios italianos. Se restauró así completamente el esquema de armas combinadas de Alejandro Magno.

No tardaría mucho tiempo en verse amenazada esta síntesis táctica. La pistola, junto al sable en lugar de la lanza, proporcionó a la caballería una novedosa versatilidad, fusionando la caballería pesada y ligera.

Relación entre sistemas de armas al principio de la Edad Moderna

Esta situación premiaba la estrecha cooperación entre las dos clases de infantería en una misma formación. Interesante antecedente de la división Panzer

Otras relaciones entre sistemas de armas durante la Edad Moderna

La infantería careció de una versatilidad similar hasta la difusión de la bayoneta hacia 1700, fusionando la infantería pesada (piqueros) y ligera (mosqueteros) en un único sistema de armas. El esquema básico quedó reducido a una simple relación: gran capacidad de defensa de la infantería frente a la caballería.

Relaciones entre sistemas de armas en el siglo XVIII

Esta reducción de los cuatro sistemas de armas básicos a solo dos, con la correspondiente disminución de posibles combinaciones, fue parcialmente compensada por la artillería. Pero esta arma tendría que esperar al desarrollo de piezas más ligeras para ocupar un puesto en el esquema de armas combinadas. La artillería a caballo (movilidad ligeramente superior a la infantería) y la integración de las tácticas de infantería ligera en el marco de la batalla, entablada principalmente por una infantería de línea empleando las tácticas tradicionales de la infantería pesada (formaciones de orden cerrado) restauró temporalmente el esquema básico de los cuatro sistemas de armas, con unas relaciones tácticas similares (ocupando la artillería a caballo el lugar de la caballería ligera).

Relación entre sistemas de armas durante las guerras napoleónicas

Los nuevos fusiles de la Revolución Industrial rompieron de nuevo el equilibrio a favor de una infantería que ya solo utilizaba las tácticas de la infantería ligera. La caballería perdió su valor táctico, quedando relegada al papel estratégico de reconocimiento y seguridad. La artillería también era muy vulnerable a la infantería. El esquema de armas combinadas quedó reducido a la mínima expresión: infantería con gran capacidad de defenderse de la infantería. Las victorias de esta época, logradas a nivel operacional, enmascararon el estancamiento táctico resultante.

Relación entre sistemas de armas en el siglo XIX

El cañón “de fuego rápido” comenzó a restaurar el esquema básico de armas combinadas. La artillería convirtió la superficie terrestre en un lugar demasiado peligroso para la infantería, obligándola a enterrarse. Que el arma más decisiva fuera la que tuviera menor movilidad acentuó el estancamiento táctico. Sin embargo, produjo cierta complejidad: gran capacidad ofensiva (“movilidad” de los fuegos) y defensiva de la artillería contra la infantería. Esta situación revolucionó la táctica artillera e impulsó el desarrollo de las tácticas de infiltración alemana.

Relación entre sistemas de armas a comienzos de la Primera Guerra Mundial

El carro y el avión restablecieron definitivamente el antiguo esquema de armas combinadas. El carro ocupó el puesto de la caballería pesada, y la aviación táctica el de la caballería ligera. Frente a estos sistemas de armas surgieron las armas contracarro y antiaéreas, eminentemente defensivas, que sustituían a la infantería pesada y ligera. Pero estos caros sistemas de armas debían actuar todavía en el marco de unos gruesos compuestos por artillería e infantería a pie, muy vulnerables a los carros y a la aviación, pero con gran capacidad ofensiva contra las armas contracarro y antiaéreas. Los carros también eran muy vulnerables a la aviación. Las armas contracarro y antiaéreas estaban tan especializadas que carecían de capacidad para enfrentarse entre sí. Tampoco las armas contracarro podían enfrentarse a la aviación. Y aunque hubo momentos en los que algunas armas antiaéreas pudieron enfrentarse adecuadamente a los carros, esta situación no perduró.

Relación entre sistemas de armas desde mediados de la Primera Guerra Mundial

A pesar de su modesta proporción, los carros tuvieron un impacto decisivo. Con las características ofensivas de la caballería pesada, disfrutaban del progreso en articulación ocurrido desde la Edad Media. La radio aumentó la articulación y ayudó a los carros a aplicar las tácticas de infiltración, para las que tenían admirables atributos (Jones, 1987: 628).

La dispersión estratégica, característica desde los días de Napoleón, reforzaba la efectividad de los carros porque, a diferencia del pasado, la mayoría de las fuerzas de cada bando no participaba en una batalla dada. Los carros podrían concentrarse en un punto y abrumar a un puñado de cañones contracarro. Respecto al carro, los primeros cañones contracarro tenían escasa movilidad táctica. No podrían pasar a la ofensiva (Jones, 1987: 628).

El avión reproducía las propiedades de la caballería ligera y disfrutaba de las mismas ventajas que el carro en cuanto a las comunicaciones por radio. Superaba holgadamente al carro en capacidad para una rápida concentración y en movilidad al cañón especializado en combatirlo. Aunque los aviones tenían mayor importancia como caballería ligera estratégica, podían hacer serias contribuciones tácticas (Jones, 1987: 628).

Sistemas de armas principales durante la Segunda Guerra Mundial

Pero la mayoría de las fuerzas de la Segunda Guerra Mundial consistían en infantería y artillería, apoyadas por cañones contracarro y antiaéreos. Las fuerzas acorazadas, motorizadas y aéreas constituían una minoría (Jones, 1987: 628).

El terreno condicionaba la posibilidad de aplicar los cuatro sistemas de armas básicos, como también su coste y las circunstancias socioeconómicas. Emplear un sistema de armas superior contra otro inferior proporcionaba una ventaja abrumadora. Los comandantes han procurado que sus sistemas de armas se apoyasen mutuamente, a la vez que atacaban con un sistema de armas superior a un aislado sistema de armas inferior del adversario. Esta diversidad añade complejidad táctica, proporcionando ocasiones para equivocaciones irreversibles y para la habilidad táctica (Jones, 1987: 629).

Pero no en todas las épocas han estado disponibles los cuatro sistemas de armas, incluso en un terreno adecuado para emplearlos. El desarrollo de la pistola eliminó la distinción entre la caballería ligera y pesada, y la introducción de la bayoneta fusionó la infantería ligera y la pesada. Esto inauguró una época en la que los ejércitos solo combatían con infantería y caballería, ambas de doble propósito. Posteriormente, los fusiles estriados de retrocarga permitieron a la infantería anular el papel táctico de la caballería. Esta época de infantería de doble propósito como único sistema de armas duró hasta la Gran Guerra, en la que el carro restauró la caballería pesada y el avión la caballería ligera. Estos nuevos medios dieron lugar a los equivalentes modernos de la infantería pesada y ligera: el cañón contracarro y el cañón antiaéreo (Jones, 1987: 629).

 

Innovación Tecnológica

Este segundo tema ha hecho posible esos cambios. Los avances ocurridos entre 1700 y 1916 originaron un período en el que los ejércitos disponían de dos y, después, de un solo sistema de armas (Jones, 1987: 629).

La tecnología ayuda a comprender la táctica, por las modificaciones que introduce en el combate. En la Edad Moderna y Contemporánea la tecnología primero eliminó, y más tarde restauró, los cuatro sistemas de armas básicos de la guerra antigua y medieval (Jones, 1987: 629).

Los efectos más importantes de la tecnología han ocurrido con sencillas innovaciones que han afectado al papel o existencia de un sistema de armas. Inventos más sofisticados han cambiado menos la táctica porque, como el arcabuz, solo mejoraba un arma ya existente, una diferencia accidental más que esencial (Jones, 1987: 629).

La pólvora transformó la guerra terrestre de forma gradual. Su primer impacto fue una caballería de doble propósito originada por la facilidad con la que, armada con sable, podía utilizar la pistola. La conversión del mosquete en una corta pica mediante la bayoneta proporcionó al arma de fuego su primera ventaja importante frente al arco. La artillería afectó cada vez más al campo de batalla pero no lo suficiente para considerarla –hasta la Gran Guerra– un sistema de armas distinto del mosquete (Jones, 1987: 630).

La variedad de sistemas de armas ha permitido emplear el concepto de economía de fuerzas: no utilizar más recursos que los necesarios para realizar un cometido, quedando disponibles para otros propósitos. Normalmente aplicada en el contexto de disponer de la mayor concentración posible para el esfuerzo ofensivo o defensivo principal, también permite elegir entre sistemas de armas, obteniendo la mayor potencia de combate posible con las combinaciones menos costosas. Esta cuestión enlaza directamente con el papel que desempeñan el dispositivo y las tropas ofensivas en la concentración contra la debilidad (Jones, 1987: 630).

 

Dispositivo táctico                                                           

Los militares han dedicado mucho pensamiento implícito a la combinación menos costosa de sistemas de armas; han prestado una atención más explícita al descubrimiento de las formaciones y despliegues más eficaces, como ponen de manifiesto los ataques de flanco (Jones, 1987: 634).

En un combate frontal, la defensa no solo disfrutaba de superioridad frente a un sistema de armas inferior sino también frente a otro similar. El problema de la táctica consiste, por tanto, en cómo resolver la superioridad de la defensa a falta de un sistema de armas superior. Atacar la debilidad posicional proporciona la respuesta natural (Jones, 1987: 635).

El flanco y la retaguardia de la formación enemiga proporcionaban la vulnerabilidad más evidente. Los griegos, fraccionando su falange, la articularon, creando oportunidades para maniobrar y atacar el flanco enemigo. Los romanos disponían de mayor articulación, facilitando la formación de una reserva, que también podían utilizar defensivamente concentrándose contra la fuerza enemiga (Jones, 1987: 635).

Comprendido el valor de las reservas, los comandantes percibieron la posibilidad de emplear fuerzas distintas a las mantenidas explícitamente al margen del combate. Además de unas fuerzas sustraídas, las no empeñadas decisivamente con el enemigo constituían reservas potenciales (Jones, 1987: 634).

La necesidad de articulación para evitar o cerrar brechas en la línea, especialmente importante para la infantería pesada, menguó en la Edad Media, pues la milicia carecía de la instrucción de la Antigüedad, y los escasos profesionales no constituían unidades permanentes. La infantería medieval carecía de articulación para realizar ataques de flanco; la caballería, con menor necesidad de un dispositivo cuidadoso, sufrió menos que la infantería esta escasa articulación (Jones, 1987: 635).

Los suizos suplieron la falta de articulación con instrucción pero la necesitaban menos, porque no empleaban el complicado despliegue lineal. La adopción del modelo romano por los suecos supuso una vuelta al dispositivo lineal, más articulado. Este dispositivo premiaba la articulación, por la mayor dificultad de disponer y maniobrar una línea de infantería en comparación con una masa sólida rectangular. Pero no alcanzó el grado de articulación de los romanos con sus centurias, porque no empleaban las compañías de los batallones para maniobrar de forma independiente (Jones, 1987: 635).

Los ejércitos de Napoleón, fraccionados en divisiones y cuerpos capaces de maniobrar operacionalmente, también proporcionaban mayor articulación táctica mediante su organización en brigadas, regimientos y batallones. Capaces de maniobrar separadamente en el campo de batalla, sin ocupar un determinado puesto en un rígido dispositivo lineal, los batallones de la articulada división se convirtieron en la unidad fundamental de la maniobra táctica, que desplegaba inmediatamente en línea, permitiendo la concentración y el ataque de flanco. Pero esta articulación no descendía todavía del nivel batallón (Jones, 1987: 635).

En el siglo XIX, al adoptar toda la infantería las tácticas de la infantería ligera, la compañía asumió relevancia táctica, impulsando una articulación manejable por debajo del batallón. Este desarrollo alcanzó su apogeo en 1918, cuando las secciones y los pelotones se convirtieron en unidades autónomas para la ejecución de la concentración contra la debilidad que animaba las tácticas de infiltración. Las condiciones operativas premiaban la organización de grupos reducidos dispersos y un mando descentralizado. Pero esta dispersión privaba a los superiores del control sobre sus unidades, ocupando su lugar la iniciativa de los subordinados. Esta mayor articulación, ampliada a las pequeñas unidades, reforzó la actuación individual pues, constituidas de forma permanente, generaban lazos sociales entre los soldados, reforzaban su moral y mejoraban su adiestramiento (Jones, 1987: 635).

Este progreso en articulación aumentó la capacidad de la infantería para atacar la vulnerabilidad, ilustrada por las tácticas de infiltración de unos batallones completamente articulados, capaces de desbordar los flancos de las posiciones fuertes y maniobrar con agilidad para proteger sus propios flancos y retaguardia de los contraataques enemigos (Jones, 1987: 636).

En la Segunda Guerra Mundial la radio restauró el mando centralizado y proporcionó a los ejércitos un elevado grado de articulación. En las unidades de carros normalmente cada vehículo disponía de una radio (Jones, 1987: 636).

La concentración de fuerzas en un punto del frente de batalla proporcionaba otra forma de atacar la debilidad, pero no servía de mucho en la acción de choque, pues mayor profundidad de la formación no aumentaba la potencia del ataque. Se consiguió combinando la concentración con un tema relacionado: la distracción para obligar al enemigo a generar vulnerabilidad. Un ataque de flanco obligaba al enemigo a aligerar su centro. El posterior ataque a su debilitado centro no dependía tanto de una sofisticada articulación como de la movilidad y la posibilidad de atacar sin perder tiempo para desplegar (Jones, 1987: 636).

El revolucionario sistema francés de utilizar columnas de batallón para maniobrar en el campo de batalla antes de desplegar rápidamente en línea para el combate facilitaba esta concentración contra la debilidad frontal, mostrando la relación entre articulación y concentración táctica (Jones, 1987: 636).

La infantería alemana de 1918, con su capacidad para explotar la debilidad frontal mediante las tácticas de infiltración, creaba flancos vulnerables y oportunidades para alcanzar la retaguardia enemiga. En la defensa, los alemanes empleaban una movilidad equivalente para realizar contraataques y rechazar a la numerosa fuerza atacante. En ausencia de flancos, las tácticas de infiltración proporcionaban el único medio de atacar la debilidad (Jones, 1987: 637).

La mayor movilidad intrínseca de los carros y los aviones respecto a otros sistemas de armas reforzó esta articulación. Y la radio proporcionaba a estas nuevas armas una articulación de la que la caballería jamás había disfrutado.

 

Atributos de tropas ofensivas

Para adquirir ventajas sin un sistema de armas superior, los comandantes se han servido del concepto de ataque de flanco o retaguardia. Este tema ayuda a comprender ese concepto y relaciona entre sí los cuatro temas principales.

La caballería pesada constituye el paradigma de tropas ofensivas. Para realizar un ataque victorioso, la caballería pesada debía tener mayor movilidad que los hoplitas –lo que le permitía alcanzar su flanco– y atacar sin necesidad de una redistribución, consumidora de tiempo, para adoptar la formación de combate. La caballería pesada, como sistema de armas, carecía de superioridad sobre la infantería pesada, excepto cuando atacaba sus vulnerables flancos (Jones, 1987: 637).

Los idóneos atributos de la caballería pesada para combatir sobre la marcha –movilidad montada y modesta necesidad de adoptar un dispositivo de combate– la convirtieron en el principal sistema de armas ofensivo. Incluso frente al cuadro suizo –capaz de defenderse en todas direcciones– continuaba siendo el arma decisiva, pues solo ella disponía de movilidad y agilidad para entrar inmediatamente en acción, atributos imprescindibles para explotar cualquier vulnerabilidad en el dispositivo del ejército adversario (Jones, 1987: 637).

La infantería podría desempeñar el papel de tropas ofensivas. La revolucionaria columna de batallón francesa, que podía desplegar rápidamente en línea al frente, proporcionó una infantería con atributos de tropas ofensivas. Formados en regimientos y brigadas, los batallones de la articulada división podían dispersarse y concentrarse para alcanzar flancos expuestos. Sin las limitaciones del sistema lineal, las columnas avanzaban ágilmente en el campo de batalla y formaban inmediatamente la imprescindible línea de combate. Incluso sin desplegar disponían de cierta potencia de fuego y de resistencia frente a una carga de caballería. Podían desbordar las líneas enemigas y atacar sus flancos. Esta subdivisión, controlada por una cuidadosa cadena de mando, aumentó la capacidad de maniobra de los ejércitos para concentrarse contra la debilidad frontal o los vulnerables flancos (Jones, 1987: 638).

La articulación de las fuerzas facilitaba la concentración contra la debilidad. Una infantería con un margen de ventaja en este atributo, como las divisiones francesas y sus batallones que maniobraban de forma separada y rápida, podía tener suficientes atributos de tropas ofensivas –intrínsecos en la caballería– para alcanzar el flanco enemigo. Con la adopción universal de la organización y táctica francesa, toda infantería gozaba del mismo grado de articulación, y los defensores podrían desplazarse en las mismas condiciones para proteger sus flancos. La infantería perdió así su cualidad ofensiva (Jones, 1987: 638).

Con la reaparición de la caballería pesada en forma del carro, se volvió a disponer de unas tropas intrínsecamente ofensivas, porque este podría utilizar su movilidad y su capacidad de combatir sobre la marcha para alcanzar el flanco y la retaguardia de una infantería capaz todavía de resistir con sus armas contracarro los ataques frontales de los carros. La aviación también funcionaba como tropas ofensivas aunque, como la caballería ligera del pasado, con muchas dificultades para proporcionar el elemento decisivo, excepto en terreno abierto y frente a insuficientes armas antiaéreas (Jones, 1987: 638).

De modo que la combinación de sistemas de armas constituye el argumento central de la táctica, cuyo elemento dinámico lo proporcionan las innovaciones tecnológicas, para enfrentar el dispositivo táctico propio más adecuado al del enemigo, empleando unas fuerzas con atributos de tropas ofensivas. Es así como una mayor articulación de las unidades propias trata de obtener ventajas tácticas sobre el adversario. Aunque la apariencia externa del combate haya variado mucho, su mecanismo interno han seguido una lógica discernible que manifiesta cierto carácter cíclico.

Mucho tiempo en verse amenazada esta síntesis táctica. La pistola, junto al sable en lugar de la lanza, proporcionó a la caballería una novedosa versatilidad, fusionando la caballería pesada y ligera.

 

Articulación operacional

A diferencia de los temas tácticos, los conceptos que subyacen en la estrategia militar han permanecido casi constantes, aunque las circunstancias tácticas y logísticas han condicionado lo que los comandantes podían conseguir. Ambos bandos han tenido la opción de enfrentarse directamente, mediante una estrategia de combate, o indirectamente, mediante una estrategia logística. Además, han tenido la posibilidad de adoptar una estrategia incursora o arriesgarse a una batalla siguiendo una estrategia persistente, para proteger su territorio o para anexionarse el de su adversario (Jones, 1987: 662).

Las cuatro estrategias disponibles

El nivel operacional se sirve de cuatro temas principales que enlazan estos cuatro tipos de estrategia con las distintas capacidades tácticas: proporción de fuerzas respecto al espacio; superioridad de la retirada sobre la persecución; concentración contra la debilidad; y movimientos desbordantes y concentración en el tiempo y en el espacio.

 

Proporción de fuerzas respecto al espacio

Este tema controla los cuatro tipos de estrategia. A menos que el atacante disponga de una adecuada proporción de fuerzas respecto al espacio, es improbable que pueda obligar al enemigo a combatir o retirarse directamente a retaguardia. Por otro lado, una elevada proporción de fuerzas respecto al espacio enfrenta al atacante con el problema opuesto del frente fortificado continuo (Jones, 1987: 666)

Gráfico de la proporción de fuerzas respecto al espacio

Este esquema clarifica la relación entre las dos variables. Si el eje vertical mide la cantidad de espacio y el eje horizontal la cantidad de fuerza, la zona próxima a la línea de cuarenta y cinco grados representa la proporción estratégicamente decisiva en la que unos ejércitos organizados a la manera de Napoleón podrían perseguir una estrategia persistente y forzar una batalla o la retirada del enemigo directamente hacia su retaguardia (Jones, 1987: 666).

Si los contendientes operaban en un espacio muy extenso, representado por la zona superior izquierda, no podían forzar una decisión. Napoleón se enfrentó a esta situación en Rusia, y apareció operando con el ejército unitario concentrado característico de épocas anteriores. No podía cerrar sobre el ejército ruso excepto con su consentimiento. Esta baja proporción de fuerzas no solo favorecía la estrategia incursora sino que, además, no dejaba otra opción (Jones, 1987: 666).

La proporción de fuerzas respecto al espacio durante la campaña de 1914 en Francia pertenece a la zona inferior derecha. Había tal proporción de fuerzas respecto al espacio que la consecuencia fue un estancamiento. Sin flancos ni otra opción que un ataque frontal a un enemigo atrincherado, sobrevino una guerra de asedio. Pero, más que una red de ciudades fortificadas, característica de la guerra de asedios, los combatientes disponían de tantas fuerzas que unas líneas de asedio continuas cubrían todo el frente. Anteriormente, la necesidad de socorrer una ciudad asediada proporcionaba al atacante la oportunidad de obligar al defensor a atacar al ejército que cubría el asedio. Pero, con frentes continuos, un ejército con intenciones ofensivas no tenía más opción que la ofensiva táctica (Jones, 1987: 666).

Esta poderosa influencia de la proporción de fuerzas respecto al espacio solo era cierta cuando ambos bandos tenían una composición equivalente. En caso contrario, la proporción de fuerzas respecto al espacio carecía de importancia en un terreno sin obstrucciones: la caballería podía utilizar su mayor movilidad para eludir el combate u obligar a la infantería a aceptar el combate, independientemente de la cantidad de fuerzas de cada bando. Pero si ambos ejércitos disponían de movilidad similar, la proporción de fuerzas respecto al espacio adquiría una influencia decisiva (Jones, 1987: 667).

Si ambos ejércitos tenían una composición y movilidad equivalentes, la defensa disponía de dos capacidades intrínsecas: resistir ataques frontales (ventaja táctica) y aprovechar la superioridad de la retirada sobre la persecución (ventaja estratégica). Cuando ambos bandos perseguían estrategias persistentes y presentaban una elevada proporción de fuerzas respecto al espacio, la capacidad de resistir un ataque frontal se convertía en el principal recurso del defensor para bloquear al atacante; cuando la proporción era baja, como en la mayoría de las campañas anteriores a Napoleón, el defensor utilizaba su capacidad de eludir la batalla para frustrar las intenciones del atacante (Jones, 1987: 667).

La proporción de fuerzas respecto al espacio también afectaba a lo que un ejército victorioso podía conseguir. Si la fuerza era pequeña respecto a un país políticamente antipático no lo podía controlar, aunque siempre fuera capaz de derrotar a las fuerzas adversarias (Jones, 1987: 667).

Esto solo tenía aplicación en la estrategia persistente; la estrategia incursora no tenía esta complejidad. Los incursores únicamente podían funcionar muy por encima de la línea de cuarenta y cinco grados. Sin una muy baja proporción de fuerzas enemigas en el teatro de operaciones, los incursores encontraban sus movimientos entorpecidos y su persistente enemigo fuerte en todas partes. De modo que la estrategia incursora era más fuerte en actitud ofensiva que la estrategia persistente en actitud defensiva, pero solo en caso de baja proporción de fuerzas respecto al espacio (Jones, 1987: 667).

El combate acorazado no solo es el más apropiado y decisivo para perseguir una estrategia persistente, supuesta una proporción próxima a los cuarenta y cinco grados, sino también para plantear una estrategia incursora, en caso de baja proporción. Las únicas limitaciones del combate acorazado son el terreno –quebrado, cubierto o urbano– y la superioridad aérea del adversario. La estrategia incursora de la guerra de guerrillas, como cualquier clase de estrategia realizada por fuerzas ligeras frente a fuerzas pesadas, solo funciona en esos terrenos. En zonas abiertas y extensas la estrategia incursora de las fuerzas acorazadas impide la guerra de guerrillas de la misma forma que los aviones de ataque a tierra, que únicamente pueden emplear la estrategia incursora.

 

Superioridad de la retirada sobre la persecución

Este tema ha dictado las estrategias disponibles desde la Antigüedad, pero solo cuando ambos bandos empleaban sistemas de armas similares o cuando los perseguidores disponían de menor movilidad.

La infantería ligera podía distanciarse de la infantería pesada y la caballería ligera de la caballería pesada. La caballería disponía de mayor margen de movilidad respecto a la infantería. Con los mismos sistemas de armas, la fuerza en retirada se alejaba fácilmente de la perseguidora, dejando una retaguardia y realizando obstrucciones. Esta retaguardia no tenía que combatir demasiado pues, obligando a desplegar al enemigo y reanudando entonces su retirada, el grueso se habría distanciado. Con ejércitos de composición equivalente, el más débil podía retirarse si carecía de la fuerza, inclinación u oportunidad de emplear el recurso táctico de resistir un ataque frontal. Con una baja proporción de fuerzas respecto al espacio, el ejército en retirada podía desplazarse en cualquier dirección hasta finales del siglo XVIII. No podía ser obligado a combatir, porque podía alejarse mientras el más fuerte perdía tiempo para desplegar (Jones, 1987: 668).

Esta capacidad escurridiza proporcionaba uno de los requisitos de la estrategia incursora y aseguraba su superioridad en ofensiva contra un adversario persistente. Sin la superioridad estratégica de la retirada, los incursores jamás alcanzarían el objetivo o serían derrotados al intentar escapar frente a una estrategia persistente. Los incursores necesitan los mismos requisitos para la superioridad de la retirada sobre la persecución: baja proporción de fuerzas respecto al espacio y un sistema de armas equivalente o más móvil que los que se defienden de la incursión (Jones, 1987: 668).

Por los mismos motivos que el combate acorazado es idóneo –en un terreno adecuado– para la estrategia incursora ofensiva, dispone de enorme capacidad para retardar a un adversario que realiza una estrategia persistente ofensiva con sus propias fuerzas acorazadas.

 

Concentración contra la debilidad

Como en táctica los comandantes buscaban atacar o defender sus vulnerables flancos y retaguardia o un punto débil del frente, también en estrategia intentaban descubrir y explotar la vulnerabilidad en ofensiva, o descubrir y concentrarse contra la fuerza enemiga en defensiva. Los recursos logísticos del enemigo, más vulnerables que sus fuerzas de combate, eran el objetivo preferido. Como toda estrategia logística necesariamente implica algún combate, el concepto de atacar la vulnerabilidad difiere poco de la estrategia logística (Jones, 1987: 668).

Los incursores procuraban atacar a fuerzas aisladas del enemigo o sus recursos logísticos. Los defensores intentaban atrapar o enfrentarse a los incursores con la mayor fuerza posible. La estrategia incursora pretende vencer mediante la acumulación de muchas pequeñas victorias de combate o logísticas. Por tanto, dispone de mayor facilidad para concentrarse contra la vulnerabilidad que la estrategia persistente (Jones, 1987: 669).

Los incursores, a menudo más débiles y utilizando la superioridad de la retirada para no tener que enfrentarse a las más numerosas fuerzas defensoras, podían concentrarse contra cualquier objetivo porque no tenían más fin estratégico que los resultados inmediatos de la incursión. Con un objetivo tan ambiguo, la estrategia incursora distraía al defensor y ofrecía tantas oportunidades que podía concentrarse fácilmente contra la debilidad, volviendo la estrategia incursora ofensiva más fuerte que la estrategia persistente defensiva. Como ninguna estrategia anula la posibilidad del combate, la superioridad numérica y la posición estratégica tenían aplicación universal (Jones, 1987: 669).

El combate acorazado no solo es el más apropiado y decisivo para perseguir una estrategia persistente, supuesta una proporción próxima a los cuarenta y cinco grados, sino también para plantear una estrategia incursora, en caso de baja proporción. Las únicas limitaciones del combate acorazado son el terreno –quebrado, cubierto o urbano– y la superioridad aérea del adversario. La estrategia incursora de la guerra de guerrillas, como cualquier clase de estrategia realizada por fuerzas ligeras frente a fuerzas pesadas, solo funciona en esos terrenos. En zonas abiertas y extensas la estrategia incursora de las fuerzas acorazadas impide la guerra de guerrillas de la misma forma que los aviones de ataque a tierra, que únicamente pueden emplear la estrategia incursora.

Plan de invasión alemán en 1940 

Distraer al enemigo facilitaba la concentración ofensiva contra la vulnerabilidad, y también podía ayudar al defensor si engañaba al atacante, haciendo que confundiera la fuerza con la debilidad. La ofensiva alemana de 1940 en el terreno más favorable de Holanda y Bélgica atrajo las reservas francesas hacia Bélgica, mientras el esfuerzo principal alemán progresaba por las Ardenas. Amenazó lo evidente, reforzando los prejuicios de los comandantes adversarios. Aunque la distracción no es imprescindible para el éxito de la concentración, la facilita. Por eso conviene evitar lo evidente en la búsqueda de un objetivo vulnerable (Jones, 1987: 669).

Debido a la superioridad de la defensa táctica, la versión ofensiva de esta regla –concentración contra la debilidad– ha recibido mayor atención que su formulación defensiva –concentración contra la fuerza–. El concepto aparece a menudo en una afirmación más general: la necesidad de concentrarse. Tiene la ventaja de su universal aplicación, pero deja de especificar contra qué. Y a veces los comandantes la han adoptado para referirse a la fuerza principal del enemigo, cuando esta concentración vulnera el principio de atacar la debilidad en la ofensiva (Jones, 1987: 669).

Los principios de la guerra proporcionan recursos conceptuales para asegurar esta regla más general de concentración. Apropiados tanto para la táctica como para la estrategia, manifiestan las propiedades que debe tener toda operación militar para lograr una concentración ofensiva contra la vulnerabilidad o enfrentar la máxima fuerza defensiva al esfuerzo ofensivo principal enemigo (Jones, 1987: 670).

Estos principios aseguran la concentración adecuada. Un objetivo claro requiere unidad de mando para ejecutar un plan sencillo y concentrar las fuerzas economizadas en otras partes contra la vulnerabilidad del defensor o la fuerza del atacante. Esta concentración exige maniobrar, y no puede conseguir la sorpresa sin seguridad. Sin sorpresa, el esfuerzo ofensivo no encontrará una vulnerabilidad enemiga; ni tampoco el enemigo llevará a cabo una ofensiva contra un defensor que se haya concentrado para recibir el ataque, a no ser que sea sorprendido. El ataque y el contraataque para explotar la superioridad producida por una defensa victoriosa muestran la relevancia del principio de ofensiva (Jones, 1987: 670).

 

Movimientos desbordantes y concentración en el tiempo y en el espacio

Este tema tiene especial aplicación en la estrategia de combate persistente. Esta clase de guerra, preferida desde Napoleón, encuentra muchos problemas de ejecución. Un ejército con una estrategia persistente ofensiva, más numeroso pero sin un sistema de armas superior, puede carecer todavía de suficiente fuerza respecto al espacio para obligar al adversario a combatir, excepto en los términos establecidos por este: defendiendo una posición fuerte, atrincherada y con los flancos muy protegidos (Jones, 1987: 670).

Durante siglos el atacante ha carecido de recursos para forzar una batalla. Podría devastar el territorio del enemigo para obligarle a combatir, pero, como los ejércitos invasores consumían o destruían buena parte de los recursos en el curso ordinario de las operaciones, este método raramente era efectivo, y los defensores frecuentemente podían interferir esas actividades. También ha intentado atrapar al enemigo contra un obstáculo, forzando su capitulación u obligándole a atacar para abrirse paso, pero, cuánto mayores eran las consecuencias potenciales de esta estrategia, más difícil era sorprenderle. El agresor también podía servirse de un asedio para obligar al enemigo a combatir, con la ventaja añadida de obligar a la fuerza de socorro a adoptar la ofensiva táctica (Jones, 1987: 671).

La habitual baja proporción de fuerzas respecto al espacio ha frustrado muchas ofensivas, incluso disponiendo de la posibilidad de atrapar al adversario y forzar una batalla. Por eso la estrategia se ha apoyado frecuentemente en destructoras incursiones para extraer concesiones políticas, más que alcanzar un objetivo propiamente militar (Jones, 1987: 671).

La alternativa a una batalla victoriosa que decidiera de un solo golpe el conflicto era la estrategia persistente de adquisición gradual de territorio mediante la sucesiva conquista de ciudades y fortificaciones. Pero este método era muy lento y, en ausencia de un claro apoyo político de la población, podía exigir numerosas fuerzas para guarnecer el territorio ocupado. Y si pretendiera dominar más territorio del que pudiera controlar, se deslizaría hacia una indecisa estrategia incursora (Jones, 1987: 671).

Ganar territorio lentamente, tomando ciudades y fortificaciones, suponía también una estrategia logística: dificultaba el sostenimiento del ejército enemigo, expulsándolo, y dificultaba los movimientos de sus incursores, protegiendo las zonas recientemente adquiridas. En caso de excesiva fuerza respecto al espacio, en forma de numerosas fortificaciones y fuerzas, se producía un punto muerto. Si había suficientes fuerzas para que el más fuerte pudiera controlar el teatro de operaciones pero no para producir un punto muerto, podría hacer rápidos progresos con una estrategia persistente a pesar de su incapacidad para obligar a combatir al más débil, poniendo de relieve la existencia de un componente logístico implícito en la estrategia persistente de combate (Jones, 1987: 671).

Por este carácter esquivo del defensor, hasta el siglo XVIII las batallas ocurrían por consentimiento mutuo, que dependía de una diferencia de opinión sobre su probable resultado o de una apremiante necesidad política. A pesar de la superioridad de la defensa, los comandantes no abandonaban la esperanza de una batalla tácticamente decisiva que pudiera proporcionarles, mediante el desgaste y la ascendencia psicológica, la paz en sus propios términos o, al menos, la oportunidad de controlar un extenso territorio abandonado por un adversario debilitado y desmoralizado. Preferían una solución táctica, obligando a su adversario a combatir en condiciones desfavorables, mientras absorbían porciones críticas de su territorio (Jones, 1987: 672).

El desarrollo, durante las guerras napoleónicas, de la estrategia de ejércitos dispersos y el rápido despliegue de columna a línea redujo la superioridad de la defensa estratégica, limitando la posibilidad de eludir la batalla de forma distinta a una retirada directamente hacia la retaguardia. Esto permitía al ejército en ofensiva realizar un movimiento desbordante que, como atrapar contra un obstáculo u obligar a socorrer un asedio, le proporcionaba la ventaja de la defensa táctica. Pero el desbordamiento estratégico ofrecía mucho más que el desgaste de una batalla defensiva victoriosa librada para proteger un asedio: la posibilidad de obligar al ejército enemigo a capitular después de sus vanos intentos por abrirse camino a través de la fuerza desbordante (Jones, 1987: 672).

Campaña de Ulm, 1805

El desbordamiento estratégico, opción que comienza a ser viable en el período napoleónico, emulaba el desbordamiento táctico. La mayor movilidad de unas tropas tácticamente ofensivas permitía realizar un ataque de flanco o retaguardia; también la mayor movilidad de unas tropas estratégicamente ofensivas aumentaba las posibilidades de un desbordamiento estratégico. Los alemanes emplearon el ferrocarril en su campaña de Tannenberg de 1914 para realizar un traslado estratégico de la frontera este de Prusia, frente a un ejército ruso, a la frontera sur para envolver a otro ejército ruso y después derrotar al primero en los Lagos Masurianos. (Jones, 1987: 672)

Empleo de líneas interiores en la campaña de Tannemberg

En 1940 la superior movilidad estratégica de las divisiones Panzer y motorizadas alemanas inauguró una época de múltiples desbordamientos estratégicos basados en la mayor movilidad de los ejércitos motorizados sobre los que marchaban a pie (Jones, 1987: 673).

Sin unas tropas estratégicamente ofensivas, los comandantes tenían que basar sus desbordamientos en la sorpresa estratégica. Esta era más decisiva que la sorpresa táctica y, como implicaba fuerzas mayores, probablemente proporcionaría mayores beneficios (Jones, 1987: 673).

Los desbordamientos estratégicos también han tenido mucha utilidad en la defensa contra una estrategia persistente. No alcanzando realmente la retaguardia del enemigo, sino amenazando el flanco del movimiento desbordante enemigo. Ante esta amenaza, el atacante podría verse obligado a detenerse o retirarse cierta distancia para protegerse, como si hubiera sido impuesto por una derrota en combate (Jones, 1987: 673).

Para concentrarse contra la debilidad, las líneas de operaciones interiores ofrecían oportunidades en ofensiva; también en defensiva, para realizar contraataques. La utilidad de las líneas interiores dependía de la capacidad de cada bando para obligar al otro a combatir o retirarse directamente hacia retaguardia (Jones, 1987: 673).

Para contrarrestar la posesión por el enemigo de las líneas interiores –que permitía a este concentrarse sucesivamente en el espacio– los comandantes procuraban realizar acciones simultáneas sobre las líneas exteriores correspondientes –concentración en el tiempo–. Esto presentaba muchas dificultades, especialmente a falta de enlace en tiempo real. Las acciones ofensivas simultáneas de ejércitos distanciados eran más asequibles mediante acuerdo previo que improvisándolas en respuesta a la explotación por el enemigo de las líneas interiores (Jones, 1987: 673).

En estrategia, coordinar varias campañas mediante líneas interiores podía ofrecer una ventaja decisiva. La concentración en el tiempo –haciendo uso de las líneas exteriores– tenía una ventaja intrínseca sobre la concentración en el espacio –que facilitan las líneas interiores– si el terreno y otras condiciones eran equiparables en los dos frentes implicados. Sin embargo, si una fracción de las fuerzas que operaban sobre líneas interiores disponía de buenas fortificaciones o un terreno especialmente apto para la defensa, podía anular la mayor proporción de fuerzas en ese frente mientras la otra fracción lograba una victoria decisiva en el otro frente (Jones, 1987: 673).

Las pinzas que formaban las divisiones Panzer aprovechaban tanto la concentración en el tiempo como en el espacio. Cada pinza hacía uso de las líneas interiores para concentrarse en el espacio frente a las amenazas a sus flancos. La combinación de dos pinzas hacía uso de las líneas exteriores para cercar a las fuerzas enemigas que quedaban en su interior. Como, teóricamente, el enemigo podría hacer lo mismo, pues a cada entrante de un bando corresponde un saliente del otro bando y viceversa, todo dependía del margen de movilidad y agilidad de mando, y de la combinación de infantería –fuerte en la defensa– y carros –poderosos en el ataque– en el escalón de mando más adecuado.

La superioridad numérica adquirió mayor importancia y proporcionó, con ejércitos dispersos, mayor relevancia a la concentración estratégica: en el espacio, mediante la explotación de las líneas interiores para concentrarse sucesivamente sobre distintas fracciones del enemigo; en el tiempo, mediante avances y ataques coordinados o simultáneos. Estas formas de concentración de ejércitos dispersos han ofrecido muchas posibilidades a los defensores y a los atacantes. Con una proporción de fuerzas respecto al espacio estratégicamente decisiva y unos ejércitos con capacidades tácticas y la dispersión necesaria para atrapar a un adversario que no se retire directamente hacia retaguardia, la concentración estratégica en el espacio o en el tiempo y el movimiento desbordante han sustituido a los antiguos métodos de la estrategia persistente de combate: obligar al enemigo a combatir devastando su territorio, obligarle a socorrer un asedio y atraparlo contra un obstáculo (Jones, 1987: 674).

Ruptura del frente del Mosa en 1940. 

La proporción de fuerzas respecto al espacio es el principal condicionante operativo para elegir entre la estrategia persistente y la incursora. La estrategia incursora se sirve principalmente de la superioridad de la retirada sobre la persecución; la estrategia persistente ofensiva de la concentración contra la debilidad, la distracción y los principios de la guerra en general, para anular la otra capacidad del defensor: la superioridad de la defensa táctica frontal. El nivel operacional se ocupa de la tarea de obligar al enemigo a combatir en desventaja, a menudo con movimientos desbordantes, y de dosificar a varios niveles la concentración en el tiempo y en el espacio para adquirir ventajas sobre el adversario.

 

Conclusión

La toma de decisiones tácticas por distintos escalones de mando se debe a la combinación de tres factores:

  1. La composición interarmas de las unidades subordinadas.
  2. La compartimentación del terreno.
  3. La adopción de una filosofía de mando, unas prácticas y un sistema de adiestramiento que permita tomar cada decisión al escalón más adecuado según la situación, no estableciéndolo de forma rígida.

Hasta el siglo XVIII solo había un verdadero escalón de mando, que tomaba todas las decisiones tácticas, tanto en una batalla general como en un combate menor: el mando superior presente en el campo de batalla. Durante las guerras de la Revolución se empiezan a discernir “batallas dentro de la batalla”: combates dotados de cierta autonomía pero ligados a otros de forma que pudieran concebirse como una sola batalla. Ningún avance tecnológico propició este cambio, aunque la Revolución Industrial posteriormente influiría mucho en esta “atomización de los combates”.

Hasta entonces solo el escalón ejército combinaba las armas. Únicamente su comandante combinaba la acción de las distintas armas para obtener una potencia de combate superior a la suma de la potencia de combate de cada una. Toda acción tenía que realizarse en un solo “compartimento”, para que pudiera decidir la combinación adecuada mientras observaba el conjunto de la batalla. Durante la Revolución, unos ejércitos franceses compuestos por numerosa infantería pero mal instruida, desplegada en orden abierto y pretendiendo defenderlo todo mediante una defensa extendida, dinamizaron la fisonomía de la batalla, descomponiéndola en múltiples combates menores pero muy relacionados.

Napoleón fue el primero en aprovechar las inmensas ventajas que proporcionaba el fraccionamiento del ejército en divisiones interarmas: pequeños ejércitos compuestos por dos o tres armas que podían sostener un combate aislado en inferioridad numérica durante un tiempo limitado. La finalidad de este fraccionamiento del ejército no era táctica, sino operacional: cada división marcharía de forma independiente, con la intención de presentarse todas juntas en el campo de batalla, de forma que las bases de la victoria, y que esta fuera decisiva, quedaran sentadas antes de su inicio. Al margen de las ventajas operacionales de esta forma de operar, con relativa frecuencia, por problemas de enlace, resultaba muy difícil sincronizar los movimientos de las divisiones. En consecuencia, las distintas divisiones aparecían sucesivamente en el campo de batalla, dando lugar a “varias batallas dentro de la batalla”. Al aumentar el tamaño de las fuerzas, pasando estas de componerse de divisiones interarmas a cuerpos de ejército que confluían en un mismo campo de batalla, se disparó la complejidad de las batallas.

La transformación de las pequeñas unidades se produjo entre las guerras napoleónicas y la Gran Guerra, debido a los avances tecnológicos. Pero estos cambios fueron impulsados y orientados por una evolución táctica iniciada el siglo anterior: el combate en orden abierto realizado por “tropas ligeras”. Siempre había existido algún género de tropas combatiendo esta “guerra pequeña”. La verdadera transformación fue la integración de esta clase de combates, incapaces por sí mismos de ser decisivos, en la batalla general librada por fuerzas más “convencionales”.

Aunque los batallones de línea combatían en orden cerrado, disponían de una compañía de tropas ligeras, de modo que ambas formas de combatir –grueso del batallón en orden cerrado y su compañía ligera en orden abierto­– se apoyaban mutuamente, pues cada una tenía sus propias fortalezas y debilidades. Además, el comandante de división o cuerpo disponía de batallones ligeros para realizar las mismas funciones, a su nivel, que las compañías ligeras de los batallones de línea. Había empezado a introducirse cierta mentalidad interarmas a nivel batallón: aunque básicamente empleaban las mismas armas, las tropas ligeras –como escaramuceadores– y las tropas de línea –salvas en formación– constituían diferentes “sistemas de armas”.

Con la mayor letalidad de los nuevos fusiles, la excepción se convirtió en regla: el orden abierto pasaría a ser la forma habitual de combatir. El orden cerrado solo serviría para desplazar unidades por el campo de batalla hasta la distancia eficaz de las armas, aunque empleando formaciones de orden cerrado de compañía –de menor tamaño– para aprovechar mejor las desenfiladas.

A finales del siglo XIX la artillería alcanzó un progreso tecnológico equivalente, obligando a la infantería a adoptar una aproximación más abierta y menos vulnerable. Hasta mediados de la Gran Guerra, esta aproximación y el posterior ataque de la infantería recuperó unas formas lineales: en oleadas. Al aumentar el tamaño de los ejércitos y la letalidad de las armas, mientras la movilidad se mantenía constante, disminuyeron las posibilidades de maniobra. Siendo el fusil la principal arma de combate, la potencia de fuego por unidad de frente quedó saturada. El atacante jamás podría obtener superioridad de fuegos frente al defensor. La artillería, que entonces empleaba el fuego directo, quedaba muy vulnerable en primera línea y tuvo que desplazarse a retaguardia, adoptando el fuego indirecto y desarrollando nuevas técnicas para enlazar con la infantería y localizar las baterías enemigas.

Ante la imposibilidad de maniobrar, en 1917 los alemanes desarrollaron la defensa de puntos fuertes en profundidad, en lugar de la defensa lineal de la trinchera de vanguardia, aprovechando un arma que se había mostrado muy eficaz para batir de enfilada oleadas de fusileros: la ametralladora. El grueso de los fusileros de la defensa permanecería a retaguardia, disponible para realizar contraataques, eludiendo así la preparación artillera del atacante. Estos contraataques, realizados a todos los niveles –de pelotón hacia arriba– atomizaron completamente el combate defensivo.

Los alemanes también estudiaron cómo perforar las defensas aliadas. Su respuesta a este problema fue la formación de grupos de asalto reducidos –pelotones– muy reforzados con armas de toda clase –armas pesadas de infantería–. Apoyados por numerosas armas pesadas de infantería los pelotones podrían introducirse por los intervalos de las posiciones aliadas, que habían copiado el sistema de defensa alemán sin comprender sus fundamentos. Una vez roto el apoyo mutuo entre los puntos fuertes aliados, el grueso de la infantería alemana podría introducirse por las brechas producidas. Para recuperar las posiciones perdidas, los contraataques alemanes empleaban las mismas técnicas ofensivas de grupos de asalto apoyados por armas pesadas de infantería.

Entre las dos guerras mundiales los alemanes adiestraron a toda su infantería para combatir como esos grupos de asalto, proporcionando armas pesadas de infantería a todos los escalones. Estas armas se podían agregar a escalones más bajos para que un grupo cada vez menor de fusileros pudiera tomar la posición enemiga con un apoyo cada vez más numeroso, variado e inmediato de armas colectivas. La atomización del combate alcanzó así su punto culminante. El pelotón de fusiles quedó como la menor unidad “interarmas”, capaz de maniobrar y tomar decisiones tácticas. En determinadas situaciones una batalla podía componerse realmente de una enorme cantidad de combates de pelotón. Los escalones superiores lograban la victoria mediante la acumulación de los éxitos de sus subordinados.

Pero todavía no se había resuelto el estancamiento táctico. Era necesario el surgimiento de una nueva “arma” dotada de una “movilidad táctica” superior al grueso de los ejércitos, y que mantuviera esta movilidad durante el combate. Debía ser más rápida en toda clase de terreno (vehículos de cadenas), bajo el fuego de la artillería enemiga (acorazados) y con una potencia de fuego equivalente a la capacidad de choque de la antigua caballería (potente cañón de fuego directo). Aunque el carro de combate comenzó su andadura en 1916, por su concepción inicial como arma de apoyo de infantería y su limitada velocidad, no era, todavía, la nueva arma destinada a romper el estancamiento producido por la combinación de infantería y artillería: el enorme desequilibrio entre el ataque y la defensa a favor de esta última.

No era solo cuestión de movilidad ofensiva. Los carros jamás podrían ser autosuficientes. Necesitarían apoyo de las otras armas, aunque dotadas de parecida movilidad y protección que los carros. Por eso la revolución táctica no estaría motivada por el carro de combate, sino por la aparición de las divisiones Panzer: una proporción equilibrada de carros, infantería mecanizada, artillería autopropulsada y otros apoyos completamente motorizados.

Fueron revolucionarias por ser completamente interarmas e imprimir al combate acorazado un ritmo muy superior al combate a pie. Inicialmente impulsaron una renovada centralización, pues la mejor forma de aprovechar la capacidad de la división Panzer era plantear su combate como una sola entidad, centralizando la toma de decisiones tácticas y alcanzando la decisión de forma rápida y trascendente. Esto requería un terreno poco compartimentado, pues cada compartimento obligaba a “romper el combate en pedazos”. Pronto se encontró la forma adecuada de defenderse de estas rápidas rupturas acorazadas: proporcionar a la defensa más profundidad, para absorber su impulso ofensivo, y mayor cantidad de armas contracarro, para detener o canalizar sus movimientos.

Durante la segunda mitad de la Segunda Guerra Mundial se observa una progresiva atomización del combate acorazado, especialmente en terrenos más compartimentados, en actitud defensiva o en inferioridad aérea. La división Panzer tendió a dividirse en agrupamientos tácticos (Kampfgruppen) que realizaban combates autónomos. Estos agrupamientos debían ser interarmas. Cuando hubiera que superar una posición enemiga apoyada en un fuerte obstáculo contracarro, la infantería, apoyada por artillería, tendría primero que lograr una ruptura. Lograda la ruptura, los carros –con apoyo de artillería, o mejor de la aviación– la explotarían, seguidos de infantería mecanizada para consolidar el terreno conquistado. Un caso extremo fue la Batalla de las Ardenas: múltiples combates de pequeñas agrupaciones acorazadas a caballo de las vías de comunicación.

Ataque del Quinto Ejército Panzer en Las Ardenas en 1944

El caso opuesto fue la guerra en “el mar” del desierto norteafricano, dónde Rommel dirigía el combate de sus divisiones Panzer “como si fueran pelotones”. 

Ataque de Rommel a la posición de Gazala en 1942

En cualquier caso, las unidades acorazadas nunca llegarán al grado de descentralización de las unidades a pie. El escalón más bajo con capacidad para combinar armas, maniobrar y tomar decisiones tácticas será, en el combate sobre vehículos, la compañía.

Las unidades a pie buscarán terrenos que “atomicen” el combate, para que lo decisivo sea el combate próximo; las unidades que combaten sobre vehículos buscarán terrenos que permitan centralizar la toma de decisiones a niveles elevados, para realizar una maniobra decisiva y rápida, decidida directamente por los escalones superiores, volviendo irrelevante la toma de decisiones por los escalones inferiores.

Relación de las fuerzas respecto al espacio con el grado de centralización

 

José Luis Gómez Blanes es Coronel y profesor en la Escuela de Guerra del Ejército de Tierra.

 

Referencia bibliográfica

Jones, Archer (1987), The Art of War in the Western World, New York: Oxford University Press.

 

Editado por: Grupo de Estudios en Seguridad Internacional (GESI). Lugar de edición: Granada (España). ISSN: 2340-8421.

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