Dilemas de la intervención militar norteamericana en Siria

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El presidente Obama está decidido a atacar al régimen sirio, aunque el momento e incluso la posibilidad real de la acción quedan ahora supeditados a su votación en el Congreso. Pero por muy superior que sea el arsenal de Estados Unidos, la operación militar comporta una serie de dilemas políticos y estratégicos difíciles de soslayar. He aquí unos cuantos:

  • A estas alturas, cualquiera de los dos finales probables del conflicto sirio resulta negativo para los intereses de Washington. Ya sea la continuidad del régimen de Al Asad –con el consiguiente mantenimiento de la influencia iraní en el Levante-, como su eventual colapso. Teniendo en cuenta la fragmentación del bando rebelde, la victoria de estos últimos se traduciría seguramente en la balcanización del país (al estilo de la Libia actual) con facciones yihadistas fuertemente consolidadas. Y una intervención militar norteamericana no parece que vaya a generar alternativas más favorables.
  • Por tanto, la operación militar no se explicaría tanto por la guerra en Siria en sí misma, como por la línea roja establecida previamente por el presidente Obama (el empleo de armas químicas) y que, según la Casa Blanca (y a la espera de confirmación por parte de los inspectores de Naciones Unidas) el régimen sirio cruzó el pasado 21 de agosto. Parece sensato castigar a los Estados y actores no estatales que empleen armas de destrucción masiva para evitar que otros se sientan tentados a producirlas y utilizarlas. Pero, además, si tenemos en cuenta que Estados Unidos ha procurado hasta ahora mantenerse al margen del conflicto y eludir cualquier nuevo compromiso militar en Oriente Medio, la intervención contra el régimen de Al Asad se entiende mejor como una prueba de la determinación norteamericana ante potenciales transgresores de otras líneas prohibidas (por ejemplo, Corea del Norte o Irán). No actuar ahora, transmitiría imagen de debilidad. Y ello podría dar lugar a que futuros rivales cometan errores de cálculo que acaben provocando otras guerras.
  • Con el fin de ganarse a la opinión pública, la Administración Obama está tratando de encuadrar mediáticamente la acción como una intervención humanitaria. Sin embargo, muchos de quienes la acepten o respalden por ese motivo criticarán la decisión norteamericana en el momento en que los bombardeos causen víctimas civiles (también muchos de los que hasta ahora habían condenado a Estados Unidos por no intervenir). Algo que sucedería con toda probabilidad si los ataques tuviesen como objetivo las decenas o centenares de lugares sospechosos de esconder armas químicas. En el momento en que se lanzan cientos de municiones inteligentes sobre un país esperar una operacion absolutamente quirúrgica es mera ilusión.
  • La acción militar podría ir seguida de represalias asimétricas contra Estados Unidos por parte de los aliados del régimen sirio. Por ejemplo, del secuestro de ciudadanos norteamericanos en Líbano a manos de Hizbollah. Sin embargo, aunque Hizbollah fue una organización muy activa contra los intereses estadounidenses en la década de 1980, es probable que no quiera provocar la ira norteamericana a la vista de cómo pagó su atrevimiento Al Qaeda Central en los años que siguieron al 11-S: otro ejemplo de la importancia de las percepciones en lo que se refiere a la fortaleza y debilidad de la acción exterior de los gobiernos.

Como resultado de todo esto es muy probable que la balanza se incline a favor de una intervención militar limitada, de carácter meramente punitivo y dirigida contra el aparato de seguridad del régimen (edificios de los ministerios de Defensa e Interior, la sede de los servicios de inteligencia, y algunas instalaciones militares, especialmente las relacionadas con las armas químicas). Para realizar dichos ataques bastaría en gran medida con los misiles Tomahawk que portan los buques actualmente desplegados en el Mediterráneo Oriental. Al mismo tiempo, los bombardeos no tratarían de acabar con la vida de Bashar Al Asad pues, además de ser extremadamente difícil, la finalidad de los ataques no consistiría en alterar o acelerar de manera significativa el desenlace de la guerra.

En caso de que la Administración Obama se decante por una operación meramente punitiva (en lugar de embarcarse en acciones más complejas como, por ejemplo, destruir el arsenal químico de Siria, que además de una inteligencia excelente requeriría una operación militar de mayor envergadura), en los días que sigan a la acción escucharemos numerosas críticas que tildarán la operación de simbólica y escasamente eficaz. Sin embargo, y a tenor de los dilemas planteados, la razón última de la operación se encontrará precisamente en dicho simbolismo.