Desinformación: viejas ideas en nuevos formatos

Versión para impresiónVersión para impresión

La guerra cambia de carácter constantemente, aunque con mucha frecuencia los cambios son simples adaptaciones de ideas preexistentes. En los últimos años se ha popularizado el término “guerra híbrida”, que inicialmente era un concepto de carácter táctico y operacional centrado en la combinación de procedimientos asimétricos y convencionales. Más tarde, el concepto se amplió, en gran parte porque el término resultaba atractivo y proporcionaba un aire añadido de amenaza  si se aplicaba a la actuación rusa en Ucrania. En los últimos años se ha popularizado también el término “zona gris” que quizás sea más apropiado para referirse a la estrategia de Moscú: una serie de acciones hostiles, incluidas las militares, que no llegan a alcanzar el umbral de agresión abierta que desencadenaría un conflicto armado en Europa.

Lo que realmente hace novedosa la estrategia rusa es el uso masivo de la guerra de la información, con un despliegue de medios y recursos raramente visto con anterioridad. Se trata de una novedad aparente, pues la propaganda, la desinformación y la manipulación son viejas como el mundo. Lo que resulta hoy diferente es que existen recursos y ámbitos nuevos, como el ciberespacio, que proporcionan posibilidades muy interesantes, tanto a la hora de difundir masivamente los mensajes como de ocultar su autoría.

Es bastante lógico que Rusia se situé en vanguardia de esta nueva modalidad estratégica porque la herencia de la Unión Soviética es extremadamente rica en este aspecto. Ya los líderes de la Revolución de 1917, Lenin y Trotski, excelentes intérpretes de Clausewitz, comprendieron que, si la guerra es de naturaleza política, resulta evidente que el objetivo principal no son las fuerzas armadas enemigas, sino el liderazgo político. En realidad los ejércitos son meros obstáculos que se interponen en el camino para influir en los dirigentes de una nación, pero con un uso adecuado de la información se puede esquivar ese obstáculo. Ir directamente a por el rey sin necesidad de barrer primero a los peones. Mejor aún, se puede conseguir que los peones miren con recelo a su rey, y se pregunten si de verdad vale la pena defenderlo.

La idea es realmente antigua. En el siglo IV a.C. Kautilya, consejero político del rey indio Chandragupta, escribió un manual de buen gobierno, el Arthashastra, en el que recomendaba a su soberano no iniciar una guerra sin socavar primero el prestigio y la legitimidad del monarca enemigo a los ojos de su pueblo. Si eso se conseguía, la guerra debería ser fácil y poco costosa. Kautilya no se mostraba en absoluto tímido a la hora de recomendar procedimientos para tales fines: espías, saboteadores, propagadores de rumores, sobornos a altos funcionarios, chantajes, prostitutas y asesinos eran perfectamente aceptables para conseguir que la guerra fuese rápida, decisiva y no excesivamente onerosa en vidas y recursos. El fin justificaba los medios.

Lamentablemente, los atajos para reducir el coste de la guerra no suelen terminar bien, y con frecuencia producen más daño del que pretenden evitar. El bombardeo estratégico de ciudades, por ejemplo, también se concibió para evitar una repetición de las matanzas de la I Guerra Mundial. La muerte de unas decenas de miles de civiles debía provocar una presión tal sobre el gobierno enemigo que le obligaría a cesar las hostilidades, evitando así la muerte de millones de soldados. La realidad fue bastante diferente, y solo se añadió una atrocidad más a las habituales de la guerra.

El uso masivo de la desinformación en un mundo cada vez más interconectado puede tener también consecuencias desastrosas. La deslegitimación de líderes y gobiernos, la propagación de bulos sobre personas, instituciones y colectivos, o la difusión de teorías conspirativas que alarman injustificadamente a la ciudadanía, pueden llevar a una situación de desestabilización y caos, especialmente en tiempos de crisis.  El problema es lo bastante grave como para que sea necesario considerarlo dentro de la estrategia de seguridad nacional de cualquier estado.

Una de las consecuencias de la desinformación que más preocupan es que pueda obtener más efectos aplicada contra un gobierno democrático que contra un régimen autoritario, al estar el liderazgo político más expuesto a la opinión pública en el primero que en el segundo. El supuesto es discutible porque los gobiernos democráticos pueden también ejercer una transparencia en su gestión que los hace mucho menos vulnerables al descrédito. En el peor de los casos pueden además encajar con naturalidad un relevo de líderes, algo que constituye un problema mayúsculo para cualquier gobierno autoritario.

En cualquier caso, hay que ser conscientes de que, en un mundo dominado por la información, la desinformación usada como arma política constituye una amenaza de efectos potencialmente devastadores. Sus efectos desestabilizadores no se pueden ignorar, y habrá que acostumbrarse a considerar el dominio de la información pública como una dimensión más del conflicto.

José Luis Calvo Albero es Coronel del Ejército de Tierra y miembro del Grupo de Estudios en Seguridad Internacional de la Universidad de Granada (GESI)