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Contextualización conceptual, ideológica e histórica del terrorismo global

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Referencia completa: Javier Jordán, "Contextualización conceptual, ideológica e histórica del terrorismo global", en Eugenia López-Jacoiste (Coord.), Seguridad, Defensa y Desarrollo en el contexto internacional actual, (Pamplona: EUNSA, 2010), pp. 137-167.

Resumen: El terrorismo constituye la principal expresión de violencia política en las sociedades avanzadas y es, al mismo tiempo, uno de los puntos ineludibles de la agenda de seguridad internacional. El propósito de este capítulo consiste en acotar conceptualmente el término terrorismo global, popularizado tras el 11-S, y en contextualizarlo histórica e ideológicamente.

 

1. Concepto y características de la violencia terrorista

Existen múltiples definiciones de terrorismo. En nuestra opinión la más exacta desde el punto de vista politológico es la que ofrece Fernando Reinares[1] al entenderlo como un conjunto de acciones violentas que generan, en un determinado agregado de población, efectos psíquicos desproporcionados respecto a sus consecuencias materiales y que tiene como fin condicionar las actitudes de dicho colectivo social y orientar sus comportamientos en una determinada dirección.

Esta definición se encuentra mejor delimitada analíticamente que aquellas que adoptan como hecho diferencial de la violencia terrorista la naturaleza de las víctimas. Por ejemplo, Ganor[2], define como terrorismo la violencia que se dirige de manera intencionada contra civiles con el fin de obtener ganancias políticas. Posiblemente el énfasis en el carácter civil de las víctimas del terrorismo obedece a la intención de reprobar universalmente el empleo del terrorismo como táctica, al margen del carácter legítimo o no de la causa que persiga. Sin embargo, desde el punto de vista conceptual este tipo de definiciones plantean problemas ya que por un lado resultan demasiado amplias, al no destacar que el fin inmediato de la violencia es provocar miedo aun colectivo más amplio que a sus víctimas inmediatas, (por ejemplo, los genocidios cometidos para lograr estados étnicamente puros también podrían ser considerados terrorismo según la definición de Ganor) y, por otro, excluye acciones que son consideradas mayoritariamente como terroristas al tener como víctimas a personal uniformado (por ejemplo, el asesinato de un militar o un guardia civil por ETA).

La definición elegida para este capítulo permite extraer una serie de peculiaridades propias de la violencia terrorista[3]. En primer lugar, se trata de actos de violencia sistemáticos, concatenados temporalmente. Una acción armada, por brutal que sea, no encajaría en la categoría de terrorismo si tiene un carácter incidental, es decir, si se trata de un simple hecho aislado. Para generar estados psíquicos de miedo desproporcionados en relación a las consecuencias puramente físicas, es preciso que haya expectativas de reproducción de los episodios violentos. Por esta razón, la sorpresa y la imprevisibilidad también son características comunes del terrorismo ya que facilitan la creación de estados mentales generalizados marcados por el miedo

La selección de blancos por parte de la violencia terrorista también tiene como fin generar temor y controlar los comportamientos. Los objetivos suelen poseer un determinado valor simbólico de carácter institucional o cultural de modo que el daño que se les inflinge contribuya a acrecentar los efectos psíquicos colectivos de la violencia física. La naturaleza simbólica de los blancos no significa que las víctimas hayan de ser necesariamente personalidades políticas o sociales, o determinado tipo de funcionarios del gobierno. La selección también puede recaer en ciudadanos comunes con el fin de denunciar la supuesta culpabilidad de toda una sociedad o de manifestar públicamente una determinada voluntad de venganza. De hecho, numerosos grupos terroristas –y no sólo los de inspiración yihadista– han atentado contra ‘blancos de oportunidad’, objetivos vulnerables y en estado de relativa indefensión.

Otro rasgo netamente característico de la violencia terrorista es su función comunicativa. Mediante la publicidad de sus acciones los terroristas persiguen dos objetivos: coaccionar a sus oponentes a través del miedo y, en la mayoría de los casos, ganar partidarios. Por ese motivo el terrorismo también es conocido como propaganda por el hecho; al amplificar mediante la violencia y con medios limitados determinados mensajes. El terrorismo se diferencia así de otras formas de violencia porque los grupos terroristas se atribuyen públicamente la autoría de sus acciones y porque la ejecución de la violencia se planifica con el fin de captar la atención de amplios colectivos. De este modo el exceso de cobertura mediática, la insistencia gubernamental en la amenaza terrorista o una preocupación desmedida por parte de ciertos sectores sociales de la opinión pública podrían llegar a resultar contraproducentes a la hora de reducir la violencia terrorista.

El terrorismo constituye una expresión de comportamiento y participación política, aunque evidentemente de naturaleza ilegítima y contraria a los principios éticos más básicos. Lejos de constituir una violencia irracional o aleatoria, la violencia terrorista es un instrumento para conseguir metas políticas. Quienes optan por el terrorismo lo eligen entre otras alternativas de participación y en algunas ocasiones lo combinan con formas no violentas de hacer política, mediante por ejemplo el activismo asociativo, o incluso la militancia en partidos políticos. No obstante, lo más frecuente es que los grupos que se embarcan en la violencia terrorista se aparten de las vías pacíficas de participación política por considerarlas más lentas e ineficaces, y por los imperativos de la clandestinidad. Pero en cualquier caso, los terroristas no suelen ser actores aislados, proceden frecuentemente de movimientos sociales más amplios y, por lo general, mantienen cierto grado de conexión con la sociedad.

Por su propia naturaleza el terrorismo también es una herramienta habitual cuando se utiliza el enfoque asimétrico en un conflicto armado. El enfoque asimétrico consiste en recurrir a tácticas no convencionales con el fin de obtener resultados favorables ante un adversario sensiblemente superior en calidad o cantidad de recursos. Al tratarse de un tipo de violencia donde el efecto psíquico y comunicativo tiene más relevancia que la destrucción física, el terrorismo encaja con facilidad en el enfoque asimétrico. En comparación con otras formas de enfrentamiento armado, como el combate militar convencional o la guerra de guerrillas, la práctica de la violencia terrorista no exige contar con arsenales abundantes o complejos, ni con miles de hombres en armas para sostener una campaña continuada. En la práctica el repertorio de tácticas y armas utilizados por los terroristas es limitado, y tal como refleja, los gráficos 1 y 2, que analizan una muestra de 5.000 incidentes terroristas a nivel mundial desde la década de 1980, sus preferencias en términos de armamento se concentran en dos categorías: el empleo de explosivos (45%) y de armas de fuego (29%). 

Un último rasgo característico de la violencia terrorista que interesa comentar es que se trata de una violencia que en contadas ocasiones ofrece réditos políticos satisfactorios. El terrorismo es útil en términos de publicidad y a la hora lograr el ingreso o el mantenimiento de determinados asuntos en la agenda política. Permite conseguir ambas cosas de manera rápida y sin necesidad de contar con demasiados recursos. Sin embargo, son muy pocos los grupos terroristas que en alcanzan por la vía de las armas los objetivos políticos que dicen perseguir. Una investigación publicada por la RAND Corporation[4], y realizada sobre una muestra de 648 grupos terroristas existentes entre los años 1968 y 2006, ofrece como resultado que sólo el 10% de los grupos se disolvieron tras conseguir sus fines. Según dicho estudio, la principal causa de que los grupos terroristas pongan término a su actuación es la integración en el proceso político, abandonando la violencia para continuar exclusivamente con medios pacíficos (43%). No obstante, la transición hacia cauces políticos no violentos depende de la naturaleza de los objetivos que ambicione el grupo terrorista, cuanto más amplios y maximalistas sean más improbable resulta dicha transición.

El segundo motivo de extinción de los grupos terroristas es la eficacia policial (40%) y en muy raras ocasiones la derrota de los terroristas a manos de fuerzas militares (7%). Por otro lado, el reducido porcentaje de grupos que han logrado sus fines políticos mediante la violencia está compuesto en su mayoría por organizaciones que operaban en contextos de insurgencia y contando con un elevado número de militantes, habitualmente más de diez mil. Son muy pocos los grupos que han triunfado teniendo menos de un millar de miembros. En cuanto a la naturaleza de su causa política, ningún grupo inspirado en el radicalismo religioso se ha extinguido alcanzando sus metas. Por tanto, se puede afirmar que el recurso a la violencia terrorista es la mayoría de las veces una opción equivocada también desde el punto de vista práctico, a pesar de los réditos publicitarios y de fijación de la agenda que en un primer momento puedan cosecharse.

 

2. Tipologías del terrorismo

A efectos descriptivos y analíticos es posible establecer varias clasificaciones de la violencia terrorista en función de su intencionalidad, del grado de protagonismo de dicha táctica en el repertorio de métodos empleados por los actores terroristas, y del alcance geográfico y las pretensiones políticas de éstos.

La primera tipología toma como criterio la actitud de quien practica el terrorismo hacia la distribución del poder en un determinado sistema político, ya sea un estado, una región o toda la sociedad internacional. Así podría distinguirse entre quienes recurren al terrorismo con el fin de preservar el statu quo, y el de quienes lo hacen con la pretensión de alterarlo. La distribución del poder se refiere a la asignación de valores y recursos, los procesos de toma de decisiones, la composición de la clase dirigente, el funcionamiento de las instituciones, la estabilidad de los arreglos entre los interlocutores sociales, las estabilidad de las fronteras territoriales y la afirmación de las identidades colectivas[5].

El empleo del terrorismo con el fin de mantener el orden existente recibe el adjetivo vigilante y normalmente está protagonizado por gobiernos –casi siempre de regímenes totalitarios o autoritarios–, bien a través de su aparato administrativo (fuerzas policiales, militares o servicios de inteligencia), o bien mediante grupos paraestatales, con el fin de neutralizar a la oposición política y garantizar el sometimiento de la población.

La otra modalidad es la del terrorismo insurgente, ejercido de abajo arriba por parte de grupos que desafían el orden político establecido. En algunos casos lo hacen con el fin de obtener concesiones limitadas sin pretender cambios sustanciales en los sistemas de gobierno (un ejemplo sería el practicado por los grupos contrarios a la experimentación con animales), pero las más habitual es que persigan objetivos de gran calado como la autodeterminación de un determinado territorio o la sustitución de un régimen político por otro.

También es posible distinguir entre terrorismo como recurso auxiliar y como recurso preferente[6]. Lawrence Freedman[7] denomina táctico al primero y estratégico al segundo. El auxiliar es practicado por actores que cuentan con la violencia terrorista entre su repertorio de actividades pero sin que esta ocupe un lugar particularmente destacado. Sería el caso de determinados gobiernos (incluidos algunos democráticos), de ciertas organizaciones mafiosas, de algunos grupos guerrilleros que eventualmente cometen actos terroristas, de alguna secta religiosa, etc. Por su parte, el terrorismo como recurso preferente es característico de los actores no estatales que en su estrategia otorgan a la violencia terrorista un lugar de primer orden y prácticamente exclusivo. Se trataría de la mayor parte de los grupos que comúnmente se conocen como organizaciones terroristas.

La tercera tipología que nos parece interesante añadir es la que utiliza como criterio alcance geográfico de sus objetivos y actuaciones. De entrada cabría hablar, por un lado, de terrorismo doméstico o interno para referirse a aquel cuyos propósitos y actividades se circunscriben a los límites de un Estado; y, por otro, de terrorismo internacional, transnacional o incluso global para aquel que trasciende las fronteras de un determinado país. Sin embargo esta doble distinción resulta cada vez más imprecisa como consecuencia del creciente proceso de globalización, ya que hasta los grupos claramente acotados a una entidad política de índole nacional realicen actividades que afectan a otros estados.

Por otra parte, tanto en los documentos oficiales como en la literatura académica se aprecia cierta confusión en el uso del término terrorismo internacional. Según algunos documentos[8], el terrorismo internacional sería aquel que afecta a los ciudadanos o bienes de más de un país. Según otros[9], el terrorismo internacional se referiría al que promueven unos Estados contra otros, utilizando a las organizaciones terroristas como longa manus, mientras que el término terrorismo transnacional sería el que practican los grupos que actúan en más de un país sin contar con el apoyo de ningún Estado.

Fernando Reinares[10], hace una propuesta con mayor claridad analítica a la hora de distinguir entre terrorismo internacional y transnacional. Para Reinares, terrorismo internacional sería aquel que cumple dos condiciones: 1) que tenga por objeto alterar de manera deliberada la estructura y distribución del poder en regiones enteras del planeta o incluso a escala mundial –es decir, que su agenda sea regional o global; 2) que los actores que lo practican hayan extendido sus actividades por un número significativo de países, en consonancia con el alcance de los propósitos declarados; de lo contrario, aunque sus objetivos fuesen globales, quedarían excluidos de esta categoría.

Por su parte, según Reinares, terrorismo transnacional sería aquel que de una u otra manera atraviesa fronteras estatales, básicamente porque quienes lo ejecutan mantienen estructuras organizativas o desarrollan actividades violentas en más de un país. En la práctica, la mayor parte de los grupos terroristas actuales tienen carácter transnacional aunque sus objetivos políticos y la mayor parte de sus actividades posean un horizonte doméstico. De este modo todo terrorismo internacional sería a su vez transnacional, pero no todo terrorismo transnacional sería internacional, sólo el practicado por aquellos grupos que cumplan las dos condiciones señaladas en el párrafo anterior.

Por último, el calificativo de terrorismo global se utiliza actualmente como sinónimo de terrorismo internacional, pero la popularización del término, tanto en inglés como en español, se haya estrechamente asociada a la emergencia del terrorismo de inspiración yihadista promovido por Al Qaida y otras organizaciones asociadas. Reinares[11] lo describe como terrorismo internacional privatizado; es decir, diferente cualitativamente al terrorismo internacional de las décadas precedentes que en la mayor parte de los casos contaba con algún tipo de apoyo estatal, procedente por ejemplo de países como la antigua URRS y sus aliados del bloque oriental, Estados Unidos, Irán o Libia. En el caso del terrorismo global uno de sus principales rasgos distintivos, además del alcance mundial, es que no depende del patrocinio estatal sino de la inspiración y apoyo que se prestan entre sí redes de individuos, organizaciones y movimientos vinculados al islamismo radical violento.

La motivación político-religiosa es otra de las características definitorias del terrorismo global de nuestros días, aunque conviene aclarar que no todas las organizaciones inspiradas en el islamismo radical se encuadran en el terrorismo globalizado. Existen organizaciones que legitiman su violencia en nombre del yihad y que han recurrido al terrorismo, pero cuya agenda política se circunscribe a un área geográfica limitada sin pretensiones universalistas. Sería el caso por ejemplo de Hizbollah en Líbano y de Hamás en la Autoridad Nacional Palestina. Ambas organizaciones están transnacionalizadas, en cuanto que sus actividades e infraestructura se extienden fuera de las fronteras de ambos territorios e incluso más allá de Oriente Medio, pero en los dos casos sus propósitos tienen un horizonte acotado y estrechamente unido a la identidad nacional. Al mismo tiempo se han distanciado consciente y explícitamente de el yihad global promovida por Al Qaida.

Es posible que en el futuro surjan nuevas redes terroristas cuya actividad pueda calificarse de global, por ejemplo, grupos de inspiración antisistema y anticapitalista como los que actualmente practican una violencia de baja intensidad en diversos países europeos. No obstante, hoy por hoy el término terrorismo global corresponde con plena coherencia al protagonizado por Al Qaida y otros grupos asociados. Un terrorismo que además pertenecería a las categorías de insurgente y preferente, según las tipologías descritas en este epígrafe.

 

3. Encuadre del terrorismo global en la evolución histórica de la violencia terrorista contemporánea

Aunque pueden encontrarse antecedentes de conductas terroristas en los celotes sicarios en la Judea romana, en los asesinos ismailitas de la Edad Media, o en los thugs de la India colonial, el término terrorismo se utilizó por primera vez en el año 1795 para referirse al régimen instaurado por los jacobinos en la Francia posrevolucionaria[12]. Curiosamente, el origen del término se encuentra vinculado a la violencia practicada desde el aparato estatal.

La práctica del terrorismo moderno por organizaciones independientes del Estado es posterior. Los primeros grupos terroristas surgieron en el último tercio del siglo XIX. Se trataba de organizaciones de inspiración nacionalista o revolucionaria que pusieron por obra las doctrinas de Carlo Pisacane sobre la “propaganda por el hecho”. Según este extremista italiano, la violencia era necesaria no sólo para lograr la publicidad de la causa, sino también para educar y movilizar a las masas con el fin de que alcanzasen su propia liberación[13]. El primero en aplicar dicha teoría fue el grupo ruso Narodnaya Volya (la Voluntad del Pueblo), creado en 1878. Su corta vida –fue erradicado tras asesinar al zar Alejandro II en 1881– sirvió de ejemplo a otras organizaciones europeas de corte anarquista. Ese tipo de terrorismo agitó el Viejo Continente durante el resto del siglo XIX, hasta la década 1920 del siglo posterior. Estuvo protagonizado por un número elevado de grupos que actuaban espontáneamente y con escasa coordinación. Su éxito real fue parco (no lograron un cambio sustancial en las políticas de los respectivos gobiernos), a pesar de que generaron una enorme ola de terror y entre sus víctimas mortales se contaron varios primeros ministros, un rey y una emperatriz. En esos mismos años también surgieron grupos de carácter nacionalista-separatista que imitaron las estrategias y tácticas del terrorismo anarquista, particularmente en Turquía, Irlanda, Polonia y en el Imperio Austro-Húngaro (en Grecia, Bulgaria y Serbia)[14]. La acción terrorista de uno de estos grupos precipitó los acontecimientos que llevaron a la Primera Guerra Mundial, cuando en junio de 1914 un joven serbobosnio asesinó en Sarajevo al archiduque Francisco Fernando de Habsburgo.

Pero a pesar de esos primeros brotes de comienzos de siglo XX, el terrorismo etnonacionalista y de aspiraciones independentistas no se convirtió en una fuerza verdaderamente importante hasta el fin de la Segunda Guerra Mundial. En ello influyó la derrota de los imperios coloniales durante las primeras fases de la guerra (lo que demostró que no eran invencibles) y también las promesas de independencia de los propios aliados durante la contienda. Los insurgentes independentistas optaron por un enfoque asimétrico del enfrentamiento que primaba el impacto psicológico de sus acciones. En muchos casos, pretendían provocar medidas extremas que distanciasen al gobierno de la población. Los grupos radicales judíos, como Irgun, marcaron la pauta a seguir por el resto de organizaciones que también aspiraban a la independencia. Se justificaban a sí mismos como pequeñas fuerzas enfrentadas a ejércitos mucho más poderosos, que se veían obligadas a derramar sangre para defender su libertad. En algunos casos estos grupos alcanzaron sus objetivos, pues aunque no derrotaron militarmente a las potencias extranjeras, sí que evidenciaron la falta de legitimidad de las potencias coloniales, acentuada por la represión practicada por éstas. Las campañas de terrorismo anticolonialista hicieron patente su alcance propagandístico sobre las audiencias de numerosos países. El terrorismo dejó de ser una herramienta de alcance meramente nacional, transformando conflictos locales en asuntos de relevancia internacional[15].

De esta manera durante las décadas posteriores a la Segunda Guerra Mundial se produjo un aumento exponencial del número de grupos terroristas[16]. Aunque en la historia que estamos resumiendo participaron grupos de muy diferente naturaleza e ideología, se puede apreciar un mimetismo e influencia mutua que explican la evolución de las tácticas y la extensión mundial del fenómeno. Al terrorismo anticolonialista se unieron, a finales de la década de 1960 y principios de la de 1970, grupos nacionalistas separatistas como, por ejemplo ETA y el Frente de Liberación de Quebec. En esos mismos años surgieron también grupos de extrema izquierda derivados de organizaciones estudiantiles y de movimientos marxistas/leninistas/maoístas en Europa Occidental, América Latina y Estados Unidos, que se oponían al capitalismo, a la democracia liberal y al imperialismo. Entre ellos, alcanzaron particular notoriedad la Fracción del Ejército Rojo alemana (más conocido como grupo Baader-Meinhof) y las Brigadas Rojas italianas. En la creciente internacionalización del terrorismo también tuvo mucho que ver la estrategia de alianzas de la Organización para la Liberación de Palestina (OLP), a la que se adhirieron los grupos de extrema izquierda mencionados (la OLP era de hecho una coalición de grupos palestinos). Las organizaciones terroristas de extrema izquierda en Europa Occidental se consideraban la vanguardia de la lucha del Tercer Mundo e intentaron crear un frente anticapitalista-antiimperialista. Como parte de dicha política de alianzas establecieron vínculos con los palestinos para la adquisición de armamento, entrenamiento, y ejecución de operaciones conjuntas, como el asalto a la conferencia de ministros de la OPEP en Viena en 1975, o el secuestro de un vuelo de Air France con destino a Entebbe en 1976[17].

Durante la década de 1980 se produjo el eclipse del terrorismo de extrema izquierda. La mayor parte de esas organizaciones sufrieron duros golpes policiales que les privaron de sus líderes históricos y de gran parte de su infraestructura. Su ideología revolucionaria encontró escaso eco en la izquierda europea, y la cadena de asesinatos que cometieron provocó la repulsa de muchos de sus simpatizantes iniciales y distanció definitivamente de la población. La realidad política, social y económica del Viejo Continente no era un terreno fértil para la revolución marxista. A ello se añadió el desmoronamiento del bloque soviético en 1989, que les privó de referente político y retaguardia estratégica. La URRS y sus satélites les habían proporcionado entrenamiento, armas, inteligencia, financiación y refugio. La ola de cambio político en Europa del Este barrió toda esa infraestructura de apoyo.

David Rapoport[18] sintetiza la evolución histórica que se acaba de exponer en tres olas (anarquista, anticolonialista y de extrema izquierda) a las que suma una cuarta: la del terrorismo de inspiración religiosa cuyo origen sitúa en 1979. La decadencia del terrorismo de extrema izquierda, y el estancamiento de grupos etnonacionalistas como el IRA y ETA, coincidieron con la emergencia de un nuevo terrorismo caracterizado por su mayor letalidad, por su motivación político-trascendente, y en algunos casos por la amplitud y maximalismo de sus objetivos políticos y de su extensión geográfica. Comenzaba a germinar la simiente del terrorismo global de inspiración yihadista.

Las principales manifestaciones de la cuarta ola del terrorismo abarcaron desde el atentado con gas sarín en el metro de Tokio por la secta Aum Shinrikyo (la Verdad Suprema) en enero de 1994, hasta los atentados de las milicias norteamericanas, entre los que destaca la masacre de Oklahoma en 1995. En la década de 1990 algunos de esos ataques fueron considerados acciones inconexas y desconcertantes, como por ejemplo el atentado contra el World Trade Center en febrero de 1993, y contra las embajadas de Estados Unidos en Kenia y Tanzania en agosto de 1998[19]. Sin embargo, la perspectiva del tiempo nos permite encuadrar aquellas acciones dentro de la estrategia, perversa pero coherente, del terrorismo yihadista global. A continuación se examinan su inspiración ideológica y sus comienzos históricos.

 

4. Raíces ideológicas del terrorismo global

Además de por su alcance geográfico, el término terrorismo global se utiliza en ocasiones para eludir los adjetivos de islámico o islamista, tratando de evitar así una criminalización injusta de la religión islámica y su vinculación simplista a la violencia promovida por Al Qaida. Con el fin mantener dicha distinción y, al mismo tiempo, conocer mejor el fenómeno se exponen dos aspectos relacionados con el origen ideológico del terrorismo global de inspiración yihadista: su relación con la teoría islámica del poder y la relación entre el islamismo político y el terrorismo.

 

4.1. Radicalismo yihadista y teoría del poder en el islam

Aunque el terrorismo promovido por Al Qaida es un fenómeno relativamente nuevo, las bases doctrinales del salafismo yihadista (corriente ideológica que lo inspira) se remontan a muchos siglos atrás. Gran parte de la problemática se deriva de la organización del poder político en el Islam[20]. Esta cuestión se planteó al poco de morir Mahoma y dio lugar a las primeras divisiones religiosas. El Corán y la Sunna apenas mencionan cómo debe organizarse la comunidad política y social de los creyentes. Ni siquiera el propio Mahoma se preocupó por designar un sucesor cuando intuyó la inminencia de su muerte.

Obviamente el término Estado islámico (tal como lo plantean actualmente los islamistas) no existía en aquel momento porque el Estado moderno surgió en Europa entre los siglos XV y XVI. Por ello, las nociones centrales fueron comunidad, autoridad y justicia, pero una justicia que iba mucho más allá de lo equitativo o distributivo, siendo sinónimo de honestidad o rectitud.

En la elaboración de la teoría política islámica los primeros pensadores musulmanes recurrieron a diversos instrumentos racionales. Entre ellos destacó el iytihad: la interpretación de los textos sagrados para encontrar respuestas a problemas actuales. Como es lógico hubo diferencias según las escuelas y autores, pero los principios comunes que marcaron ese esfuerzo intelectual fueron los siguientes:

  • Toda soberanía, poder y autoridad pertenecen en última instancia a Dios
  • Igualdad de los creyentes que aceptan la sharía (camino de vida islámico)
  • La umma (comunidad de creyentes) es el único cuerpo social y político
  • Esa comunidad es regida por un único gobernante, que tiene como misión proteger la umma y asegurar el cumplimiento de las normas de la sharía
  • La defensa armada de la umma corresponde a todos los musulmanes a título individual.

La teoría política islámica estableció dos fuentes de legitimidad. La primera provenía del origen del gobernante y la segunda del modo cómo éste ejercitase el poder. La legitimidad por origen fue el primer y principal motivo de división del mundo islámico, con la sucesión del cuarto califa y la posterior división entre suníes, shiíes y jariyíes. En principio para los suníes y jariyíes el califa debía ser elegido por la comunidad. Pero posteriormente la teoría política sunní se ajustó a la evolución histórica. De modo que pronto dejó de ser la comunidad quien elegía al califa, y pasó a ser éste, o su entorno cercano, quienes designaban al siguiente, dando lugar a un sistema de sucesión propio de las monarquías tradicionales.

La segunda fuente de legitimación resultó más controvertida y es la más interesante desde la perspectiva de este capítulo. Según el modelo ideal, el califa debía ser una persona piadosa, que marchara con su ejemplo al frente de los demás musulmanes. Sin embargo, la realidad fue a menudo por otros derroteros. En consecuencia, los sabios y pensadores rebajaron paulatinamente el nivel de exigencia; unos quizás por adulación y otros por criterios puramente pragmáticos. Era preferible tolerar a un déspota que padecer la anarquía derivada de la guerra civil o de la ausencia total de autoridad. En medio de semejante caos sería muy difícil llevar una vida acorde con la sharía.

De este modo la figura idealizada del gobernante virtuoso acabó cediendo a la obligación de acatar el poder político mientras este permitiera cumplir los mandatos religiosos. Incluso si el gobernante no era musulmán (situación que se planteó cuando comenzaron a perderse territorios) también existía dicha obligación, aunque habitualmente se recomendaba abandonar el país y emigrar a tierra del islam.

A la vez, los gobernantes también se preocuparon por reforzar su legitimidad mediante tres grandes medidas: 1) a partir del siglo X cerraron la vía del iytihad; 2) se erigieron en los únicos responsables de la vigilancia de costumbres; y 3) monopolizaron la obligación del yihad.

El iytihad (libre interpretación de las fuentes religiosas) tenía un enorme potencial revolucionario, y lo continúa teniendo a día de hoy. En el islam no hay un único magisterio que marque la interpretación correcta de las fuentes sagradas. A través del iytihad cualquier líder religioso podía contrastar lo mandado con lo que realmente sucedía (hisba: vigilancia o chequeo) y, en su caso, afirmar que el poder estaba actuando de manera contraria a la religión. Seguidamente podía declararlo takfir (contrario al islam) y acto seguido convertirlo en objeto legítimo del yihad (lucha armada para defender la umma). El yihad no se puede declarar contra musulmanes, a no ser que estos sean tachados de apóstatas mediante el takfir[21].

El éxito o fracaso dependía evidentemente de la capacidad de convocatoria del líder religioso en cuestión y de la fuerza armada de sus seguidores. Seguidamente los gobernantes se erigieron en los únicos responsables de la vigilancia de costumbres: del mandato de ordenar el bien y prohibir el mal. Por último, se apropiaron de la obligación individual del yihad. Sólo se podía combatir cuando así lo determinaba el líder de la comunidad. Se trató de medidas astutas pues esos principios escondían las semillas de la subversión.

Sin embargo, desde muy pronto también surgieron corrientes de contestación política que echaron mano de argumentos religiosos en su rebelión contra el poder. En tales casos la secuencia lógica resultaba previsible: Iytihad à Hisba à  Takfir à Yihad. Un ejemplo histórico se encuentra en el movimiento almohade a mitad del siglo XII. Los almohades declararon takfir a los almorávides (que bebían vino y permitían la representación de figuras humanas) y a continuación lanzaron el yihad contra ellos. Comenzando desde el desierto del Sáhara conquistaron el actual Marruecos y gran parte de la Península Ibérica. Una vez en el poder, los almohades también tuvieron la precaución de apropiarse de la prerrogativa de la vigilancia de costumbres y del yihad.

En la teorización sobre la legitimidad de la rebelión destaca la figura del pensador Taqi al-Din Ibn Taymiyya que vivió entre Siria y Egipto durante los años 1263 a 1328. Al igual que otros sabios musulmanes, Ibn Taymiyya pensaba que la umma debía regirse según el principio de promover el bien y evitar el mal, y que el gobernante era el principal garante de ello. En caso contrario perdía su legitimidad. De acuerdo con esta lógica Ibn Taymiyya reclamó la recuperación del iytihad, y a partir de ahí no sólo dejó abierta la secuencia acabamos de exponer, sino que además subrayó el carácter esencial del yihad armado dentro del Islam.

No es de extrañar que Ibn Taymiyya escribiera gran parte de su obra en prisión. Tampoco lo es que numerosos ideólogos del salafismo yihadista –incluyendo al principal de ellos, el egipcio Sayid Qutb– hayan recurrido en el siglo XX a Ibn Taymiyya para reforzar sus argumentos. Y tampoco sorprende que un libro de Ibn Taymiyya apareciera en uno de los ordenadores de los terroristas del 11-M en Madrid.

De este modo, el salafismo yihadista también recurre a la secuencia Iytihad à Hisba à  Takfir à Yihad para justificar sus acciones. En su interior existen corrientes más o menos extremas. Los yihadistas más radicales, denominados takfiríes, consideran apóstatas a todos los musulmanes que no comulgan con sus ideas extremas, incluidos los ancianos, mujeres y niños. Sin embargo, la mayor parte de los yihadistas consideran apóstatas sólo a los gobernantes de los países musulmanes y a aquellos musulmanes que les apoyan activamente (por ejemplo, jueces o miembros de las fuerzas de seguridad). En su enfrentamiento con Occidente, la lógica es similar pero sin la necesidad del takfir. Recurren al iytihad para declarar lo que consideran una guerra defensiva contra los enemigos del Islam[22].

 

4.2. Islamismo político y terrorismo yihadista global

Antes de describir la relación entre islamismo y terrorismo yihadista, es preciso distinguir antes de nada entre islam e islamismo. El primero es la religión profesada por aproximadamente mil doscientos millones de personas en el mundo e iniciada por Mahoma en el siglo VII. A pesar de la aparente imagen monolítica, el islam es en realidad una religión muy fragmentada; un mosaico de interpretaciones distintas y en muchos casos divergentes. No existe una autoridad central ni un conjunto de sabios seguidos o representativos de la mayoría de los creyentes.

En el interior del islam, el islamismo emerge como una ideología política que pretende la instauración de gobiernos que aseguren el cumplimiento social del camino de vida islámico (sharia). El islamismo tampoco constituye un sistema de pensamiento único; abarca un amplio espectro de movimientos y organizaciones que divergen sobre la concreción del objetivo común y sobre el modo como alcanzarlo. En la literatura no especializada se han utilizado con frecuencia los términos fundamentalismo e integrismo islámico para denominar a los grupos islamistas. Sin embargo, no los utilizaremos en este capítulo para referirnos a ellos, ya que se trata de categorías procedentes del ámbito cristino que no encajan del todo bien con el fenómeno islamista.

Los movimientos islamistas contemporáneos tienen parte de su origen en las corrientes de renovación surgidas en diferentes lugares del mundo musulmán, especialmente en la Península Arábiga a finales del siglo XVIII, y que en muchos casos aún se mantienen vigentes en nuestros días[23]. Se trata de pensadores y líderes religiosos que aspiran a purificar el islam de las prácticas y creencias que ha ido acumulando a lo largo de los siglos, y que no se corresponden con la teoría y praxis de los comienzos. En gran medida la decadencia social y política que ellos perciben en el islam, y que se agudizaría tras la colonización europea de amplios territorios musulmanes en el siglo XIX y principios del XX, respondería, a su juicio, a esa desviación del espíritu de los comienzos.

A las corrientes revivalistas y reformistas del islam moderno y contemporáneo pertenecen escuelas, movimientos y organizaciones tan dispares como el wahabismo, el deobandismo y los Hermanos Musulmanes. Todos ellos pretenden retornar a la época de los primeros compañeros de Mahoma, a la época de los salaf; de ahí que esta gran corriente sea denominada por algunos autores[24] con el término de salafismo, aunque normalmente su empleo se restrinja a la corriente wahabí, que emana principalmente de Arabia Saudí.

Los aspectos puramente religiosos y doctrinales del salafismo no son de interés desde el punto de vista del estudio del terrorismo global. Se trata de cuestiones que afectan a los quienes profesan la fe islámica y, desde ese punto de vista, la vuelta a los orígenes de una doctrina que los musulmanes consideran revelada por Dios podría resultar coherente. En estas páginas la atención por el salafismo se encuentra en la concepción que muchos de estos grupos tienen sobre la teoría del poder político. Es en ese punto donde numerosos salafistas se hacen también merecedores del término ‘islamistas’, porque consideran que el estado no debe ser aconfesional sino decididamente islámico, y que su Constitución debería basarse en los principios de la sharia. Evidentemente, esta pretensión encaja con dificultad en el paradigma democrático-liberal ya que, en caso de aplicarse, los no musulmanes, o los musulmanes considerados heterodoxos por parte de quien estuviesen en el poder, encontrarían limitadas sus libertades y opciones políticas.

A la hora de implantar el estado islámico, los grupos islamistas han optado tradicionalmente por una primera fase de activismo social, dirigida a crearse una amplia base de apoyo, para seguidamente pasar a una segunda etapa de activismo político[25]. Como apenas existen países de mayoría musulmana que en propiedad puedan ser considerados democráticos, la trayectoria política de los islamistas se ha visto con frecuencia limitada o, sencillamente, truncada. En lugares como Marruecos, Jordania, Argelia o Egipto, los islamistas son tolerados desde el poder y gozan de respaldo social activo. En la Autoridad Nacional Palestina los islamistas de Hamás completaron el proceso en 2006, al ganar las elecciones y ocupar el gobierno. La organización que en gran medida ha inspirado esta dinámica ha sido Hermanos Musulmanes. Fue fundada en Egipto en 1928 por Hassan Al-Banna y se ha extendido por todo el mundo musulmán y por las comunidades islámicas de Europa y Estados Unidos. En cada país adopta nombres y formas de organización diversas. En Palestina por ejemplo el núcleo principal se denomina Movimiento de la Resistencia Islámica (cuyo acrónimo en árabe es Hamás).

Sin embargo, no todos los islamistas han utilizado la participación social y política como vía para instaurar el Estado islámico. Desde la década de 1960, y sobre todo a partir de la de 1970, una serie de grupos minoritarios han recurrido a la violencia con el fin de alcanzar resultados rápidos y definitivos (pero en la práctica sin éxitos permanentes). Esos grupos, que surgieron principalmente en Egipto, desgajados de Hermanos Musulmanes, legitiman la lucha armada apelando al yihad en defensa del islam. Según ellos, el islam se encontraría amenazado por los falsos musulmanes que gobiernan los países de mayoría islámica y por los enemigos tradicionales del islam: los cristianos, los judíos y los incrédulos. En consecuencia, su violencia no sólo sería permisible sino incluso meritoria. Estarían continuando la gloriosa tradición de los muyahidin que han defendido y expandido territorialmente el islam mediante la espada.

En general los islamistas repudian a quienes practican el terrorismo yihadista porque no consideran legítima la violencia para derrocar gobiernos musulmanes. Aunque en gran medida los objetivos de los islamistas coinciden con los de los yihadistas, los primeros consideran que el empleo del yihad armado dentro de las sociedades islámicas provoca males mucho mayores que los beneficios que se puedan alcanzar: el resultado sería la fitna, la división, la guerra civil y en último término la anarquía. Por otra parte, tampoco consideran admisible matar a otros musulmanes. Por ese motivo, los yihadistas son denominados en el mundo musulmán como jariyíes (desviados) o takfiríes (por el empleo que estos hacen del takfir). A su vez, y como ya se ha señalado anteriormente, los yihadistas denominan también takfiríes a los más radicales de entre ellos, que incluso matan a otros yihadistas por no considerarlos plenamente musulmanes[26].

Donde sin embargo, existe más acuerdo entre los islamistas y yihadistas es sobre el empleo del yihad armado frente a la ocupación extranjera de naturaleza no islámica. En casos como por ejemplo la guerra de Afganistán contra los soviéticos, la lucha contra Israel o contra Estados Unidos en Irak, tanto unos como otros legitiman la lucha armada calificándola de yihad. Incluso algunos islamistas no yihadistas se han manifestado públicamente a favor del empleo de ataques suicidas en dichos escenarios, ha sido el caso por ejemplo de Mahdi Akef, secretario general de Hermanos Musulmanes en Egipto, y del jeque Yusuf Al-Qardawi, uno de los líderes espirituales de los Hermanos a nivel mundial.

 

5. Orígenes históricos del terrorismo yihadista global

Entre los promotores ideológicos de la violencia de inspiración yihadista destaca el egipcio Sayid Qutb (1906-1966). Sayid Qutb, perteneció al movimiento de los Hermanos Musulmanes aunque en sus ideas alcanzó un grado de radicalización que no comparte esta gran asociación islamista. Qutb es uno de los principales ideólogos del yihadismo global. Según él, las sociedades islámicas se encuentran en inmersas en el paganismo, lo cual explicaría la decadencia del islam en comparación con los tiempos su esplendor originario. Como consecuencia, los auténticos musulmanes tienen la misión de instaurar un gobierno islámico y para ello no tendrán más remedio que recurrir a la fuerza. Qutb es por tanto un ideólogo revolucionario que legitima el empleo de la violencia con fines político-religiosos[27]. El planteamiento de Qutb ha sido enriquecido en las décadas posteriores a su muerte otros ideólogos y activistas, entre otros: Shukri Mustafa, Abd al-Salam Faraj, Abdullah Azzam, Abu Qatada, Osama Bin Laden y Ayman Al-Zawahiri[28].

Los primeros grupos que llevaron a la práctica las ideas del yihad terrorista fueron precisamente egipcios, en concreto, los denominados Takfir, Yihad y al-Yama’a al-Islamiyya, que comenzaron sus actividades en la década de 1970. Durante la década posterior surgieron otros grupos que centraron sus ataques en aquellos que transgredían públicamente la moral islámica o en quienes representaban a la autoridad política. De ese modo se produjeron acciones de terrorismo yihadista, aisladas o continuadas, a lo largo del cinturón musulmán que va desde Marruecos hasta el Sudeste Asiático. La mayor parte de los atentados se llevaron a cabo contra objetivos autóctonos; otros, sin embargo, alcanzaron a personas o intereses occidentales –especialmente norteamericanos– presentes en aquellos países. Se trataba de un terrorismo transnacional pero todavía no globalizado. Algunos de esos grupos contaron con el respaldo de la República Islámica de Irán y, durante la primera mitad de la década de 1990, del régimen de Sudán. La más beneficiada del respaldo iraní fue la organización Hizbollah, que en 1983 ejecutó un atentado suicida doble que acabó con la vida de doscientos cuarenta y un Marines, y cincuenta y ocho paracaidistas franceses desplegados en Beirut.

Durante las décadas de 1980 y 1990, la emergencia del terrorismo yihadista fue contenida –y en algunos casos completamente erradicada– por los aparatos de seguridad de los países musulmanes. Las dos principales excepciones fueron Argelia y Egipto, donde la violencia se enquistó durante más de una década. Ello se explica por el escaso control inicial que esos gobiernos tenían sobre las áreas urbanas o rurales donde los yihadistas se hicieron fuertes. Sin embargo, el poder superior del Estado terminó inclinando la balanza contra unas organizaciones que en último término eran minoritarias. Actualmente los grupos de terrorismo yihadista han sido prácticamente eliminados en Egipto y se han visto obligados a huir del país para desarrollar sus actividades; mientras que en Argelia la situación se encuentra mucho más controlada en comparación con los niveles de violencia alcanzados durante la década de 1990.

Por otra parte, a finales de los 80 y principios de los 90 apareció otra variedad de terrorismo yihadista, que se podría denominar “de liberación”. Se trata de grupos animados por los principios yihadistas que luchan por hacerse con el control de un determinado territorio para implantar posteriormente un régimen islamista. Hamas y Yihad Islámica constituyen un claro ejemplo de ello. Su lucha no se limita a la expulsión de los colonos y fuerzas de seguridad israelíes de Gaza y Cisjordania, sino que pretende hacerse con el control total de la Palestina previa a la división de 1947, tal como demostraron las acciones suicidas de mediados de los 90, dirigidas a hacer fracasar el plan de paz de Oriente Medio tras los acuerdos de Oslo. También pertenecen a esta categoría otros grupos yihadistas que actúan en Cachemira, Chechenia, Filipinas y en la región china de de Xinyiang[29].

Pero el salto cualitativo del terrorismo yihadista se produjo cuando también a principios de los años 90 comenzó a forjarse la red que permitiría la práctica del yihad a escala global. En realidad sus prolegómenos se remontan a la década anterior. La intervención soviética de Afganistán ofreció una oportunidad histórica para que muchos de los que habían aceptado las ideas sobre el yihad armado las llevasen a la práctica contra las fuerzas que invadían la tierra del islam; y, sobre todo, permitió que grupos procedentes de distintos países entrasen en contacto y comenzaran a coordinar sus estrategias y actuaciones. La organización de dicha resistencia contó con el apoyo de los servicios de inteligencia saudíes, paquistaníes y estadounidenses. Pero el papel protagonista en la creación de la red yihadista global lo desempeñó Abdullah Azzam, un palestino convencido de que combatir el yihad en defensa de la tierra del islam era un deber que grababa la conciencia de todo buen musulmán. Azzam fue el coordinador de la llamada Oficina de Servicios Afgana (MAK, en sus iniciales árabes). La Oficina llegó a tener sedes de propaganda y reclutamiento en treinta países; y con los años se convirtió en un instrumento enormemente eficaz para la obtención de recursos humanos y económicos destinados al yihad afgano. En los orígenes y gestión de la MAK también desempeñó un papel relevante un joven de origen saudí llamado Osama Bin Laden[30].

En el verano de 1988 Osama Bin Laden junto con otros veteranos, en su mayoría egipcios, crearon la organización Al Qaida que, tras la muerte de Azzam, se apropió parte de la infraestructura de la MAK[31]. El esfuerzo logístico y de reclutamiento realizado hasta aquel momento había tenido como resultado la creación de una red internacional de contactos a lo largo y ancho del mundo islámico, incluyendo algunas comunidades musulmanas de países occidentales. Se mantenía relación con personas clave de movimientos islamistas, ONGs con fines caritativos, determinadas mezquitas y centros religiosos, patrocinadores privados del yihad, y con grupos guerrilleros y terroristas de inspiración islamista radical. Además, contaban con centenares de voluntarios en Afganistán, entrenados en técnicas de guerra de guerrillas y muy imbuidos en la doctrina del yihad combativo. Y a los muyahidin sobre el terreno había que añadir una base de datos con los veteranos que habían pasado por la guerra y que posteriormente habían regresado a sus países. La nueva organización pretendía convertirse en una vanguardia que movilizara al mundo musulmán con el fin en liberar aquellos territorios considerados tierra del Islam como, por ejemplo, Cachemira, Filipinas e incluso la Península Ibérica; y de derrocar los regímenes apóstatas de los países de mayoría musulmana, logrando de este modo la reinstauración del califato, es decir, la unión de todos los países musulmanes en una sola entidad política a semejanza de los primeros tiempos del islam. Tras iniciar su andadura, Al Qaida comenzó a tejer una red global que más que a una organización jerárquica supranacional dio lugar a una estructura informal de relaciones y acuerdos de ayuda mutua.

Poco después de la creación de Al Qaida, Saddam Hussein invadió Kuwait. Era el 2 de agosto de 1990. El régimen de Bagdad constituía un claro ejemplo de apostasía y sus fuerzas acorazadas podían cruzar en cualquier momento la frontera de Arabia Saudí. Bin Laden se encontraba en el reino desde febrero de ese año y, aprovechando sus buenas relaciones con el palacio, ofreció su contingente de muyahidin para defender la tierra santa contra los soldados de Saddam. No pretendía liberar Kuwait, pero sí proteger Arabia de una invasión que en ese momento parecía probable.

La monarquía saudí declinó la propuesta y aceptó, sin embargo, la ayuda norteamericana. Aquel fue un momento decisivo en la historia de Al Qaida. Bin Laden interpretó el despliegue de las fuerzas occidentales como una profanación de la tierra santa musulmana. Rompió con el régimen saudí (al que a partir de ese momento consideró apóstata) y como consecuencia fue sometido a arresto domiciliario. Valiéndose de la situación privilegiada de su familia, obtuvo un permiso extraordinario para realizar un breve viaje a Pakistán con la excusa de finalizar algunos negocios pendientes. Tenía mucho que perder si no regresaba, pero jamás volvió. Poco después el gobierno saudí le retiró la nacionalidad.

Una vez en Asia Central Bin Laden comenzó a intrigar contra la primera ministro paquistaní Benazir Bhutto, y a promover la instauración de un gobierno islámico en Pakistán. El régimen se encontraba muy dividido y Bin Laden contaba con el apoyo de algunos sectores del aparato de seguridad y de los movimientos islamistas. Pero aquella región también empezó a convertirse en un lugar peligroso. Los saudíes tenían contactos en Islamabad y andaban a la caza de Bin Laden.

En 1992 el líder de Al Qaida se estableció en Sudán. Poco tiempo antes, Hasan Al-Turabi, responsable del Frente Nacional Islámico y uno de los hombres fuertes del régimen sudanés había contactado con Bin Laden para obtener asesoramiento sobre lucha de guerrillas. Sudán se encontraba desde hacía varias décadas en guerra contra los cristianos y animistas del sur, y el nuevo régimen islamista de Jartum pretendía terminar de una vez con el conflicto y contribuir a la extensión mundial de la revolución islámica. Bin Laden aceptó la hospitalidad de Turabi. La situación en Afganistán era insegura y los proyectos internacionales de Turabi coincidían con su gran estrategia.

Una vez en Sudán Al Qaida siguió desarrollándose. Bin Laden aprovechó las buenas relaciones con el régimen para poner en marcha actividades empresariales destinadas a sostener económicamente su organización. Al Qaida creó varias compañías de construcción, importación y exportación, manufactura, cambio de divisa y agricultura. En total casi una treintena de empresas. Parte de los beneficios fueron invertidos en compañías y bancos de miembros del gobierno sudanés con el fin de apuntalar la hospitalidad de sus anfitriones. Se estableció así una simbiosis entre el régimen y la organización terrorista.

En los años de Sudán Al Qaida desarrolló la mayor parte de su trama financiera. Creó fuertes lazos con grupos islamistas en África Subsahariana y continuó su infiltración en los países islámicos y en las comunidades musulmanas de Occidente. También intensificó su labor propagandística con el fin de movilizar a los musulmanes, y por ese motivo puso en marcha en 1994 una oficina de información en Londres, dirigida por Khalid al-Fawwaz.

En 1996 las presiones internacionales sobre Sudán obligaron a que Osama Bin Laden abandonase el país. El régimen de Jartum no era monolítico y en cualquier momento la situación podía volverse comprometida. Apenas dos años antes el gobierno había llegado a un acuerdo con Francia para extraditar al terrorista internacional Ilich Ramírez Sánchez (también conocido como "Carlos el Chacal”). El siguiente refugio fue Afganistán, allí Bin Laden fue acogido por el régimen talibán, que en esos momentos controlaba la mayor parte del país. Los talibán habían creado un emirato islámico y compartían la ideología de el yihad que inspira a Al Qaida. Bin Laden fijó inicialmente su residencia en Jalalabad. Al Qaida comenzó a construir campos de entrenamiento en distintos lugares de Afganistán y puso su fuerza de guerrillas –aproximadamente unos 1.500 hombres– a disposición de los talibán para combatir contra la Alianza del Norte. Ambas fuerzas coordinaban sus acciones pero utilizaban cuarteles distintos y se organizaban independientemente.

El periodo que va desde la llegada de Bin Laden a Afganistán hasta el comienzo de la campaña militar norteamericana en ese país en octubre de 2001 fue el de máximo apogeo de la red terrorista. Aquella región de Asia Central se convirtió en una base segura para entrenar terroristas provenientes de todo el planeta y enviarlos después a diferentes teatros de operaciones. Después de la caída de los talibán se ha conocido con exactitud la importancia que tuvo para Al Qaida contar con ese refugio. En Afganistán Al Qaida construyó nuevos campos de entrenamiento para sus fuerzas de guerrilla y otros grupos terroristas que combatían el yihad en Cachemira, Tayikistán, Uzbekistán, Yemen, Filipinas o Chechenia.

En Afganistán Al Qaida continuó su política de alianzas transversales con grupos terroristas y guerrilleros. La seguridad e impunidad que le proporcionaba la hospitalidad talibán le permitía recibir proyectos de grupos terroristas locales y, tras estudiar las posibilidades de realización del atentado, proporcionar los medios para llevarlo a cabo. Cuando se desalojó a los talibán, se descubrieron por ejemplo los vídeos que había filmado una célula de Yema’a Islamiyya en Singapur, explicando las oportunidades que ofrecía una estación de autobuses utilizada por personal norteamericano para colocar una bomba escondida en una bicicleta. Ese tipo de propuestas eran archivadas por la cúpula de la organización y ejecutadas en el momento oportuno. Otros grupos terroristas entraron en relación con Al Qaida interesados por la financiación, armas y entrenamiento que podía prestarles.

Lentamente, la red que fue tejiendo Al Qaida ganó cada vez mayor profundidad estratégica y capacidades operativas. En agosto de 1996 Bin Laden hizo su primera declaración oficial declarando la guerra a Estados Unidos. En ella llamaba a la movilización de los musulmanes a favor de su causa, denunciaba la presencia de fuerzas norteamericanas en Arabia Saudí; y habla de la necesidad de expulsarlas y de deponer a la casa de Saud por su entendimiento con los infieles. En febrero de 1998 se hizo pública una nueva declaración de guerra. Esta vez no se dirigía sólo a los Estados Unidos sino a los “Cruzados y judíos”. Se la atribuía el Frente Islámico Mundial y Osama Bin Laden encabezaba la lista de firmantes. También la respaldaban representantes de otras cuatro organizaciones, entre ellos Ayman Al-Zawahiri como emir del grupo egipcio Yihad. El tema era similar a la de 1996 y se insistía en que matar americanos y a sus aliados –civiles y militares– constituía un deber religioso. El ‘Frente Islámico Mundial’ puede ser entendido como la franquicia de terrorismo liderada por Al Qaida. Esa presentación en sociedad era una prueba de que los esfuerzos organizativos y de propaganda de la red global estaban dando resultado.

Pocos meses después del anuncio, Al Qaida volvió a sembrar el terror. El 7 de agosto de 1998 dos atentados simultáneos contra las embajadas de Estados Unidos en Kenia y Tanzania acabaron con la vida de doscientas veinticuatro personas y provocaron heridas a más de cuatro mil. La reacción norteamericana fue rápida pero no logro ningún resultado sustancial porque en esos momentos Washington carecía de una política clara frente al terrorismo de Al Qaida. El presidente Clinton declaró la guerra al terrorismo de Bin Laden y, dos semanas más tarde varios buques norteamericanos lanzaban setenta y nueve misiles de crucero contra cinco campos de entrenamiento en Afganistán y una supuesta planta de fabricación de armas químicas en Sudán. El bombardeo pretendía acabar con la vida de Bin Laden y servir de advertencia a la red terrorista, pero falló en ambos propósitos. El líder de Al Qaida no se encontraba en ninguno de los lugares atacados. Los misiles cayeron sobre guerrilleros de Lashkar-e-Taiba que estaban entrenándose para ir a combatir a Cachemira. Varios de ellos murieron y Lashkar se unió a la guerra contra Estados Unidos. En ese mismo verano Al Qaida estuvo a punto de atentar contra la embajada de Estados Unidos en Albania. El plan se conoció con antelación y el edificio fue desalojado secretamente. La policía abatió al terrorista cuando se aproximaba a la embajada.

Al año siguiente Al Qaida planificó varios atentados relacionados con el paso de milenio. Todos fueron abortados. Una célula detenida en Jordania pretendía hacer estallar una bomba de gran potencia (tenían material para fabricar dieciséis toneladas de alto explosivo) en el Radisson Hotel con cuatrocientos visitantes extranjeros, la mayor parte de ellos norteamericanos. Simultáneamente habían previsto la colocación de explosivos en los lugares santos cristianos y judíos de Jordania. La operación iba a coincidir con la explosión de otra bomba en el Aeropuerto Internacional de Los Angeles, colocada por un miembro de la célula de Al Qaida en Canadá. El nerviosismo del terrorista, el argelino Ahmed Ressam, despertó sospechas en el control de la fronterizo (la bomba viajaba con él en el coche) y fue detenido.

Al Qaida tuvo más éxito en el año 2000, cuando una célula en Yemen consiguió hacer explosionar una barca suicida contra el destructor norteamericano USS Cole. El atentado mató a diecisiete marineros y estuvo a punto de hundir el buque. Sin embargo, aquel atentado fue solo el preludio de la operación terrorista más ambiciosa y letal de la historia contemporánea. El 11 de septiembre de 2001 diecinueve operativos de Al Qaida secuestraron cuatro aviones y los estrellaron simultáneamente contra la Torres Gemelas, el Pentágono y un descampado en Pennsylvania, matando a casi tres mil personas.

Aquel día el mundo fue repentinamente consciente de la existencia del terrorismo global.

 

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