Cambios en la política de Trump en Oriente Próximo: consecuencias sobre la seguridad internacional

Versión para impresiónVersión para impresión

Análisis GESI, 28/2018

Resumen: La inesperada victoria de Donald Trump en Estados Unidos ha provocado en la comunidad internacional un gran interés en conocer las futuras líneas de su política exterior. En concreto, Oriente Próximo continúa siendo una de las regiones de mayor valor estratégico para Estados Unidos en materia de seguridad, y ha tenido un papel preponderante en los debates políticos e ideológicos mantenidos en Washington durante los últimos decenios.

 

Introducción

A pesar de los intentos de la administración de Obama por reducir su presencia en esta región a favor de Asia-Pacífico, una serie de factores han obligado a Estados Unidos a mantener una atención preferente a Oriente Próximo, entre los cuales pueden citarse los siguientes: problemas derivados de la Primavera Árabe, aparición del Estado islámico[1], el conflicto de Siria o el acuerdo nuclear con Irán.

Especial mención requiere el conflicto palestino-israelí, en el que Estados Unidos seguirá desempeñando un papel preponderante. La reciente decisión de Trump de reconocer a Jerusalén como la capital de Israel puede ser un indicador de cuál será la línea de actuación de su administración en este asunto.

El Presidente Trump, por tanto, deberá recoger el legado de la política exterior de su predecesor y definir de una manera más o menos clara las líneas de su estrategia en esta región. Lo que preocupa a la comunidad internacional es en qué grado estas líneas estratégicas serán definidas.

Trump se enfrenta a una encrucijada. Aunque intente desvincularse de esta región, siguiendo una línea continuista con la administración de Obama, puede que los acontecimientos le impidan conseguirlo. Habrá actores que intentarán que no disminuya la implicación estadounidense porque les garantiza protección, pero también habrá quienes tratarán de debilitar la posición de Estados Unidos en la zona, en beneficio de otros hegemones.

En este contexto se enmarca este trabajo de investigación, que pretende aportar respuestas a la siguiente pregunta: ¿Cómo afectará la política exterior de Trump en Oriente Próximo a la inestabilidad en la región, y por tanto, a la seguridad internacional?

Como punto de partida, se formula la siguiente hipótesis: La ausencia de una estrategia clara y definida en la política de la administración Trump en Oriente Próximo provocará una mayor inestabilidad en la región, debido a la pérdida de influencia estadounidense en la misma, y favorecerá el fortalecimiento de otras potencias globales y regionales.

Asimismo, este trabajo tiene los siguientes objetivos:

  1. General: Valorar el grado en el que los cambios en la política de Trump en Oriente Próximo puede afectar a la seguridad regional e internacional.
  2. Específicos:
  1. Identificar los intereses geoestratégicos del gobierno de Trump en Oriente Próximo.
  2. Comparar estos intereses con los definidos por la anterior administración de Obama.
  3. Identificar las líneas generales que definen la estrategia de Trump en la región.
  4. Analizar las posibles consecuencias que la aplicación de esta estrategia provocará en los países objeto de estudio.

 

Metodología a seguir.

Durante la investigación se empleará una estrategia de N pequeña, que permita un análisis detallado del caso de estudio, definido como la política exterior de la administración Trump en Oriente Próximo, y sus consecuencias en los principales países de la región: Siria, Irán, Israel, Líbano. La investigación se centrará en los países mencionados.

Para este trabajo, se definen las siguientes variables:

  • Variable dependiente: Grado de inestabilidad política, social y económica en Oriente Próximo.
  • Como variables independientes, se identifican las siguientes:
  • Cambios en la definición de los intereses estadounidenses en la región.
  • Grado de definición / indefinición de la política exterior de Trump en la región.
  • Variaciones respecto de la política de Obama en Oriente Próximo.
  • Intereses de otras potencias (Rusia) en la región.
  • Juegos de poder de las potencias regionales en la zona, especialmente Irán y Arabia Saudí.

 

 Desarrollo de la investigación.

La Estrategia de Seguridad Nacional de Estados Unidos en Oriente Próximo.

2.1.1. Administración Obama.

La Estrategia de Seguridad Nacional 2015 fue la segunda del presidente Obama. Se centró fundamentalmente en afianzar el liderazgo geopolítico de los Estado Unidos de América, una vez que la administración Obama había obtenido unos buenos resultados en sus objetivos de índole interno. Sin embargo, esos resultados eran cuestionados en el entorno internacional, que la propia estrategia califica de dinámico y que, el mismo presidente en una entrevista al periodista del New York Times, Thomas L. Friedman, definía como: “un limitado caos… como algo inevitable en el camino, siempre difícil, hacia la creación de un nuevo orden (mundial) marcado por la globalización e integración comercial.”

En esta Estrategia, Obama identificaba la región de Oriente Próximo como una de las principales áreas de influencia de la política exterior de Estados Unidos. Sin embargo, dos años después, a la finalización de la legislatura de Obama, el panorama de Oriente Próximo demostraba que no se habían alcanzado los objetivos marcados. Como afirma el periodista Eli Cohen: “La estrategia de Obama consistió básicamente en una retirada progresiva y a trompicones de Oriente Próximo y, por tanto, en abandonar la región a su suerte.” (Cohen, 2016).

Dos años después del famoso discurso de Obama en El Cairo, estalló la Primavera Árabe, cuestionando todas las políticas occidentales en Oriente Próximo. Estados Unidos no fue capaz de predecirla, falló en su prevención y sobre todo carecía de un plan de contingencia. Como resultado, Oriente Próximo es en la actualidad una región más inestable, con varios conflictos abiertos, entre los que destaca la Guerra de Siria.

De hecho, tres fueron los problemas principales a los que tuvo que enfrentarse Obama en los dos últimos años: la guerra de Siria, el acuerdo nuclear con Irán y el proceso de paz entre israelíes y palestinos.

En relación con Siria, se acusa a Obama de no atacar cuando Assad usó armas químicas (2013) y de intervenir en el conflicto ayudando y armando a grupos de la oposición, sin una estrategia clara de salida.  

El acuerdo nuclear con Irán fue presentado como el gran éxito de la diplomacia de Obama. El acuerdo suponía el control y la limitación del uso de energía nuclear por parte de Irán durante los próximos quince años. Pero también significaba volver a abrir el mercado iraní al mundo, descongelar los activos multimillonarios de Teherán y perpetuar su régimen teocrático, acusado de continuar con la financiación del terrorismo, las violaciones de los derechos humanos o la implicación en los conflictos regionales. Obama dejaba de esta forma la región a una suerte de equilibrio de fuerzas entre suníes y chiíes, es decir, entre Arabia Saudí e Irán. Este equilibrio, por el que han apostado muchos presidentes americanos, puede lograr una estabilidad en la zona, pero al mismo tiempo puede ser el origen de nuevos conflictos regionales.

En cuanto al proceso de paz entre israelíes y palestinos, el gobierno de Obama  consiguió escasos avances, pese al inagotable esfuerzo de su secretario de Estado, John Kerry, en el año 2014. Los palestinos, siguen divididos llegándose a hablar de la existencia de dos Palestinas enfrentadas y muy alejadas de ni siquiera entenderse con Israel. A final de la era Obama, las relaciones Israel-Estados Unidos estaban profundamente deterioradas, debido principalmente a la presión ejercida sobre Israel en las conversaciones de paz y al hecho de no tener en cuenta las preocupaciones israelíes en las negociaciones con Irán. Este deterioro dejaba a Israel en una posición aislada que obligó a sus líderes a mirar hacia otro lado en busca de socios estables y confiables.

Todo lo anterior ha contribuido a que Rusia adquiera un mayor protagonismo en la zona. El objetivo de Putin es afianzar su peso como potencia regional, compaginando el apoyo a los regímenes de Siria e Irán con su papel cada vez más importante como interlocutor válido ante Israel.

2.1.2. Administración Trump.

A los once meses de haber sido elegido Presidente de los Estados Unidos, Trump presentó la Estrategia de Seguridad Nacional de su administración. El documento, desarrollo del lema de Trump “America first”, identifica los cuatro “pilares” o intereses vitales de su gobierno (White House, 2017):

  • Proteger la patria, los americanos y la forma de vida americana.
  • Promover la prosperidad de América.
  • Conservar la paz mediante la fuerza.
  • Incrementar la influencia estadounidense.

En su discurso de presentación, Trump citó a Oriente Próximo como una de las tres regiones claves del mundo (junto con Indo-Pacífico y Europa), donde afirmó que “aseguraremos que el equilibrio de poder permanezca a favor de los Estados Unidos”.

En concreto, la Estrategia de Seguridad cita cinco factores para explicar la inestabilidad actual de Oriente Próximo: la política expansionista de Irán, el colapso de algunos estados de la región, la ideología yihadista, el estancamiento socioeconómico y las rivalidades regionales.

El documento identifica a Irán como el principal estado que apoya el terrorismo, acusándole de aprovechar la inestabilidad de la zona para expandir su influencia en la región, especialmente desde la firma del acuerdo nuclear en 2015. La relevancia del acuerdo nuclear iraní será analizado en el apartado 3.2 de este documento.

Por último, la administración Trump subraya la necesidad de encontrar soluciones al problema palestino – israelí, que para la administración Trump está seriamente condicionado por la amenaza terrorista y la amenaza de Irán. Este aspecto será tratado igualmente en el apartado 3.4 de este documento.

 

FACTOR

ESTRATEGIA DE SEGURIDAD OBAMA

ESTRATEGIA DE SEGURIDAD TRUMP

Ideas fuerza para Oriente Próximo

Continuar la lucha contra la amenaza terrorista.

Hacer frente a las agresiones contra estados aliados.

Evitar el empleo y proliferación de armas de destrucción masiva.

Reforzar la estabilidad política y el desarrollo sostenible.

Mantener la presencia militar en la región para proteger a los Estados Unidos y a sus aliados de la amenaza terrorista.

Colaborar con los estados aliados para desarrollar una defensa anti misiles eficaz.

 

Siria

Continuar en la búsqueda de una solución política al conflicto sirio.

Alcanzar el cese de hostilidades, que permita a los refugiados el retornar a sus hogares y vivir en paz.

Irán

Alcanzar un acuerdo con Irán que asegure que su programa nuclear tiene fines exclusivamente pacíficos.

Negar al régimen iraní el acceso a armamento nuclear.

Colaborar con los estados aliados para neutralizar la influencia “maligna” en la región.

Israel

Mantener el compromiso con la seguridad de Israel, inclusive con capacidades militares.

Finalizar el conflicto palestino-israeli mediante una solución que garantice la seguridad de Israel y la viabilidad de Palestina.

Facilitar un acuerdo integral de paz que sea aceptable para israelíes y palestinos.

Líbano

Sin referencias.

Cortar la financiación de Irán al grupo terrorista Hizbollah.

 

Cuadro 1. Comparación ESN 2015 (Obama) y ESN 2017 (Trump). Elaboración propia.

 

Irán: La importancia del acuerdo nuclear.

En el 2006, la mayoría de los pesos pesados de la administración Bush, incluido el vicepresidente Dick Cheney y el Secretario de Defensa Donald Rumsfeld, era partidaria de un ataque de Estados Unidos para neutralizar la por entonces incipiente capacidad nuclear de Irán, identificada como una de las mayores amenazas del momento. Bush rechazó la idea, argumentando que el mundo islámico podría tomar represalias contras las fuerzas estadounidenses desplegadas en Iraq, además de comenzar una campaña terrorista contra los intereses americanos, que podría llegar a ser bastante efectiva.

Sin embargo, la idea nunca se abandonó en el ala republicana, alentada además por los políticos cercanos a los intereses de Israel y Arabia Saudí. Una nota interna de la Casa Blanca, fechada en Abril de 2008, y posteriormente filtrada por Wikileaks, hacía referencia a las constantes propuestas del rey saudí Abdullah exhortando a Estados Unidos a “cortar la cabeza de la serpiente”, destruyendo el régimen Iraní como enemigo acérrimo de Arabia Saudí en la región. Por su parte, Israel hizo declaraciones oficiales, afirmando que en caso de que Estados Unidos no interviniera, adoptarían “medidas unilaterales” para cortar el programa nuclear de Irán.

En Noviembre de 2007, los informes de los servicios de inteligencia estadounidenses afirmaban que Irán había abandonado el programa de desarrollo de armas nucleares, aunque mantenía sus expectativas en un programa nuclear con fines energéticos “no militares”. El año siguiente fue un periodo convulso, en el que Bush de nuevo se planteaba el uso de la fuerza para liquidar definitivamente la capacidad nuclear de Irán.

Esta es la situación que se encontró Obama cuando llegó a la Casa Blanca en 2009. Optando por el camino de la diplomacia, consiguió el consenso con otras cinco potencias mundiales (Rusia, Francia, China, Alemania y Reino Unido) para llegar a un acuerdo con Irán que incluyera un levantamiento de sus sanciones económicas a cambio de una reducción de su programa nuclear y de una garantía de que Irán evitaría el desarrollo de armas nucleares, al menos por un periodo de diez años. El acuerdo, denominado “Joint Comprehensive Plan of Action” (JCPOA), fue el mayor éxito de la administración Obama en su política exterior.

El acuerdo establecía limitaciones al desarrollo nuclear de Teherán para evitar que pudiera fabricar bombas nucleares y asegurar que solo se dedicaba a usos energéticos o médicos. Su cumplimiento estaba supervisado por las autoridades del Organismo Internacional de Energía Atómica (OIEA), que controlaba las instalaciones de Irán a través de vídeo, análisis de muestras y personal en el terreno. Hasta los inicios de 2018, el OIEA siempre constató que Irán había cumplido con las condiciones del acuerdo.

Trump, como la mayoría del ala republicana, se mostró contrario desde el primer momento a este acuerdo; y así lo dejó patente tanto en su campaña electoral como en sus declaraciones desde que fuera investido Presidente. A pesar de las certificaciones de la OIEA, Trump siempre ha calificado al acuerdo de «desastre».

En noviembre de 2017, Trump emitió un comunicado en el que instó a los países europeos a actuar y les advirtió de que no dudaran de su palabra: “He dibujado dos posibles caminos hacia adelante: arreglar los desastrosos fallos del acuerdo o Estados Unidos lo abandonará” El republicano les lanzó una sonora amenaza implícita, inusual en la diplomacia entre Washington y Bruselas: “Aquellos que, por cualquier razón, decidan no trabajar con nosotros estarán del lado de las ambiciones nucleares del régimen iraní y en contra de las naciones pacíficas del mundo”. (Faus, 2018).

Trump pretendía endurecer el acuerdo mediante la imposición de tres condiciones adicionales: 1. vincular indefinidamente el acuerdo nuclear con el desarrollo o ensayo por parte de Irán de misiles balísticos; 2. autorizar inspecciones nucleares; y 3. acabar con la cláusula que permite a Teherán reanudar en una década el enriquecimiento de uranio. Trump esgrime además que Teherán ha utilizado el levantamiento de las sanciones financieras y energéticas estadounidenses y europeas, para financiar “armas, terror y opresión”. Pero, por otra parte, los inspectores de la ONU han subrayado que Irán está respetando el acuerdo.

Sin embargo, la Unión Europea y los tres países europeos que firmaron el pacto de 2015 (Alemania, Francia y Reino Unido), han dejado claro que rechazan renegociarlo (también Irán se ha manifestado en este mismo sentido) y han instado a Estados Unidos a no abandonarlo. “Hemos expresado nuestra inquietud sobre los misiles balísticos o las crecientes tensiones en la región. Pero eso está fuera del acuerdo y debe abordarse en diferentes formatos”, esgrimió la alta representante para la Política Exterior de la UE, Federica Mogherini, tras reunirse con el ministro de Exteriores iraní y sus homólogos alemán, británico y francés.

CONDICIONES A CUMPLIR POR IRÁN

CONCESIONES DE LOS PAÍSES

  • Detener el enriquecimiento de uranio por encima del 5% de pureza.
  • No instalar más máquinas centrifugadoras, utilizadas para enriquecer el uranio.
  • Inutilizar la mitad de las tres cuartas partes de las centrifugadoras instaladas en Natanz y Fordo.
  • No construir más lugares donde se pueda enriquecer uranio.
  • No incrementar su almacenamiento del 3,5% de uranio enriquecido.
  • No avanzar en la construcción o en el trabajo experimental del reactor de Arak, que expertos occidentales temen puede ser usado por su plutonio, una vez se comisione, como una segunda ruta hacia la fabricación de una bomba nuclear.
  • Proveer acceso diario a las plantas de Natanz y Fordo a los inspectores del Organismo Internacional de Energía Atómica (OIEA).

 

  • Proveer de forma limitada, temporal, selectiva y reversible un alivio en las sanciones económicas.
  • No imponer más sanciones relacionadas con su programa nuclear si Irán cumple con sus compromisos.
  • Suspender las restricciones sobre el comercio de oro y metales preciosos, sector automotriz iraní, y sus exportaciones de petróleo.
  • Licencias relacionadas con la seguridad de algunas aerolíneas iraníes.
  • Transferir US$ 4.200 millones, en cuotas, por sus ventas de petróleo.

 

 

CONDICIONES ADICIONALES PROPUESTAS POR TRUMP

  • Permitir acceso inmediato a los inspectores nucleares.
  • Anular la cláusula que permite a Teherán reanudar en una década el enriquecimiento de uranio.
  • Conseguir que las condiciones impuestas a Irán sean permanentes en el tiempo.
  • Vincular el acuerdo nuclear al programa de desarrollo de misiles balísticos.

Cuadro 2. Condiciones del JCPOA o acuerdo nuclear con Irán. Elaboración propia.

Tras cumplirse el plazo dado a la Unión Europea para abordar el endurecimiento, Donald Trump cumplió a primeros de mayo con las expectativas y anunció la salida del acuerdo nuclear con Irán. Tras una breve alocución en la Casa Blanca, firmó un memorándum que recupera las sanciones económicas contra el régimen de Teherán, establecidas antes de la firma del acuerdo nuclear. (Borgen, 2018).

Trump considera que Irán no ha respetado “el espíritu” del acuerdo, manteniendo sus actividades contrarias a los intereses de Estados Unidos en Oriente Medio. Sobre todo, Trump critica que las cláusulas de caducidad del acuerdo, que establecían que Irán podría aumentar el uso de centrifugadoras y el enriquecimiento de uranio la próxima década, permitirían a Teherán desarrollar armas nucleares. Para Trump, esas cláusulas son “totalmente inaceptables”, ya que colocarían a Irán “al borde” de fabricar armas de este tipo en muy poco tiempo.

La decisión de Trump se produjo después de meses de presiones de sus aliados europeos para que no rompiera el acuerdo. Sin embargo, los intentos diplomáticos de Macron y Merkel e incluso las opiniones favorables al acuerdo de varios miembros de su gabinete, no consiguieron hacer cambiar la decisión del presidente Trump. La incorporación de nuevos cargos de corte duro en su Gobierno -el secretario de Estado, Mike Pompeo, y el asesor de seguridad nacional, John Bolton- y el peso de su promesa electoral (America First), contribuyeron igualmente a afianzar a Trump en sus convicciones.

La conclusión para la administración estadounidense es que “la estructura podrida del acuerdo” no puede prevenir el desarrollo de armas nucleares en Irán y esa posibilidad no puede ser permitida por Estados Unidos. Para ello, el único camino a seguir ahora es imponer sanciones (incluso a aquellos países que colaboren con Teherán) y abrir un nuevo proceso de negociación con sus aliados para alcanzar un nuevo acuerdo “real, amplio y duradero” para contener la amenaza nuclear iraní. En ese acuerdo, Trump también quiere incluir además el programa de misiles de Irán (línea roja para el gobierno de Rohani) y sus actividades como patrocinador de terrorismo, con una clara alusión a Hizbollah.

El departamento del Tesoro de Estados Unidos comentó que las penalizaciones tendrán pleno efecto después de un período de 90 a 180 días, de tal forma que todas las actividades económicas y comerciales que actualmente se mantienen con el país puedan ser reordenadas.

Las sanciones previstas se aplicarán en los siguientes sectores: i) En la compra o adquisición de dólares por parte del Gobierno de Irán; ii) sobre el comercio de Irán de oro o metales preciosos; iii) sobre la venta, suministro o transferencia hacia o desde Irán de metales como aluminio, acero, carbón y software para la integración de procesos industriales; iv) sobre la compra de la emisión de deuda soberana iraní; v) en el sector automotriz y en los operadores portuarios de Irán; vi) en transacciones relacionadas con el petróleo, derivados y químicos; vii) transacciones de instituciones financieras extranjeras con el Banco Central de Irán; y viii) en el sector energético del país.(Quiroz, 2018).

La decisión de Trump ha sido respondida con agresividad por Irán. Su presidente, Hassan Rohani, compareció en un discurso televisado y aseguró que el país estará preparado para regresar al enriquecimiento de uranio “a niveles industriales” si el acuerdo no sobrevive, acusando a Estados Unidos de ser ellos quienes nunca cumplen sus promesas. La reacción de Irán tendrá también su manifestación en su política exterior, con especial atención sobre la guerra de Siria y sobre su enemigo Israel que, por su parte, ha amenazado en numerosas ocasiones con golpear al régimen iraní si reanuda su programa nuclear con fines armamentísticos.

Por otra parte, la decisión de Trump de no renovar el acuerdo tiene también consecuencias directas sobre las relaciones internacionales de Washington: le enfrenta a sus aliados europeos – a la Unión Europea y a los países firmantes y defensores del acuerdo con Irán-, añade un nuevo motivo de roce con Rusia e inaugura un enfrentamiento con Teherán de alcance todavía impredecible, pero que seguro tendrá graves repercusiones en la estabilidad de Oriente Próximo.

 

Siria: La guerra inacabada.

A pesar de que la derrota militar del Estado Islámico está prácticamente finalizada, el conflicto sirio no parece estar cercano a su fin. Tras siete años de guerra, alrededor de 400.000 muertos, casi 5 millones de refugiados y más de 6 millones de desplazados internos, Siria ha alcanzado unos niveles de destrucción y de crisis humanitaria inéditos desde la Segunda Guerra Mundial.

Desde 2015 hasta ahora, se ha producido un cambio radical en el curso de los acontecimientos. El presidente Baschar al Assad parecía condenado a la derrota después de sufrir en los primeros meses de 2015 un ataque simultáneo de las fuerzas opositoras, estar agotado económicamente y disponer de unas fuerzas militares mermadas y desmoralizadas. Sin embargo, el régimen sirio fue salvado en el último momento por el refuerzo de miles de combatientes llegados desde Irán (cuadros de mando y asesores militares) y Líbano (milicias organizadas y experimentadas de Hizbollah), así como por un efectivo apoyo de fuego aéreo proporcionado por Rusia, que desplegó un contingente en Siria en septiembre de 2015.

Con estos refuerzos y una moral de victoria reanimada, las fuerzas de al-Assad y sus aliados consiguieron revertir la situación a partir del segundo semestre de 2016.

En Noviembre de 2017, la presión norteamericana para poder mostrar algún resultado en Siria antes de las elecciones  presidenciales precipitó el inicio de una ofensiva contra Raqqa, capital del Daesh en Siria. Tras la caída de Raqqa, los yihadistas fueron perdiendo uno por uno sus bastiones, hasta quedarse relegados a un pequeño tramo de la ribera del Éufrates.

En los últimos meses, la administración Trump ha demostrado su doctrina ambivalente en Siria: a primeros de abril, el presidente estadounidense defendía retirar a las tropas estadounidenses de Siria y lamentaba que Washington solo ha sacado “muerte y destrucción” de Oriente Próximo. Sin embargo, el 13 de ese mismo mes, Trump ordenó un ataque militar contra el régimen de Bachar al Assad. En palabras del periodista Joan Faus: “Los dos acontecimientos revelan la ambivalencia detrás de la doctrina de Trump en el país árabe. Del aislacionismo a la contundencia bélica en pocos días”. (Faus, 2017).

El bombardeo a instalaciones de armamento químico del régimen sirio, en el que también participó Reino Unido y Francia, fue consecuencia del ataque tóxico, que Washington atribuyó a Damasco, el 7 de abril en Duma y que mató a decenas de civiles en esa ciudad controlada por las fuerzas rebeldes. Hace un año, Trump autorizó bombardear una base militar siria en represalia por una ofensiva con armas químicas que mató a 86 personas en la ciudad de Jan Sheijun. Y amenazó con que no se quedaría de brazos cruzados ante atrocidades similares en la guerra civil siria.

El castigo militar de Washington en abril de 2017 buscaba evitar que al Assad usara de nuevo armamento químico, tal como se comprometió en 2013 en un acuerdo auspiciado por Estados Unidos y Rusia que evitó a última hora un ataque lanzado por el Gobierno de Barack Obama contra el Ejército sirio. Un año después es evidente que eso no se ha cumplido, a tenor de la acusación estadounidense sobre lo sucedido en Duma.

Al mismo tiempo que anunciaba la represalia militar, Trump reiteró su deseo de evitar una presencia indefinida de los 2.000 soldados estadounidenses en Siria e insistió en que el caos enquistado en Oriente Próximo debe ser resuelto por los países de la región. Pero argumentó que no podía quedarse impasible ante el uso de gases tóxicos contra civiles.

Pese a todo, desde su llegada al poder 2017, Trump no ha cambiado la delicada estrategia de Washington en Siria: la lucha militar es contra el Estado Islámico (ISIS), mientras que apoya muy tímidamente en la arena diplomática una hipotética salida de al Assad del poder.

Pero llegado este momento, muchas voces en el equipo de gobierno de Trump piden fijar una estrategia definida, y consideran que Estados Unidos solo tendrá éxito a largo plazo si se redobla la presión diplomática a Siria y a Rusia, el principal valedor de al Assad.

En la preparación de la respuesta militar al uso de gas tóxico en Duma, el Pentágono había abogado ante Trump por una acción más contundente que en 2017, pero le había advertido del riesgo de desatar una “escalada” que pudiera llevar a Rusia e Irán, los principales aliados de El Asad, a adoptar represalias contra Estados Unidos. Con cautela, el presidente republicano optó por una ofensiva limitada al arsenal químico del régimen, lo que no altera drásticamente los frágiles equilibrios en el polvorín sirio ni implica de lleno a Estados Unidos en la guerra civil.

Brett Bruen, diplomático estadounidense y responsable de comunicación de la Casa Blanca con la administración Obama, mantiene que   Washington debe demostrar su disposición a adoptar “acciones fuertes y sostenidas”. Al margen de la actuación militar, apuesta por tres acciones llevadas a cabo de manera simultánea: imponer sanciones a Moscú si no rebaja su apoyo a Damasco, establecer una zona de exclusión aérea en Siria y desplegar a supervisores que investiguen abusos de derechos humanos. (Bruen, 2018).

Por su parte, el presidente Putin ha declarado abiertamente el valor del apoyo militar ruso al mantenimiento del estado sirio y al liderazgo del presidente al Assad (Sharkov, 2017). Además del apoyo militar, Rusia también proporciona cobertura diplomática al gobierno sirio, mediante el empleo de su derecho a veto en el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas. El ejemplo más reciente ha sido su reacción frente al supuesto uso de armas químicas en la zona de Duma, así como el apoyo diplomático continuado después de los ataques de represalia de la comunidad internacional.

Además de los intereses estadounidenses y rusos, en el conflicto sirio intervienen otros factores que no pueden ser ignorados:

  • El más importante de ellos es el papel de Irán, como principal valedor de la comunidad chií en Oriente Próximo. El gobierno iraní debe garantizar la identidad chií de Siria, frente a los intentos de los sunitas, encabezados por Arabia Saudí, por expandir su influencia. Su participación en Siria tiene dos derivadas importantes: el despliegue de fuerzas regulares en territorio sirio y el empleo de las fuerzas de Hizbollah en el conflicto.
  • Por otra parte, Israel percibe esta injerencia de Irán en Siria como una amenaza directa a su seguridad. Y esta percepción argumenta los ataques de las fuerzas israelíes en territorio sirio contra bases y despliegues de fuerzas iraníes.
  • Por último, en el norte de Siria aparece otro factor bastante relevante: el problema kurdo, y por extensión, la estrategia de Turquía en la frontera con Siria. La realidad es que los gobiernos de Ankara y Washington, ambos aliados en el combate contra el ISIS, tienen intereses contrapuestos en la zona. Tanto Afrín como la ciudad cercana de Manbij están controladas por milicias kurdas: las Unidades de Protección Popular (YPG, por sus siglas en kurdo). Turquía, siempre alerta ante el separatismo kurdo, sostiene que esta organización es un "grupo terrorista". El gobierno de Erdogan sostiene que son un brazo armado del Partido de los Trabajadores del Kurdistán (PKK), que desde 1984 lucha por la creación de un Estado kurdo independiente en parte de Turquía, Irak, Irán y Siria. Sin embargo, Estados Unidos la respalda por considerarla un actor clave en la recuperación de zonas sirias.

En la actualidad, y a modo de resumen, puede decirse que Assad tiene el control de prácticamente todo el territorio sirio, salvo una pequeña bolsa de fuerzas rebeldes en el Sur. La situación podría definirse como inestable equilibrio de fuerzas: en un platillo de la balanza, Estados Unidos e Israel, el primero con la necesidad de definir su estrategia de salida para la guerra de Siria, e Israel con su permanente decisión de atacar las bases iraníes en Siria para garantizar su propia seguridad. En el otro platillo de la balanza, Irán y Rusia, con el deseo compartido por ambas naciones de aumentar su influencia y consolidarse como potencias regionales en Oriente Próximo.

 

El problema palestino.

La Resolución 2334 del Consejo de Seguridad de la ONU (United Nations, 2016), aprobada en diciembre de 2017, condenó la construcción de asentamientos israelíes en Cisjordania y calificó a Jerusalén Este como “territorio ocupado”. Con la firma de esta Resolución, se ha vuelto a recrudecer el debate internacional sobre los principales obstáculos que enquistan el conflicto entre israelíes y palestinos.

El problema de los refugiados palestinos tiene su origen en aquel complicado bienio de 1947-1949, cuando el Mandato Británico sobre Palestina tocaba a su fin y se pretendía llevar a cabo el Plan de Partición de la ONU, por el que se dividía el territorio en un Estado árabe y en un Estado judío. Todo lo que aconteció durante esos dos años continúa hoy día bajo un fuerte debate debido al irresuelto conflicto político.

El informe general de la Comisión de la ONU para la Conciliación en Palestina de 1950 contabilizó que existían 711.000 refugiados árabes palestinos tras la guerra. Hoy, según la UNRWA[1], la agencia de la ONU para los refugiados palestinos, son 5.870.000 (UNRWA, 2017). La UNRWA aplica unos criterios únicos para los refugiados palestinos, ya que éstos son los únicos que heredan el estatus de refugiado a diferencia de los demás refugiados del mundo. Esta es la razón de que la cifra haya crecido de manera tan exponencial.

En la actualidad, el proceso de paz se encuentra oficialmente suspendido desde 2014. El presidente Trump ha manifestado en contadas ocasiones su intención de encontrar una solución al conflicto palestino-israelí. Para ello, ha encomendado a Jared Kushner (su yerno y especial asesor en política exterior) que lidere un grupo de trabajo para realizar un seguimiento del proceso. Trump recibió la visita de Netayanhu y de Mahmmoud Abbas en la Casa Blanca, y devolvió las visitas viajando a Israel y a la sede de la Autoridad Palestina (PA, por sus siglas en inglés). Tal como le criticaban sus contrincantes, Trump llevaba un año en “modo de escucha” (listening mode), sin aportar ninguna pista de cuándo iba a presentar su plan, ni cuáles eran las líneas básicas del mismo.

Sin embargo, todo esto cambió el 6 de diciembre del año pasado, cuando Trump reconoció a Jerusalén como la capital de Israel, y anunció el próximo traslado de la embajada de Estados Unidos de Tel Aviv a la ciudad santa. (White House, 2018).

Como era de esperar, la decisión provocó duras reacciones en todos los países árabes. Abbas adoptó un discurso extremadamente duro, seguramente condicionado por sus bajos porcentajes de poder decisorio en la Autoridad Palestina, menos del 31%, (Palestinian Center for Policy and Survey, 2017), y por las presiones de Fatah y Hamas. Pero, a la vez, ha mantenido sus relaciones con Israel, especialmente en todo lo relativo a la seguridad de los asentamientos.

En cuanto al resto de los estados árabes, sus reacciones han sido más simbólicas que realmente eficaces. Quizás el más afectado ha sido Jordania, debido a su especial papel como protector de los lugares sagrados musulmanes de Jerusalén, papel que le atribuía el Tratado de Paz de 1994 (Israel Ministry of Foreign Affairs, 1994). Sin embargo, tanto Jordania como Arabia Saudí, Egipto y los Emiratos Árabes Unidos están haciendo visibles esfuerzos porque este asunto no provoque una crisis a nivel regional. Su objetivo es enmarcar el problema de Jerusalén dentro de las relaciones bilaterales con Estados Unidos, y al mismo tiempo subrayar la necesidad de que Estados Unidos continúe liderando cualquier proceso de paz que se proponga.

Estos esfuerzos, sin embargo, se ven obstaculizados por otros actores regionales de bastante peso, como son Irán, Qatar y Turquía. En este último, el presidente Erdogan ha abanderado el sentimiento de rabia ante la decisión de Trump como medio para intentar erigirse como el líder del mundo musulmán en Oriente Próximo. La postura de estos tres países complica la estrategia de Washington, que pretende mantener las relaciones con los países árabes “moderados”, subrayando que la decisión de Jerusalén no perjudicará al resultado de las negociaciones en los procesos de paz que se abran en relación con el problema palestino.

Por otra parte, Trump ha utilizado las reacciones de los palestinos para adoptar otra serie de polémicas medidas, como las amenazas de recortar las ayudas a la PA, especialmente a través de la UNRWA. El 2 de Enero de este año, la embajadora de Estados Unidos en la ONU, Nikki Haley, anunció que Washington recortará la ayuda a UNRWA “hasta que los Palestinos accedan a sentarse de nuevo a la mesa de negociación” (Fulbright, 2018). Una semana después, Estados Unidos retuvo 65 millones de un total de 120 millones de dólares previstos para ayudas (Chappel, 2018). Asimismo, Trump anunció que su administración podría recortar otras clases de ayudas para ejercer más presión sobre la PA, aunque no hizo referencia expresa a ninguna en particular.

Sin embargo, todas están medidas de presión contra la PA no parecen estar siendo efectivas. Aunque Trump exige a la PA que se “siente a la mesa y negocie la paz”, la realidad es que Estados Unidos todavía no ha presentado una propuesta concreta de proceso de paz para la región. Por otra parte, la falta de coordinación y consenso entre Estados Unidos y el resto de actores internacionales, ha permitido a la PA evadir la presión para negociar, a la que se le intenta someter. No fue así en el pasado, cuando la presión sobre la PA se mostró efectiva, gracias a la sincronización en objetivos de los países occidentales, con la administración de George W. Bush a la cabeza. En ese momento, la PA no tuvo más remedio que aceptar la reforma propuesta, a cambio de no sufrir un eficaz embargo.

Es indudable que la UNRWA necesita una reforma en profundidad, un aspecto que reconoce la propia organización (UNRWA, 2018). Pero el recorte del presupuesto anunciado por Estados Unidos, más que afectar a la PA, tendrá una mayor repercusión para los países que acogen a los refugiados palestinos. Especialmente Jordania, donde la UNRWA da servicio a más de 2 millones de refugiados registrados. Asimismo, Israel se opone a la reducción de fondos a esta organización, consciente de que ello supondría un grave deterioro de la situación en Gaza y Cisjordania.

En cuanto al plan de paz, la administración Trump continúa afirmando que está trabajando en él, y que será publicado en el momento oportuno. Sin embargo, todos los analistas coinciden en que cualquier proceso de paz que se pretenda afrontar a corto plazo está abocado al fracaso, debido a los problemas domésticos a los que se enfrentan actualmente tanto Israel como la PA.

Por un lado, Netanyahu gobierna actualmente gracias a una coalición política que le permite muy estrecho margen de maniobra en el asunto palestino. Muchos de los miembros de esta coalición no estarían dispuestos a aceptar los “exigentes compromisos para la paz” que prevé Trump (Magid, 2017).

En cuanto a la PA, el margen de maniobra de Abbas también es muy limitado. Los fracasos en los anteriores procesos de paz, la corrupción y la incapacidad de aplicar políticas adecuadas son los principales factores que han restado legitimidad a la PA a los ojos de los palestinos. Abbas, por tanto, carece en estos momentos del crédito político y el respaldo necesario para implicarse con garantías de éxito en un nuevo proceso de paz.

Por su parte, los Estados Árabes, cuya implicación en el proceso puede ser clave, podrían en privado ejercer presión sobre Abbas para que se siente a negociar con la administración Trump, pero históricamente los líderes árabes siempre han sido reticentes a ejercer esta presión, al menos en público. Y esta reticencia se ha visto aumentada con la decisión de mover la embajada de Estados Unidos a Jerusalén.

Aun así, los países afectados siguen esperando la presentación del plan estadounidense. A nivel diplomático, la prioridad en estos momentos es romper la actual escalada de desencuentros y proporcionar un marco de entendimiento, liderado por Estados Unidos, para que todas las partes implicadas puedan reanudar el diálogo.

Aunque el plan estadounidense permanece sin revelar, todo apunta a que se basará en las siguientes líneas estratégicas:

  • Seguridad: la seguridad continúa siendo la condición sine qua non para acometer cualquier medida diplomática, económica o política. En la última década, se han mejorado las condiciones de seguridad, a las que ha contribuido el papel de las Fuerzas de Seguridad de la Autoridad Palestina (PASF), así como la cooperación de estas fuerzas con sus homólogos israelíes. La administración Obama volcó grandes esfuerzos en la reforma, adiestramiento y profesionalización de las PASF. Trump, muy probablemente, continuará en la línea de mantener la situación de seguridad alcanzada.
  • Gaza: La situación actual de Gaza puede considerarse como muy próxima a la crisis humanitaria. Este deterioro de las condiciones de vida puede desembocar en un nuevo conflicto armado en cualquier momento. En este momento, la PA se muestra reticente a tomar el control de la zona, lo que le supondría un enfrentamiento directo con Hamas que, por su parte, se niega a entregar sus armas, dificultando aún más la situación. La estrategia estadounidense consistirá en forzar a Abbas a aumentar la presencia de la PA en Gaza y a cooperar con el gobierno israelí en la mejora de sus condiciones de vida. Por otra parte, Estados Unidos deberá presionar a Egipto y al resto de estados árabes a incrementar el apoyo a Gaza, dejando de esta forma aislado al gobierno de Hamas.
  • La situación en Cisjordania es muy parecida. Una vez más, Estados Unidos debe presionar a Israel a implementar medidas conducentes a mejorar las condiciones de vida y a cooperar con la PA en la gestión de las grandes áreas urbanas.
  • Reforma de la PA: Por último, la estrategia de Estados Unidos debe centrarse en impulsar una reforma de la Autoridad Palestina, combatiendo la corrupción de muchos de sus líderes y fomentando la credibilidad de la organización, ante sus conciudadanos y ante el gobierno de Israel. Asimismo, Estados Unidos debe implicar en este asunto a los estados árabes, como ya ha conseguido hacer con EAU y Jordania.

FACTOR

POLITICA ANTERIOR OBAMA

POLITICA TRUMP

Seguridad

Primera prioridad. Fuertes inversiones para adiestrar y profesionalizar las PASF.

Continúa siendo la condición indispensable para sentarse a negociar. Trump continuará financiando las PASF.

UNRWA

Impulsar el papel de la Organización mediante financiación económica principalmente.

Los resultados de UNRWA son cuestionados. Congelación de los créditos de financiación.

Gaza y Cisjordania

Fomento de “Política de equilibrio” entre facciones políticas.

Medidas de presión a la Autoridad Palestina para aumentar su presencia y cooperar con Israel.

Autoridad Palestina (PA)

Aceptación del equipo de gobierno de Abu Abbas sin medidas eficaces de control.

Necesidad de reformar la PA, de tal forma que se optimicen los recursos económicos aportados y se reduzca la corrupción.

Diseño del Proceso de Paz.

Coordinación de los “países occidentales” para presentar una solución común.

Bloqueo del proceso por falta de acuerdo (a partir de 2014).

Reimpulsar el proceso mediante un nuevo “Plan de Paz” que contemple objetivos a medio-largo plazo.

Cuadro 3. Comparación estrategias Obama y Trump en el conflicto palestino. Elaboración propia.

 

Líbano: Hizbollah y la política de disociación de Hariri.

Para entender lo que sucede hoy en día en el Líbano, habría que retrotraerse al año 1916, cuando tuvo lugar la firma de los acuerdos secretos Sykes-Picot. Mediante este acuerdo, Reino Unido y Francia se repartían los territorios del antiguo Imperio Otomano (ya en descomposición), ubicados en Asia Menor, y que actualmente conforman Siria, Líbano, Irak, Israel y Palestina. Entre estos, cabría destacar el mandato francés de Siria y Líbano, que en 1923 constaba de cinco Estados federados. Uno de ellos se denominó el Gran Líbano, predecesor de la actual República Libanesa y que obtendría la independencia de Francia el 22 de noviembre de 1943.

Pero esta breve introducción histórica no es suficiente para explicar la actualidad libanesa. La última década en el país de los cedros ha estado caracterizada por la permanente sensación de inestabilidad, marcada por una serie de hitos importantes. Quizás el primero de ellos es la guerra del verano del 2006, o “guerra de los 33 días”, entre Israel y Hizbollah. En ella, se enfrentó un actor estatal como es Israel, contra una organización armada no estatal que demostró tener más capacidad militar que el propio Ejército del Líbano. A partir de ese momento, los expertos coinciden en afirmar que muchas cosas cambiaron en Oriente Próximo. Javier Martín lo expresa de la siguiente forma: “Hizbollah es uno de los movimientos clave para entender el actual conflicto de Oriente Próximo” (Martín, 2006).

En efecto, no es posible entender el Líbano sin Hizbollah y sin su rol de “Estado dentro del Estado”. Fundada en 1982 como fusión de grupos combatientes irregulares para luchar contra la ocupación israelí de 1982, en 1985 se creó ya como organización política. En mayo del 2000 jugó un papel esencial para obligar a las fuerzas israelíes a retirarse del sur del Líbano. Posteriormente, la guerra de 2006 le consagró como el garante de la defensa de esta zona libanesa frente a Israel. Desde entonces, se ha convertido en un factor esencial para la guerra y la paz en la zona más conflictiva del mundo. La guerra de 2006 finalizó con la mediación de Naciones Unidas y la aprobación de una resolución del Consejo de Seguridad, la 1701 (United Nations, 2006), que en esencia ampliaba el número de efectivos de la UNIFIL[1], y le confería más prerrogativas en su labor de apoyo al Gobierno del Líbano y de control de la línea de separación entre Líbano e Israel conocida como la “Línea Azul” (Blue Line).

La victoria de Hizbollah sobre el que se consideraba el ejército más poderoso de Oriente Próximo ponía de manifiesto que las fuerzas Armadas de Israel (Israeli Defence Forces, IDF) no eran imbatibles. Además, esta victoria alentaba a Hassan Nasrallah, secretario general de Hizbollah, para extender su poder desde el Sur del Líbano al resto del país.

Doce años han transcurrido desde entonces y puede decirse que Líbano se mantiene relativamente estable, mientras que la inestabilidad aumenta en los países de su alrededor. Si bien los motivos ahora son bastante diferentes, pues los combatientes de Hizbollah están ocupados en luchar contra al Assad en Siria. Pero la inestabilidad en la región ha aumentado debido a la guerra de Siria y a actores como el ISIS y otros grupos que operan en la región. Lo que es difícil de explicar es precisamente cómo un país tan permeable a las influencias e inestabilidades regionales como es el Líbano, ha podido mantenerse relativamente al margen de la guerra. O por qué no se ha producido un efecto contagio o reproducción del conflicto sirio y regional en suelo libanés.

Esta frágil estabilidad en Líbano puede explicarse por las siguientes razones:

  • Inversiones económicas de países extranjeros: La grave crisis económica que sufre Líbano sólo puede ser afrontada con la ayuda externa que recibe. Los principales países donantes son Estados Unidos, Francia e Italia, y, últimamente, Rusia. En cuanto a los países árabes, es difícil encontrar datos oficiales, pero los mayores inversores son Arabia Saudí e Irán, que de manera más o menos encubierta financian sus respectivos intereses suníes y chiíes en el país.
  • Necesidad de mantener los acuerdos de Taif y el consecuente equilibrio religioso: Se considera que ésta es la piedra angular de la relativa convivencia libanesa. Ningún grupo social o político tiene intención de revisar los citados acuerdos, conscientes de las graves consecuencias que ello tendría.
  • Equilibrio político: En Taif también se acordó el complejo sistema político libanés, donde todos las religiones están presentes. De esta forma, el Presidente siempre es cristiano maronita, el Primer Ministro es suní, y el presidente del parlamento es chií. El Parlamento está compuesto por 128 escaños, repartidos al 50% entre los grupos cristianos y musulmanes.
  • El 6 de mayo tuvieron lugar las elecciones legislativas, las primeras desde 2009, tras múltiples aplazamientos, la caída de dos gobiernos y una vacante presidencial de más de dos años en 2014. Los resultados avalan el crecimiento de Hizbollah como partido político y su alianza con Amal, así como las desavenencias entre las distintas facciones cristianas, lo que ha provocado una disminución de su influencia en las decisiones políticas. Por parte suní, el partido de Saad Hariri (actual Primer Ministro) ha salido debilitado, aunque los resultados y los distintos acuerdos con otros partidos le permiten mantenerse en el poder. Pero la conclusión más importante de estas elecciones es que todas y cada una de las fuerzas políticas libanesas han manifestado que su prioridad absoluta es la estabilidad doméstica del país, apartada de injerencias de terceros. En este pensamiento, se enmarca la llamada “política de disociación” de Hariri, separándose tanto de la influencia de Irán y Siria, por un lado, como de Arabia Saudí, por el otro. (Solomon, 2017).
  • Realidad sociopolítica libanesa: la sociedad libanesa está hastiada de conflictos y guerras y es un pueblo que hoy día muestra su unidad y solidaridad frente a las amenazas que le rodean. Buena prueba de ello es la presión migratoria que soporta, no sólo de los palestinos, sino también de los refugiados sirios que huyen de la guerra. Beirut y las ciudades del Sur del Líabno han sido destruidas y reconstruidas varias veces a lo largo de las últimas décadas y los libaneses no están dispuestos a dejarse arrastrar de nuevo a un conflicto. Como afirma Javier Pérez Martín: “Otra cosa que no soportan los libaneses es cualquier cosa que «huela a Siria». Cansados de ser una marioneta en manos de los Assad y de una continua injerencia en los asuntos internos del país por parte del régimen alauita, han dicho basta y necesitan ahora andar su camino” (Pérez Martín, 2017). No obstante, sustraerse de la injerencia siria o iraní no será empresa fácil.
  • Despliegue de fuerzas de ONU en el Sur del Líbano (UNIFIL): Como consecuencia de la guerra de 2006 con Israel, la ONU amplió el número de fuerzas de UNIFIL, llegando a los 10.500 efectivos actuales. Al amparo de las resoluciones 1701 y 2373, la UNIFIL proporciona apoyo al gobierno y a las Fuerzas Armadas Libanesas (LAF) en el Sur del Líbano, contribuyendo a la estabilidad de la zona. (UNIFIL, 2018).

La estrategia de Trump en el Líbano pasa por apoyar la política de disociación de Hariri, disminuyendo de esta forma la influencia de terceros países, principalmente Irán. En este sentido, el Gobierno de Estados Unidos instó el pasado 11 de noviembre a “todos los Estados y partes a respetar la soberanía, independencia y procesos constitucionales del Líbano” y mostró el rechazo de la Administración Trump a “cualquier acción de milicias dentro del Líbano o de cualquier fuerza extranjera que amenace la estabilidad del Líbano, mine las instituciones libanesas o use el Líbano como base para amenazar a otros en la región” (Sancha, 2017). Del mismo modo, dijo que no va a permitir que “nadie lance una guerra regional contra Líbano”.  

Al mismo tiempo, Trump pretende mantener su influencia en el país de los cedros, fundamentalmente con inversiones económicas que contribuyan a desarrollar su economía y a mejorar las capacidades de sus Fuerzas Armadas. En este último aspecto, debe mantener un difícil equilibrio para no molestar a su tradicional aliado, Israel. Por este motivo, Estados Unidos lleva a cabo un programa de “mentorización” de las Fuerzas Armadas libanesas, pero sin dotarle de ciertas capacidades militares, fundamentalmente contracarro y antiaérea, que en un momento dado podrían ser empleadas contra su vecino Israel.

Por último, uno de los puntos clave de la política de Trump en el Líbano es su actitud ante Hizbollah. El Presidente de Estados Unidos está firmemente decidido a terminar con la parte armada de la organización, poniendo en práctica incluso medidas más duras que las empleadas por sus predecesores[1]. En su deseo de contrarrestar a Irán, Trump ve a Hizbollah como un proxie clave de Teherán involucrado en muchas de las llamadas "actividades malignas" del régimen iraní.

La campaña pública de la administración contra Hizbollah busca lograr dos cosas. Primero, interrumpir la recaudación de fondos, la logística y las operaciones del grupo. Y segundo, resaltar la desconexión entre las actividades terroristas y delictivas del grupo y sus "intentos de presentarse como un partido político legítimo", según el director del Centro Nacional de Contraterrorismo, Nicholas Rasmussen (Levitt, 2017).

En este sentido, Estados Unidos está bloqueando todas las cuentas económicas y fuentes de financiación de la organización; está presionando igualmente a UNIFIL para que aumente el control de armas de los llamados “agentes no estatales” (NSA)[2], en clara referencia a Hizbollah; y está colaborando con Israel en la identificación de sus líderes militares, así como en el ataque y destrucción de cualquier convoy de ayuda militar que reciba la organización procedente de Irán o Siria.

 

FACTOR

ESTRATEGIA ANTERIOR EEUU EN LÍBANO

ESTRATEGIA TRUMP EN LÍBANO

Política libanesa

Apoyar equilibrio de fuerzas.

El acuerdo nuclear con Irán y el distanciamiento de Arabia Saudí quedó reflejado en las relaciones con el Gobierno del Líbano.

Apoyar “política de disociación” del Primer Ministro Hariri.

Sus relaciones con el Gobierno libanés se han visto afectadas por las decisiones de mover la Embajada a Jerusalén y la revocación del acuerdo nuclear con Irán.

Fuerzas Armadas Libanesas (LAF)

Mantener la primera posición en las donaciones para mejorar las capacidades de las LAF. Al mismo tiempo, restringir cualquier capacidad ofensiva que pueda ser utilizada contra Israel.

Continuar con la misma estrategia.

Inversiones económicas

Invertir en desarrollo económico y en energía, para ganar en influencia política. Al mismo tiempo, seguir financiando los campamentos palestinos en el Líbano, a través de la UNRWA.

Continuar con las inversiones en los sectores económico y energético, pero con unas medidas más exigentes de control del gasto.

Reducir la financiación de los campos palestinos, mediante la congelación de parte de la ayuda económica proporcionada a la UNRWA.

Hizbollah

Denunciar en los foros políticos y multinacionales el papel del brazo armado de Hizbollah, pero sin aplicar medidas efectivas.

Condicionado por la necesidad de mantener relaciones con Irán e impulsar el acuerdo nuclear con el régimen iraní.

Combatir a Hizbollah, como proxie de Irán, en dos frentes:

  • Bloquear sus fuentes de financiación.
  • Denunciar y acabar con las actividades terroristas del grupo y con su capacidad militar.

Cuadro 4. Comparación estrategias de Estados Unidos en el Líbano. Elaboración propia.

 

 Israel: el tradicional aliado de Estados Unidos.

Tras la administración Obama, todavía está por definir la hoja de ruta de Trump y su gabinete republicano para recuperar la cercanía diplomática con Israel.

Sus antecesores adoptaron políticas totalmente enfrentadas: George W Bush y sus halcones neocons establecieron una política proisraelí que apoyaba firmemente al ejecutivo judío.

Posteriormente, Obama siempre se mostró crítico con la inflexibilidad política y dureza militar del Gobierno de Israel. Sus Secretarios de Estado, tanto Hillary Clinton primero como John Kerry después, incrementaron los esfuerzos para que las facciones moderadas de israelíes y palestinos pudieran alcanzar un acuerdo final que desembocara en la creación de un Estado Palestino con soberanía propia. Sin embargo, estos esfuerzos cayeron en vacío al enfrentarse al parlamento israelí, por una parte, y a la competencia islamista de la Autoridad Nacional Palestina, por otra.

En la actualidad, la política defensiva-agresiva de Israel continúa fortaleciendo a su ala derecha política. Tal como afirma el analista Jacobo Morillo: “Las características del sistema parlamentario israelí han propiciado el aumento de poder político de la derecha ortodoxa y revisionista judía. Los últimos gobiernos, que han tenido como cabeza a Netanyahu, han obligado a éste a forjar alianzas con las agrupaciones más conservadoras del Knesset.” (Morillo, 2017).

Es precisamente este afianzamiento político de la derecha hebrea lo que puede facilitar las relaciones entre Estados Unidos e Israel, basadas en impulsar un mutuo conservadurismo. Por otra parte, ambos países comparten un enemigo común: Irán.

De esta forma, los gobiernos de Trump y Netanyahu mantienen una estrategia de intereses nacionales basada en la fuerza militar y económica, factores que sin duda fortalecerán los vínculos entre ambos países, y contribuirán a recuperar unas relaciones distantes durante las últimas legislaturas demócratas.

A partir de estos antecedentes, Donald Trump deberá fomentar unas relaciones diplomáticas sólidas en las que debe imperar una perspectiva regional. Para Estados Unidos, la clave pasará por mantener estas relaciones con Israel, con la delicadeza necesaria para no ofender en demasía a sus aliados árabes por la presencia de un Estado al que no todos reconocen y al que muchos rechazan.

FACTOR

ESTRATEGIA ANTERIOR EEUU EN ISRAEL

ESTRATEGIA TRUMP EN ISRAEL

Seguridad

Seguridad y defensa son dos valores preponderantes  en ambos países.

Apoyar, o al menos tolerar, cualquier acción, incluso militar, llevada a cabo por Israel con la finalidad de preservar su seguridad.

Continuar con la política anterior.

Desde el punto de vista económico, el aumento del presupuesto militar anunciado por Trump, beneficiará a Israel como nación especializada en el desarrollo de tecnología militar.

Irán

Mantener una diplomacia de equilibrio entre Irán e Israel, condicionada a la firma del acuerdo nuclear con el régimen iraní.

Reducir la influencia “maligna” de Irán en la región, tal como quedó reflejado en la ESN 17.

En este sentido, tolerar los ataques de Israel en territorio sirio contra fuerzas y bases iraníes.

Causa Palestina

Impulsar un acuerdo de paz que culmine en el reconocimiento del Estado Palestino.

Presentar un nuevo Plan de Paz, que contemple objetivos a medio y largo plazo.

Status de Jerusalén

Mantener su status tal como se aprobó en el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas en 1980 (Resolución 478).

Reconocer oficialmente a Jerusalén como la capital de Israel[1], y mover su embajada a esta ciudad.

Cuadro 5. Comparación estrategias de Estados Unidos en Israel. Elaboración propia.

 

Un nuevo actor en la zona: Rusia.

Desde la caída de la Unión Soviética, la política rusa hacia Oriente Próximo ha estado marcada por incoherencias e inesperados cambios de sentido. Esto ha dificultado que los políticos occidentales, especialmente Estados Unidos,  entiendan si la presencia de Rusia en Oriente Próximo representaba una fuente de cooperación o un conflicto futuro entre Moscú y Occidente.

Pero la naturaleza de la interacción de Rusia con Oriente Próximo ha cambiado desde 2012. Después de la reelección de Vladimir Putin para un tercer mandato en 2012, Moscú aumentó sustancialmente su presencia en la región. Se involucró más profundamente cuando, el 30 de septiembre de 2015, Rusia lanzó ataques aéreos contra grupos que se oponían al régimen del presidente Bashar al Assad en Siria. Este hecho estableció un nuevo precedente. Antes de septiembre de 2015, Rusia había tratado de evitar cualquier implicación de pleno derecho en los conflictos militares en la región. Esta fue también la primera vez que Rusia se centró en el poder aéreo en lugar de las fuerzas terrestres, un enfoque que a menudo han usado los Estados Unidos.

Desde 2012, Rusia definió tres categorías de objetivos a alcanzar en Oriente Próximo:

  • Objetivos económicos, que compensan la presión de las sanciones sobre la economía rusa, aseguran fuentes de ingresos y protegen los intereses de las compañías de energía y su participación en los diferentes mercados.
  • Objetivos políticos, que ayudan a evitar el aislamiento internacional completo, crean influencia para afectar el comportamiento de Estados Unidos y la UE, promueven el concepto ruso del "orden mundial correcto" y dan forma a la opinión popular en Rusia.
  • Objetivos de seguridad, que reducen las amenazas a Rusia y al espacio postsoviético procedentes de la actual situación en Oriente Próximo.

Como se ha mencionado, la primera intervención de Rusia en la zona lo ha sido en el conflicto de Siria. Según la investigadora Mira Milosevich: “La finalidad estratégica de Rusia en Siria es múltiple, representa un paradigma para su estrategia a largo plazo en el Oriente Próximo y funciona en varios niveles: global, regional e interno.” (Milosevich, 2017).

En el siguiente cuadro, se definen los objetivos en cada uno de estos niveles:

NIVEL

OBJETIVOS

Global

  • Demostrar el fracaso de lo que Rusia considera la estrategia de Estados Unidos en la lucha contra el terrorismo (apoyo a las “revoluciones de color” y cambio de regímenes), vinculándolo con el aumento de la amenaza terrorista.
  • Distraer a la comunidad internacional del conflicto de Ucrania.
  • Aumentar su influencia en la zona mediterránea para contrarrestar el despliegue del flanco oriental de la OTAN (Mar Báltico-Mar Negro).
  • Demostrar que Rusia es una potencia global.
  • Incrementar las ventas de su industria armamentística tras demostrar su eficiencia en los distintos conflictos en los que ha participado.

Regional

  • Garantizar la permanencia del régimen de Assad.
  • Proteger la base naval rusa en el Mediterráneo (Tartus).
  • Luchar contra el autodenominado Estado Islámico y otros grupos yihadistas.
  • Restablecer su presencia e influencia en la región, perdidas gradualmente desde la derrota en Yom Kippur (1973). En esta guerra, la antigua Unión Soviética apoyó política y militarmente a Egipto.
  • Presentarse como un aliado leal y fiable ante los regímenes que apoya.

Interno

  • Consolidar el liderazgo del presidente Vladimir Putin, y su deseo de consolidar a  Rusia como potencia mundial.
  • Demostrar que el Kremlin hace todo lo posible para evitar la penetración de la amenaza yihadista en suelo ruso, combatiéndola fuera de sus fronteras.

Cuadro 6. Objetivos de Rusia en Oriente Próximo. Elaboración propia.

Desde 2016, Moscú ha mantenido contactos regulares y una relación cordial con Egipto, Líbano, Irán, Irak, Israel, Qatar, Arabia Saudí y Turquía, ofreciendo inversiones y fomentando la venta de armas avanzadas, como el sistema de defensa antiaéreo S-400.

En Líbano, Rusia ha ofrecido un crédito sin intereses por 15 años de 1.000 millones de dólares para renovar el arsenal militar del ejército libanés con armamento ruso. A cambio, se establecería un acuerdo con Beirut sobre una mayor cooperación militar que permitiría a los buques de guerra y aviones rusos el acceso a los puertos y aeropuertos libaneses.

El 'acuerdo ruso', que en Abril de 2018 iba a ser refrendado por el primer ministro libanés, Saad Hariri, fue cancelado en el último minuto por las presiones de Estados Unidos y Francia. Pero después de las elecciones legislativas del 6 de Mayo y con la renovación del Parlamento a favor de los intereses del eje Siria-Irán-Rusia, es probable que la oferta militar del Kremlin vuelva a estar sobre la mesa. No obstante, el sistema sectario que rige la política libanesa y las ramificaciones de intereses de cada grupo o coalición político-religiosa hacen que el camino de Rusia para aumentar su influencia en el país de los cedros no esté totalmente despejado.

Un Putin inmerso en sus planes expansionistas vio en el Líbano una buena oportunidad, dada su posición estratégica en el Mediterráneo, para extender su influencia regional, no solo en el campo militar sino también comercial. Moscú fue de los primeros en mostrar su interés en las nuevas exploraciones de las reservas de gas natural y petróleo libanés en alta mar. Precisamente, una de las tres empresas internacionales en ganar la licitación para la explotación de los recursos energéticos en el Mediterráneo oriental ha sido la compañía estatal rusa Novatek. Esta exploración, que comenzará en 2019, se hará cerca de la disputada frontera marítima con Israel, lo que ha vuelto a enfrentar a los dos países y puede generar una nueva causa de conflicto en la región.

Por su parte, la administración Trump no ve con buenos ojos esta “irrupción” de Rusia en el escenario de Oriente Próximo. Las últimas decisiones de Donald Trump (trasladar la embajada estadounidense a Jerusalén y abandonar el acuerdo nuclear con Irán), han convertido la región en un foco continuo de tensión. En este escenario, Rusia, que se ha ganado el título de “garante de la paz” en la arrasada Siria, se ha posicionado como mediador e interlocutor válido en los asuntos de Oriente Próximo, mientras que Washington se ha convertido en el socio incómodo.

María José Pérez del Pozo, profesora de Relaciones Internacionales en la Universidad Complutense, considera que la situación es diferente a la del siglo pasado, cuando las dos grandes superpotencias percibían el mundo como un tablero global a dividir en áreas de influencia: “Yo no veo paralelismos entre la situación actual y la Guerra Fría, salvo que son los mismos países, con las variaciones territoriales producidas en Rusia, y las evoluciones diferentes que han vivido cada uno de ellos. Y tanto Rusia como Estados Unidos aplican nuevas lógicas en sus políticas exteriores. Aplicamos o comparamos la situación actual con la Guerra Fría porque es el referente histórico más inmediato que tenemos, el que mejor conocemos y el que nos crea menos incertidumbre. Pero estamos ante un nuevo modelo, menos previsible, más complejo en una región totalmente volátil, con potencias regionales que no actúan con el rígido esquema bipolar de otros tiempos” (Pérez del Pozo, 2017).

En cualquier caso, la presencia de Rusia en Oriente Próximo puede hacer aún más complejas las relaciones diplomáticas en la región. No cabe duda que, si Trump quiere mantener su influencia en Oriente Próximo, tendrá que aplicar políticas y estrategias de “contrapeso” a la creciente participación rusa, principalmente en países tan importantes como Líbano, Turquía e incluso Israel. Mención aparte merece la resolución de la guerra de Siria, donde parece que Estados Unidos ha perdido (desde la administración Obama) su papel de mediador y defensor de un nuevo régimen, en beneficio de Rusia y su apoyo al régimen de al Assad.

 

Conclusiones.

Tras dos años en el poder, todavía son muchas las dudas sobre las líneas estratégicas que marcan la política exterior de la administración Trump. En estos dos años, Estados Unidos ha mostrado cierta continuidad en algunas de sus políticas en el exterior, pero, al mismo tiempo, ha mostrado serios indicios de un retorno al aislacionismo, como consecuencia directa del lema de Trump “America First”.

Estados  Unidos mantiene su presencia en Afganistán, Oriente Próximo y Medio y partes de África. Al contrario que su predecesor, Trump ha vuelto a acercarse a Arabia Saudí y ha endurecido su posición con respecto a Irán. Ha reducido también su énfasis en el softpower y en la agenda de derechos humanos. La política antiterrorista continúa siendo uno de los aspectos clave, que rige muchas de sus relaciones internacionales, sobre la base de la protección de  Estados Unidos mediante fronteras impermeables, reducción de los flujos de refugiados e inmigrantes y combate de las entidades terroristas en sus orígenes.

A pesar de esta continuidad, la política exterior de la administración Trump en Oriente Próximo sigue caracterizándose por la indefinición y la incertidumbre. La inexistencia o, al menos, la no difusión pública de una estrategia con perspectiva regional y con objetivos a medio-largo plazo, hace pensar, simplificando al máximo, que Estados Unidos se mueve a golpe de twitter de su Presidente en esta compleja región del mundo.

Lo cierto es que, desde su llegada al poder, Trump sólo ha adoptado dos medidas concretas en Oriente Medio, aunque ambas de bastante calado: la renuncia a firmar el acuerdo nuclear con Irán y la designación de Jerusalén como capital de Israel. Ambas medidas han tenido grandes repercusiones en la región y en la comunidad internacional:

  • El presidente iraní Rohani lanzó serias acusaciones al gobierno de Trump, asegurando que continuará con su programa nuclear. La Unión Europea se ve igualmente afectada por esta decisión, ya que el JCPOA les había permitido recuperar fructíferas relaciones comerciales y energéticas con Irán, que ahora de nuevo se ven amenazadas por el embargo que pretende reactivar Trump.
  • La designación de Jerusalén como capital de Israel, y la consiguiente apertura de la embajada estadounidense en la ciudad santa, aleja aún más a Estados Unidos de liderar un Plan de Paz para la causa palestina. La decisión ha supuesto igualmente una ofensa para muchos Estados Árabes, con gran influencia sobre la Autoridad Nacional Palestina. Además, la Asamblea de Naciones Unidas votó a finales de 2017 una resolución de condena a la decisión de Trump sobre Jerusalén por 128 votos a favor y nueve en contra (con 35 abstenciones), mostrando el rechazo generalizado de la comunidad internacional a esta decisión.

El único documento oficial que puede proporcionar pistas sobre la política exterior de la administración Trump es la Estrategia de Seguridad Nacional 2017. La aprobación de este documento antes de cumplir los 12 meses de mandato también hizo surgir la duda sobre su confección. El minucioso proceso de elaboración de una estrategia nacional es precisamente el máximo valor de este documento, ya que obliga a una coordinación entre todas las agencias para debatir sobre las prioridades en materia de seguridad nacional, y para coordinar todos los recursos, incluso los económicos, tanto en política interior como exterior. Sin embargo, en el documento firmado en 2017 todo es prioritario y, por tanto, no hay prioridades, lo que sin duda dificulta su conexión con el planeamiento presupuestario y con una definición real de las amenazas.

En esa Estrategia Nacional, se identifica a Irán como uno de los principales enemigos de Estados Unidos y el objetivo de reducir su “influencia maligna” como uno de los prioritarios. En este contexto debe enmarcarse la decisión de Trump de no renovar el acuerdo nuclear. Las consecuencias de esta decisión son difíciles de valorar, pero todo hace pensar que a Irán no le queda más opción que una “huida hacia delante”, continuando con el desarrollo del programa nuclear que, sin el control de la OIEA (tal como estipulaba el JCPOA), puede derivar en fines armamentísticos. Y esta posibilidad es sin duda uno de los principales factores de inestabilidad en la región, y un motivo de preocupación para Israel. Como ya ha anunciado en diversas ocasiones, el gobierno de Netayanhu reaccionará “con todos los medios disponibles” ante cualquier indicio de que Irán esté desarrollando la bomba nuclear. Un enfrentamiento entre Irán e Israel tendría consecuencias impredecibles sobre el futuro de la región.

Por otra parte, en la actualidad los intereses regionales siguen jugándose en el tablero de Siria, donde no se percibe una estrategia de salida clara que permita la finalización del conflicto. Mientras que Irán y Rusia apoyan abiertamente al régimen de al Assad, la postura estadounidense está totalmente difuminada, sin que se conozca cuál es su plan para finalizar el conflicto. Esta indefinición estadounidense puede hacer inclinar la balanza definitivamente a favor del gobierno de al Assad, que ya ha recuperado y controla el 90% del territorio sirio. Una victoria de al Assad fortalecería sin duda la presencia de Irán y Rusia en Oriente Próximo, y acentuaría la pérdida de influencia de Estados Unidos.

En relación con la causa palestina, Donald Trump ha anunciado la presentación de un nuevo Plan de Paz, sin que hasta el momento se conozcan las líneas directrices del mismo. La única medida adoptada a día de hoy ha sido la congelación de los créditos de financiación de la UNRWA, lo cual tiene un impacto directo, no sólo sobre la comunidad palestina, sino también sobre los países en los que se ubican sus campos y asentamientos. Además, esta medida, junto con la designación de la capitalidad de Jerusalén, reduce las posibilidades de Estados Unidos para conducir un proceso de solución del conflicto palestino. El conflicto de Siria, la necesidad de reforma de la Autoridad Nacional Palestina  y la situación cercana a la crisis humanitaria en las franjas de Gaza y Cisjordania alejan aún más la posibilidad de iniciar un nuevo proceso de paz con garantías realistas de éxito.

Si esta indefinición de la política exterior de Estados Unidos en Oriente Próximo beneficia a alguien, es sin duda a Israel. Además de los intentos de Trump por mejorar las relaciones diplomáticas con Israel, el conservadurismo predominante en ambos gobiernos afianza igualmente la tradicional alianza entre ellos. En los últimos años, Israel ha llevado la iniciativa en la región en materias de seguridad (su propia seguridad), ha atacado las bases iraníes y de Hizbollah en Siria, la mayor parte de las veces con el consentimiento de Estados Unidos y Rusia, y ha aumentado la presión sobre Hizbollah y el control de su armamento en el Sur del Líbano. Al mismo tiempo, está tejiendo sólidas relaciones con Rusia, oficializando al gobierno de Putin como un mediador  válido en sus tensas relaciones con Irán. Todo lo anterior, junto con la presión e influencia de los lobbies judíos en Estados Unidos, condicionarán sin duda la política de Trump en Oriente Próximo.

Como ya se ha comentado, la presencia de Rusia en la región es cada vez mayor. Además de los intereses expansionistas y económicos de Putin, Rusia pretende presentarse como un hegemon con una perspectiva geopolítica diferente a la de la comunidad occidental. A diferencia de los occidentales, los rusos propugnan la idea de que no siempre es posible la creación de regímenes democráticos de corte occidental, y que el equilibrio del poder no descansa en los valores liberales de las potencias extranjeras, sino en los actores regionales según su poder militar, político y religioso. Su apoyo al régimen de al Assad en Siria, a los kurdos en toda la región y a los chiíes en Irak son claros ejemplos de esta perspectiva.

Por otra parte, y tal como afirma Mira Milosevich “detrás de este apoyo a los actores regionales se esconde la aspiración de convertirse en el árbitro principal de los conflictos, así como de desafiar la estrategia de los occidentales. Rusia apoyará las divisiones tribales/religiosas/étnicas porque tal es la tendencia de los actores locales y, sobre todo, porque favorece su papel de árbitro y la hegemonía de su aliado Irán”  (Milosevich, 2017).

Al mismo tiempo, el papel de Rusia en la guerra de Siria puede entenderse como un deseo de erigirse en centinela frente el yihadismo, haciéndose imprescindible en la lucha común contra el terrorismo islámico, y debilitando a la vez el papel de Estados Unidos e incluso de la Unión Europea en este aspecto.

Todo lo expuesto anteriormente conduce a la conclusión de que el siempre complejo escenario de Oriente Próximo (y, por extensión, Oriente Medio) se encuentra en la actualidad en una situación de mayor incertidumbre, debido fundamentalmente a los conflictos regionales abiertos y a la existencia de distintos hegemones con intereses en la región, sin que ninguno de ellos sea claramente predominante. 

En este contexto, y tal como se formulaba en la hipótesis de este trabajo, la ausencia de unas líneas directrices en la política de Trump respecto a Oriente Próximo aumenta la sensación de inestabilidad en la región y es motivo de preocupación para la comunidad internacional. Al mismo tiempo, favorece la aparición de nuevos actores, especialmente Rusia, que ve en la región una oportunidad para consolidarse como potencia a nivel regional e, incluso, mundial.

Es difícil realizar un ejercicio de política ficción para intentar predecir cuál será la evolución geopolítica a medio y largo plazo en esta región del mundo. Indudablemente, cualquiera que sea el camino a seguir, la influencia de Estados Unidos seguirá siendo un factor determinante. Donald Trump y su administración tienen el reto y la responsabilidad de diseñar las líneas directrices de su política exterior en Oriente Próximo y Medio durante las próximas décadas, conscientes de que ninguna medida para conseguir objetivos cortoplacistas, sin una perspectiva más amplia, han tenido éxito en este tablero de juego.

José María Ortega Olmedo es Teniente Coronel del Ejército de Tierra y  antiguo alumno del Máster on-line en Estudios Estratégicos y Seguridad Internacional de la Universidad de Granada.

 

Bibliografía y referencias.

Álvarez-Ossorio, Ignacio (2016). Trump y Oriente Próximo. El País. 21 de Diciembre de 2016.

Ansorena, Javier (2018). Trump retira a EE.UU. del Acuerdo Nuclear con Irán. ABC. 09 de Mayo de 2018. Disponible en: http://www.abc.es/internacional/abci-trump-podria-retirarse-pacto-nuclear-iran-esta-tarde-201805081520_noticia.html

Bonet, Ethel (2018). Rusia desembarca en el Líbano a golpe de talonario. El Confidencial. 18 de Mayo de 2018.

Borgen, Julian (2018 a). Iran nuclear deal talks persist as Trump looks poised to kill it. The Guardian. 01 de Abril de 2018. Disponible en: https://www.theguardian.com/world/2018/mar/31/iran-deal-donald-trump-john-bolton-mike-pompeo

Bruen, Brett (2018). Global Situation Room, https://globalsitroom.com/

Chappel, Bill (2018). U.S. Freezes More Than Half Of Aid To U.N. Agency For Palestinian Refugees, National Public Radio (NPR), 17 de Enero de 2018. Disponible en: https://www.npr.org/sections/thetwo-way/2018/01/17/578571424/u-s-freezes-more-than-half-of-aidto-u-n-agency-for-palestinian-refugees

Cohen, Eli (2016). El legado de Obama en Oriente Medio. Revista El Medio. 14 de Septiembre de 2016. Disponible en: http://elmed.io/el-legado-de-obama-en-oriente-medio/

Eshel, David (2000). The Israel-Lebanon border enigma, IBRU Boundary and Security Bulletin Winter 2000-2001.

Faus, Joan (2018 a). Trump da un ultimátum a Europa para no romper el acuerdo nuclear iraní. El País, 12 de Enero de 2018. Disponible en: https://elpais.com/internacional/2018/01/11/estados_unidos/1515691809_932678.html

  • (2018 b). La doctrina ambivalente de Trump en Siria: de retirar las tropas a ordenar un nuevo ataque. El País, 15 de Abril de 2018.

Fulbright, Alexander (2018). US warns it won’t fund UN refugee agency if Palestinians reject talks, The Times of Israel, 02 de Enero de 2018. Disponible en: https://www.timesofisrael.com/us-warns-it-wont-fund-refugee-agency-if-palestinians-reject-talks/

García Encina, Carlota (2018). Trump y el mundo: un año de política exterior. Real Instituto Elcano. 18 de Enero de 2018.

IAEA, página oficial de la Organización Internacional para la Energía Atómica (IAEA por sus siglas en inglés, consultado en 2018). IAEA & Iran. Disponible en: https://www.iaea.org/newscenter/focus/iran

Israel Ministry of Foreign Affairs (consultado en 2018). Treaty between the State of Israel and the Hashemite Kingdom of Jordan. Disponible en http://www.mfa.gov.il/mfa/foreignpolicy/peace/guide/pages/israel-jordan%20peace%20treaty.aspx

Iriarte, Daniel (2017). El 'paseo de la victoria' de Putin: Rusia ocupa el espacio que deja EEUU en Oriente Medio. El Confidencial. 14 de Diciembre de 2017. Disponible en: https://www.elconfidencial.com/mundo/2017-12-14/rusia-ocupa-espacio-que-deja-eeuu-oriente-medio_1492366/

Kozhanov, Nikolay (2018). Russian Policy Across the Middle East: Motivations and Methods. The Royal Institute of International Affairs. 01 de Febrero de 2018.

Levitt, Mathew (2017). How Trump Is Going After Hezbollah in America’s Backyard. Politico. 30 de Noviembre de 2017. Disponible en: https://www.politico.com/magazine/story/2017/11/30/donald-trump-hezbollah-latin-america-215987

Magid, Jacob (2018). Cabinet puts temporary freeze on Qalqilya expansion plan. The Times of Israel, 18 de Junio de 2018. Disponible en: https://www.timesofisrael.com/cabinet-puts-temporary-freeze-on-qalqilya-expansion-plan/

Martín, Javier (2006), Hizbulah, el brazo armado de Dios, Madrid: ed. Catarata.

Meyer, Josh (2018). The secret backstory of how Obama let Hezbollah off the hook, Politico, 17 de Diciembre de 2018. Disponible en: https://www.politico.eu/article/obama-hezbollah-the-secret-backstory-of-how-let-off-the-hook/

Milosevich-Juaristi, Mira (2017). La finalidad estratégica de Rusia en Siria y las perspectivas de cumplimiento del acuerdo de Astaná. Real Instituto Elcano. 23 de Mayo de 2017.

Morillo Llovo, Jacobo (2017). Israel y Trump: a la espera del actor ambivalente. Instituto Español de Estudios Estratégicos. 01 de Mayo de 2017.

Navarro Sanz, Beatriz (2017). El aislacionismo en la era Trump y la renovación de las alianzas estratégicas: una oportunidad para la Unión Europea. Instituto Español de Estudios Estratégicos. 22 de Junio de 2017.

Palestinian Center for Policy and Survey (2017). The American step increases Abbas’ weakness, raises suspicion concerning the role of regional powers, and increases calls for armed action, disponible en: http://www.pcpsr.org/sites/default/files/poll%2066%20full%20text%20English%20Dec%202017.pdf

Pardo de Santayana, José (2017). Rusia y EEUU en el laberinto de Oriente Medio. Instituto Español de Estudios Estratégicos. 07 de Junio de 2017.

Pérez del Pozo, María José (2016). La política exterior de Rusia en Oriente Próximo. ¿Continuidad o cambio? Revista UNISCI. 2016.

Pérez Martín, Juan Javier (2017). El Líbano: un país en la encrucijada. Instituto Español de Estudios Estratégicos, 10 de Noviembre de 2017.

Quiroz Zamora, Janneth (2018). EEUU: Acuerdo Nuclear con Irán. Grupo Financiero MONEX, 08 de Mayo de 2018.

Redacción BBC (2018). Por qué Turquía está atacando Afrín, el enclave kurdo en Siria que puede ser crucial en la lucha contra Estado Islámico. BBC News, 20 de Enero de 2018.

Sharkov, Damien (2017). Russian President Says His Generals Saved Syria As He Hugs Bashar al-Assad. Newsweek Online, 21 de Noviembre de 2017.

Sancha, Natalia (2017). El dimitido Hariri asegura que volverá al Líbano muy pronto. El País, 13 de Noviembre de 2017.

Solomon, Erika (2017). Lebanon’s prime minister formally revokes his resignation. Financial Times. 05 de Diciembre de 2017. Disponible en: https://www.ft.com/content/fbf11f58-d9c8-11e7-a039-c64b1c09b482

Tovar Ruiz, Juan (2014). ¿Una estrategia coherente para una región en cambio? La política exterior de la administración Obama y la primavera Árabe. UNISCI Discussion Papers Nº 36. Octubre de 2014.

  • (2016). Los desafíos de la política exterior estadounidense tras las elecciones presidenciales. Real Instituto Elcano. 01 de Diciembre de 2016.
  • (2017). La doctrina en la política exterior de Estados Unidos. De Truman a Trump. Los Libros de la Catarata / Instituto Franklin. 2017.

UNIFIL, página oficial de la Fuerza Interina de Naciones Unidas para el Líbano (consultada en 2018). Disponible en: https://unifil.unmissions.org/

United Nations, página oficial de Naciones Unidas (consultada en 2018). Security Council calls for end to hostilities between Hizbollah and Israel, unanimously adopting Resolution 1701, disponible en: https://www.un.org/press/en/2006/sc8808.doc.htm , 11 de Agosto de 2006.

UNRWA, página oficial de la Organización de Naciones Unidas para los Refugiados Palestinos (consultada en 2018), Reforming UNRWA, disponible en: https://www.unrwa.org/who-we-are/reforming-unrwa

White House, página oficial del Gobierno de Estados Unidos (consultado en 2018),  Statement by President Trump on Jerusalem, disponible en: https://www.whitehouse.gov/briefings-statements/statement-president-trump-jerusalem/ , 06 de Diciembre de 2017.

Yubero Parro, Beatriz (2017). Irán en la era de la administración Trump. Instituto Español de Estudios Estratégicos. 18 de Diciembre de 2017.

 

Editado por: Grupo de Estudios en Seguridad Internacional (GESI). Lugar de edición: Granada (España). ISSN: 2340-8421.

Licencia Creative Commons
Bajo Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivadas 3.0 Unported