Breve aproximación histórica a las operaciones anfibias

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Los antecedentes históricos

Las operaciones militares sobre la costa, utilizando la mar como espacio de maniobra, han constituido un elemento de la guerra naval desde hace más de 2.000 años, explotando las aguas litorales como espacio para atacar los puntos débiles del adversario, reforzar las posiciones propias y apoyar al establecimiento del control del mar.

Tucídides ya refiere que «la más antigua guerra que sepamos haberse hecho por mar fue entre los corintios y los corcirenses, hará a lo más doscientos sesenta años», para añadir posteriormente al referirse a los griegos: «Los que se unieron a ellos adquirieron gran poder, renta y señorío de las otras gentes; porque navegando con armada sojuzgaron muchos lugares»[1].

Pero es en una fecha más cercana cuando se produce el verdadero nacimiento de las operaciones anfibias tal cual las conocemos hoy en día. Durante el invierno de 1564 se tuvo conocimiento de que los turcos preparaban una poderosa flota para atacar Italia, España o Malta. Finalmente el ataque se produjo el 7 de septiembre de 1565 sobre Malta, constituida como clave del arco defensivo que protegía el Mediterráneo Central. A pesar de la alerta producida, fueron necesarios cuatro meses para reaccionar a la esperada acción turca. Felipe II tomó conciencia de la situación límite a la que se había llegado y optó por organizar fuerzas que estuviesen en condiciones de combatir tanto a bordo como en tierra y que mantuviesen una disponibilidad absoluta.

Esta organización permanente de unidades a bordo de los buques, como respuesta orgánica al desafío estratégico que representaban las campañas de Solimán el Magnífico durante el siglo XVI, capaces de combatir en la mar y desde la mar, fueron el germen de lo que conocemos como unidades de infantería de marina capaces de proyectar el poder naval sobre la costa enemiga.

Así, en 1583, durante la Campaña de la Isla Terceira en el Atlántico, se puede constatar la existencia de procedimientos para llevar a cabo desembarcos.  Procedimientos muy similares a los utilizados hasta hace apenas unas décadas y que hoy en día conocemos con perfecto detalle gracias a los escritos de la época, en particular a los de Diego Queipo de Sotomayor[2]:

Primero, se reconoce el terreno para encontrar el lugar más apto para dejar a la tropa. En la exploración participan personalmente los jefes de los tercios, Bobadilla e Iñiguez, por ser negocio tan grande y de tanta importancia. Después se preparan las embarcaciones. En las proas de las barcas que transportan a los infantes se colocan grandes tablones verticales que durante la aproximación actuarán como parapeto ante el fuego enemigo, y una vez en la playa, se abatirán para que por ellas desembarquen la tropa. Entre las planchas de madera se instalan esmeriles, pequeños cañones de carga trasera, más ligeros que los falconetes, para abrir fuego mientras dura la fase de aproximación. Para cubrir el desembarco, se dispone de la artillería de diez galeras, todas ellas con fuertes escudos (pavesadas) para que los artilleros puedan hacer fuego con buena protección. Ya solo falta aprovisionar a los infantes: cada uno ha de llevar munición, agua y víveres para tres días.

Fue tal el éxito de las operaciones anfibias ejecutadas sobre la Isla Terceira que Álvaro de Bazán llegó a proponer una operación de similares características para invadir el Reino Unido que finalizó con el conocido desastre de la «Gran Armada».

En esta época ya surge un verdadero adelantado a la táctica anfibia en la figura del maestre de Campo Lope de Figueroa, un granadino que combatió heroicamente en múltiples batallas pero que es recordado por su actuación a bordo del galeón San Mateo contra los franceses en la Campaña de la Isla Terceira de 1582. Lope de Figueroa demostró a los largo de innumerables ocasiones un increíble dominio de las operaciones navales en general y de las anfibias en particular.

Desembarco de los tercios, fresco de Niccolò Granello expuesto en la Sala de las batallas del Monasterio de El Escorial

Pero no todo fueron éxitos en las operaciones de desembarco llevadas a cabo durante las diferentes campañas desarrolladas en la Isla Terceira. Una de las mayores amenazas a las que puede enfrentarse una operación anfibia en las primeras fases es a un contraataque de unidades mecanizadas. Algo así le sucedió a Diego de Valdés en la batalla de Salgas, durante la Campaña de 1581. Tras desembarcar y avanzar hacia los objetivos previstos, tuvo que enfrentarse a un «contraataque» montado por la población local con quinientas vacas y bueyes que provocaron que de los cuatrocientos soldados desembarcados del Tercio, solo sobreviviese una treintena escasa.

Ya desde el primer momento se evidenció la dificultad de coordinación y las diferencias, en algunos casos irreconciliables, entre los distintos componentes fundamentales de este tipo de operaciones. Estas dificultades, que de forma tan acertada recogía Liddell Hart en su ensayo The Value of Amphibious Flexibility and Forces[3], ya se presentaron durante la conquista de Quebec en 1759.Así, el general James Wolfe, nombrado por el primer ministro William Pitt como comandante general del asalto a Quebec, en las instrucciones secretas que proporcionó a los comandantes británicos que participaron en la campaña expresaba lo siguiente:

«Dado que el éxito de esta expedición ha de depender muchísimo de una perfecta comprensión mutua entre nuestros oficiales de Tierra y Mar, Nos, por la presente, rigurosamente os encargamos y requerimos que por vuestra parte mantengáis y cultivéis tal comprensión y acuerdo, y que ordenéis que los soldados a vuestra órdenes doten los barcos cuando se les presente ocasión y pueda prescindirse de ellos: así como al Comandante en Jefe de nuestra Escuadra se le instruye para que por su parte, mantenga y cultive la misma buena comprensión y acuerdo y que se ordene a los marineros y soldados de infantería de marina a sus órdenes que ayuden a nuestras fuerzas terrestres y que doten las baterías cuando la ocasión llegue y puedan ser descargados del servicio en el mar: y, con objeto de establecer la más estricta unión posible entre vos y el Comandante en Jefe de nuestros buques, sois por la presente requerido para que comuniquéis estas instrucciones a aquel, así como a él se le requiere para que os comunique las que reciba de Nos»[4].

 

Aproximación teórica a las operaciones anfibias

Sin lugar a dudas el teórico más conocido en el ámbito naval es el geopolítico estadounidense Alfred Thayer Mahan cuya mayor contribución, plasmada en su obra The Influence of Sea Power Upon History 1660-1783[5], se centró en vincular el poder naval con los intereses del Estado materializados en la voluntad nacional, los intereses vitales, la influencia en la esfera internacional y su contribución para mostrar una firme voluntad y decisión nacional.

Mahan proporciona en su obra una gran importancia al entorno litoral, no solo porque es allí donde se concentran las bases navales, elementos imprescindibles para desarrollar una estrategia marítima, sino también porque ese espacio geográfico alberga el comercio marítimo. Sin embargo, apenas hace referencia a la proyección del poder naval sobre tierra.

Por otra parte, el vicealmirante inglés Philib Colomb, coetáneo de Mahan publicó en 1891 su obra Naval Warfare[6] en la que se alejaba de la visión romántica del combate naval decisivo para adentrarse decisivamente en la proyección del poder naval sobre la costa. La escasa importancia concedida en la época a la proyección del poder sobre tierra, llevó a Garnet Wolseley, comandante en jefe del Ejército británico en 1897, a afirmar: «We still have to convince the Navy that they cannot win a war by themselves and that we are not trying to nab the money they ought to have but want to make our power what it must be to be effective – amphibious».

Está línea de pensamiento abrió el camino a toda una escuela inglesa sobre estrategia naval representada por Julian Stafford Corbett y Charles Edward Callwell que incorporaron las operaciones anfibias en el ámbito del poder naval y los intereses nacionales, lo que a la larga llevaría al Reino Unido a considerar sus capacidades anfibias como un elemento nuclear de su acción exterior.

Corbett, como Colomb, también huyó del concepto de la batalla decisiva en beneficio de las operaciones ofensivas de carácter local, la proyección de fuerzas sobre la costa, la realización de bloqueos y las incursiones sobre las rutas comerciales enemigas. Por su parte Callwell, conocido como «el Clausewitz de la guerra colonial», afirmaba que las fuerzas anfibias, bajo determinadas condiciones, podían ejercer una gran influencia sobre un conflicto debido a que las posibilidades de infligir un daño decisivo al enemigo se incrementaban mediante el uso de estas capacidades frente al empleo de otras de carácter exclusivamente marítimo.

Más recientemente, las amplias posibilidades de la proyección del poder naval sobre la costa también fueron abordadas por Liddell Hart en su ensayo The Value of the Amphibious Flexibility and Forces[7], publicado en 1960; así como por Milan Vego en su obra Estrategia Naval y operaciones en aguas restringidas[8] publicada en 1999 y más recientemente en su ensayo On Littoral Warfare[9] publicado en 2015.

Con lo expuesto hasta aquí, resulta evidente que uno de los principales medios para proyectar el poder naval sobre la costa se basa fundamentalmente en las operaciones anfibias. Estas operaciones se desarrollan durante un conflicto para conquistar una costa controlada por el enemigo y dar acceso a objetivos operacionales que se encuentra en el interior. También pueden ser desarrolladas para apoyar la progresión a lo largo de la zona litoral de las fuerzas propias de un componente terrestre, para anular o controlar un gran puerto o base naval enemiga, para impedir que el enemigo haga lo mismo con nuestras propias bases o para cortar una vía de repliegue.

Además, la credibilidad de una fuerza anfibia también puede forzar a que el enemigo tenga que defender grandes extensiones de costa continental o de islas exteriores. Las ventajas de poseer una capacidad de amenaza anfibia creíble se constataron durante la Guerra del Golfo de 1991. El general Norman Schwarzkopf mantuvo a la 13ª Unidad Expedicionaria del Cuerpo de Marines como elemento de decepción para los iraquíes, obligándoles a mantener un elevado número de fuerzas en Kuwait ante la potencial amenaza que representaba el inicio de un segundo esfuerzo por parte del Cuerpo de Marines.

Las posibilidades que ofrece una capacidad anfibia creíble, tal como afirma Milan Vego, son una de las mejores virtudes que puede tener una marina de guerra, pues como veremos en los ejemplos históricos contenidos en el siguiente epígrafe, su mera existencia obliga a una potencia terrestre a dedicar gran cantidad de fuerzas y mucha atención a la defensa de aquellas zonas de su costa susceptibles de que se pueda desarrollar sobre ellas un desembarco anfibio, consiguiendo con una amenaza anfibia verosímil que tenga permanentemente fuerzas dedicadas a la defensa de sus costas e islas exteriores, aspecto que adquiere su verdadera dimensión si se considera la zona litoral y no exclusivamente la costa.

 

Las operaciones anfibias durante las guerras mundiales

Durante la Primera Guerra Mundial se produjeron dos operaciones anfibias que pueden ser consideradas como grandes operaciones navales, entendiendo éstas como una seria de acciones navales relacionadas y orientadas a un objetivo operacional en un teatro dado. La primera de estas operaciones fue el desembarco aliado en Gallipoli en 1915 y la segunda, el desembarco alemán en las costas de Estonia en 1917.

Desembarco de los militares australianos y neozelandeses (Foto. Australian War Memorial collection)

El desembarco de Gallipoli fue considerado, desde una óptica táctica, un fracaso debido a la falta de entendimiento entre los componentes marítimo y terrestre y a la falta de iniciativa de este último, demostrando cómo la combinación de un planeamiento inadecuado, comandantes sin experiencia en operaciones anfibias, la carencia de inteligencia oportuna, la ausencia de un sistema de mando y control adecuado y la falta de equipamiento anfibio pueden provocar un auténtico desastre táctico. Tal y como expresaba años después el almirante Keyes: «En Galípoli había aprendido mi lección: allí vi como una campaña que tenía infinitas posibilidades se abortó por irresolución»[10].

Esta falta de decisión fue perfectamente reflejada por el general alemán Hams Kannesnfiesser Pasha: «Conversaciones, minutas e informes precedían a las reuniones resolutivas, que siempre posponían la decisión vital. De este modo se perdía un tiempo precioso, y en el frente se perdía el momento que llevaba en sí, tal vez, la posibilidad del éxito» Y seguía: «La conducción de una guerra no puede confiarse a una campaña de responsabilidad limitada»[11].

Sin embargo, un análisis desde una óptica estratégica presenta una aproximación no tan negativa.Falkenhayn, Jefe del Estado Mayor General alemán, había intentado desbordar en la primavera de 1915 al ejército inglés en Francia. Sin embargo, alarmado por el ataque aliado a los Dardanelos, y temiendo que si eran forzados los estrechos Bulgaria entrase en el bando aliado, trasladó su atención hacia Levante, confiando en que el frente occidental alemán era bastante fuerte para resistir el ataque franco-inglés.

Así, después de infligir a Rusia una dura derrota, Alemania procedió a invadir Serbia con objeto de abrir un camino hacia Constantinopla, en lugar de continuar el ataque sobre Rusia como los austriacos deseaban: «Es incomparablemente más importante que aseguremos los Dardanelos y que, además, batamos el hierro en Bulgaria mientras está caliente»[12].

La segunda de las operaciones llevadas a cabo durante la Primera Guerra Mundial es mucho menos conocida que el desembarco en Galípoli: la operación «Albión». El objetivo de esta operación era ocupar la isla de Oesel para acceder al golfo de Riga y amenazar la retaguardia del 12º Ejército ruso que defendía la costa báltica. Los alemanes alcanzaron el éxito gracias a la sorpresa y consiguieron no solo la destrucción del ejército ruso, sino también la neutralización de la amenaza sobre el flanco del 8º Ejército alemán.

Operación Albión. Septiembre de 1917. Colección del Imperial War Museum

El período entreguerras se vio definido por dos dinámicas opuestas. Por una parte, la mayoría de los países occidentales que poseían unidades anfibias habían comenzado un proceso de descomposición motivado por una lectura errónea del desastre de Galípoli. Sin embargo, España condujo con éxito el desembarco en la Bahía de Alhucemas en 1925. No obstante, la tradicional falta de valor otorgada a este tipo de operaciones en nuestro país se evidenció nuevamente al desaprovechar las oportunidades que brindaba el éxito cosechado en Alhucemas.

Imagen del 8 de septiembre tras el desembarco de las tropas españolas en Alhucemas - hemeroteca de ABC

Fue necesario que Estados Unidos reviviese durante la década de los treinta la genialidad española en Alhucemas y la alemana en la isla de Oesel para que se valorase la existencia de una fuerza especializada en la guerra anfibia. Así, el Cuerpo de Marines desarrolló durante esos años las tácticas y procedimientos que serían empleados durante la Segunda Guerra Mundial y que en cierta medida perdurarían durante décadas. 

Pero no solo los estadounidenses dieron importancia a este tipo de operaciones durante el período entre guerras, Japón también llevó a cabo operaciones anfibias sobre las costas chinas en los años treinta. Unas operaciones que le permitieron adquirir una experiencia que pondría en práctica unos años después en el Pacífico.

La gran eclosión de las operaciones anfibias se produjo durante la Segunda Guerra Mundial. El Secretario de la Marina de Estados Unidos, James Forrestal, afirmó tras la toma del monte Suribachi en Iwo Jima, que: «haber izado esa bandera [la de Estados Unidos] en Suribachi significa que habrá Marines durante los próximos quinientos años». Adaptando su afirmación, las capacidades como herramienta política y estratégica de las que hicieron gala las operaciones anfibias durante la Segunda Guerra Mundial significan que habrá proyección del poder naval sobre la costa por unidades especializadas durante décadas.

En el Mediterráneo el primer ejemplo claro de una operación anfibia se produjo durante la conquista alemana de la isla de Creta, una conquista que no había sido prevista inicialmente por los alemanes cuando planearon su ofensiva en los Balcanes. Sin embargo, el temor a las acciones de la aviación británica les decidió a ello.

El historiador Luis de la Sierra evidencia la amenaza que supone la posibilidad de una operación anfibia al afirmar que los preparativos de esta operación fueron detectados, pero el general neozelandés Freyberg, que contaba con 28.000 soldados aliados en la isla y dos divisiones griegas, planeó su defensa para hacer frente a un posible ataque anfibio en lugar de orientar su defensa hacia un ataque aerotransportado[13].

Los alemanes, que inicialmente no habían querido contar con los italianos para esta operación, se vieron inicialmente tan comprometidos que solicitaron el desembarco de tropas italianas en la parte oriental de la isla y así, el 27 de mayo, se produjo una operación anfibia a quince millas al oeste del cabo Sidero.

El éxito de la operación alemana llevó a que en abril de 1941 se desarrollase otra operación anfibia, esta vez por parte aliada, para llevar a cabo la evacuación de Creta. En total fueron rescatados 50.732 militares, de los cuales solo una cuarta parte pudieron ser embarcados desde muelles o espigones. El éxito de esta operación, denominada «Deman», fue debido sobre todo al fallo del Servicio de Inteligencia Alemán, que no pudo anticipar los planes de evacuación, de manera que los bombarderos de la Lufwaffe no actuaron sobre las playas donde se efectuaba el reembarque.

Posteriormente, en 1942, las fuerzas del Eje consideraron que la fortaleza de Malta se encontraba en una situación de debilidad tal que era factible apoderarse de ella. Aunque esta operación nunca llegaría a producirse, en su planeamiento se consideró el empleo de la división paracaidista «Folgore» y sesenta y cinco barcazas de desembarco. Sin embargo, estos medios no estuvieron listos hasta el mes de julio y para entonces la ofensiva alemana en Rusia y la prioridad en la toma de Tobruk, para impedir las interferencias de la aviación británica, no permitieron el desarrollo de una operación que habría privado a los aliados de una de las más importantes bases de operaciones en el Mediterráneo.

Durante ese mismo año se hizo cada vez más necesaria la apertura de un segundo frente para aliviar la presión alemana sobre el frente ruso. Inicialmente se consideró el desarrollo de una operación anfibia en la península de Cotentin para ocupar el puerto de Cherburgo y establecer en Francia el segundo frente, pero los medios disponibles eran todavía insuficientes y se temió una reacción alemana demasiado potente, así que se prefirió desarrollar esta operación en el norte de África.

De esta manera, en noviembre de 1942 se desarrolló la operación «Torch» en la que 72.000 soldados desembarcaron en Argelia, mientras que otros 35.000 soldados eran proyectados directamente desde Estados Unidos hasta la costa atlántica marroquí. Los desembarcos constituyeron una sorpresa absoluta, quedando Marruecos y Argelia en manos aliadas. Es necesario hacer notar, para una mejor comprensión del esfuerzo realizado durante estas operaciones, que la proyección realizada equivalía a los efectivos de unas siete divisiones con todos sus pertrechos desde Estados Unidos y Escocia hasta las costas africanas.

Previamente a esta a esta operación, los aliados llevaron a cabo una operación anfibiade decepción en la costa de Liberia en el mes de octubre, lo que llevó a los alemanes a considerar que el desembarco aliado se produciría en Dakar.

Tras el desembarco aliado en las costas africanas y la posterior caída de Túnez, todo el litoral africano del Mediterráneo quedó en manos aliadas. Los italianos, temerosos de un desembarco posterior en Cerdeña o Córcega, no sólo mantuvieron a parte de su Flota orientada hacia esa posibilidad, sino que también desplegaron 12.000 soldados en Bastia, retiraron 440 aviones de combate del frente ruso y el este de Europa y concentraron su esfuerzo defensivo en un supuesto desembarco en Cerdeña y el Peloponeso con el despliegue de 975 aparatos de todas las clases y otros 305 aviones de combate en Grecia. Medios que no pudieron ser empleados en Sicilia, durante la operación «Husky», donde finalmente desembarcarían un total de 171.000 soldados que fueron reforzados posteriormente por otros 478.000 efectivos.

En la costa Atlántica también se evidenciaron las ventajas de las operaciones anfibias ya que desde el inicio de la contienda ambos bandos fueron conscientes de la importancia de la península escandinava. El almirante Raeder, Jefe de Estado Mayor de la Kriegsmarine, tuvo en su mente el valor de Noruega incluso desde antes del inicio del conflicto. Sin embargo, en 1939 el Estado Mayor de la Kriegsmarine llegó a la conclusión de que la Armada germana no contaba con los efectivos necesarios para acometer su invasión y que por lo tanto lo mejor para Alemania sería que Noruega continuara manteniéndose neutral.

Más tarde, tras la invasión rusa de Finlandia en 1939, los aliados tuvieron la oportunidad de desembarcar en Narvik para enviar tropas en socorro de Finlandia utilizando el ferrocarril que enlaza con el puerto de Helsinki y al mismo tiempo ocupar las minas de hierro suecas. En el análisis de Luis de la Sierra sobre la campaña en el Atlántico, este historiador afirma que «Los alemanes, que no habrían dudado en invadir Noruega carecían de los medios para ello, y los ingleses y franceses, a quienes les sobraban, no se decidían a hacerlo»[14].

Después de siete meses de lucha burocrática, Churchill consiguió que se autorizase el desembarco de18.000 soldados ingleses y franceses en Narvik como medida preventiva, para avanzar posteriormente hasta la frontera sueca. Además, con el fin de impedir que los alemanes pudieran establecerse en Stavanger, Bergen y Trondheim, también se planeó el despliegue de unidades en esos puertos.

No obstante, la mera posibilidad de que se llevase a cabo esta operación hizo que los alemanes decidieran la ocupación de Noruega sin más demora pese a comprometer con ello a fuerzas destinadas a la inminente ofensiva sobre el frente occidental. Con un primer escalón de desembarco que contaba únicamente con 8.500 efectivos, los alemanes se aseguraron el suministro de mineral de hierro sueco y obtuvieron una formidable posición estratégica.

La importancia de las minas de hierro noruegas siguió siendo un elemento fundamental en los planes de guerra aliados, que pensaban que si conseguían neutralizar a los destacamentos germanos en Narvik y Trondheim, no sólo evitarían la posibilidad de que los alemanes ocupasen el norte de Suecia, sino que también podría establecerse el anhelado segundo frente.

Así se tomó la decisión de ocupar ambos puertos mediante una operación anfibia, que fue denominada «Martillo», dirigida por el almirante Roger Keyes antes de que los alemanes tuviesen tiempo de fortificarlos. Sin embargo, esta arriesgada operación se estrelló contra la prudencia del Gabinete de Guerra.

En Noruega no solo se evidenció la necesidad de una clara voluntad política para llevar a cabo operaciones anfibias, sino también el grado de incertidumbre que estas operaciones generan. La ceguera anfibia llegó a ser tan amplia entre los aliados que provocó que en 1941 una gran fuerza anfibia de choque de «comandos», altamente instruida y totalmente equipada, permaneciese ociosa en Inglaterra. Como afirmó el almirante Keyes, es magnífico poseer una fuerza anfibia, pero es muy difícil lograr que se reconozca su valor y que se haga uso de ella[15]. Para este militar, en plena Guerra Mundial, debió ser un suplicio pensar lo que una fuerza como aquella podía haber conseguido bajo el mando de un general combativo.

Comandos después de la operación Abercrombie, un raid llevado a cabo en la costa francesa en abril de 1942

La composición, organización y entrenamiento de esta fuerza de choque anfibia se encargó al almirante Sir Roger Keyes, que se basó para enfrentarse a este reto en sus experiencias en combate. Según sus propias palabras: «Se precisa velocidad en la aproximación de la fuerza asaltante con objeto de lograr la sorpresa y desembarcar lo antes posibles después de anochecer. Dado que las limitaciones inherentes al transporte al teatro de acción han de ser un factor dominante, cualquier personal sobrante debía eliminarse, reduciendo al mínimo imprescindible el personal administrativo. […] Se eligieron voluntarios de elevada moral, ansiosos de tomar parte en arriesgadas empresas»[16].

Con posterioridad, el temor a un nuevo desembarco alemán, esta vez en Islandia, comprometió a más de la mitad de la Home Fleet durante la evacuación aliada de Noruega al ser destacada para evitar esta posible operación. Temores que ya habían condicionado la actuación del Almirantazgo británico desde el inicio del conflicto cuando quisieron establecer permanentemente una fuerza naval de superficie en las proximidades de las islas Azores, temiendo que los alemanes intentaran desembarcar en esas islas portuguesas de tanta importancia estratégica para la batalla del Atlántico.

En marzo de 1942 los aliados desarrollaron una operación tan arriesgada como difícil en el puerto de Saint-Nazaire, y aunque los 250 infantes británico desembarcados se quedarían en Francia, uno de los objetivos principales, el dique seco de la cuidad, quedó inutilizado. Posteriormente, para ganar experiencia en la ejecución de operaciones anfibias e intentar descongestionar el frente ruso, los británicos trataron de apoderarse de la ciudad francesa de Dieppe. La operación se saldó con 3.610 bajas al ser hundidas la mayor parte de las barcazas de desembarco cuando fueron descubiertas por la marina de guerra alemana.

No obstante, estos fracasos anfibios tuvieron su efecto estratégico. Adolf Hitler, hombre totalmente lego en cuestiones marítimas o relacionadas con la guerra en la mar y de mentalidad continental es decir, muy limitada en cuando a visión de conjunto se refiere, había quedado impresionado por los intrascendentes golpes de mano británico en Noruega y Francia. Esa impresión provocó que llegase a la precipitada y errónea conclusión de que los ingleses y norteamericanos desembarcarían muy pronto en la península escandinava. Consecuentemente ordenó trasladar todas las unidades navales pesadas a los puertos noruegos y amenazó a la Kriegsmarinecon desmontar la artillería de los buques para integrar esas piezas artilleras en el sistema defensivo de la costa.

Pero sin duda, al hablar de las operaciones anfibias durante la Segunda Guerra Mundial en Europa es necesario referirse a las que tuvieron como escenario geográfico el Canal de la Mancha: la planeada invasión alemana de Inglaterra y el desembarco aliado en Normandía.

El cruce del Canal de la Mancha para invadir la isla británica ha estado presente en la mente de muchos estrategas a lo largo de la historia. Sin embargo, esta empresa siempre se había mostrado como un esfuerzo ingente y casi inalcanzable. Durante la Guerra de los Cien Años, las tropas francesas no pudieron cruzarlo, entre otras cosas, porque la flota inglesa de Eduardo III aniquiló a la escuadra de trescientas naves de Felipe IV en la batalla de l’Ecluse, en julio de 1340.

El duque de Bedford volvió a hacer lo mismo con la flota mandada por Guillermo de Narbona en agosto de 1416. Más tarde, las aguerridas tropas españolas de Alejandro Farnesio tampoco pudieron pasar al otro lado del canal a bordo de la «Gran Armada» en 1588 debido fundamentalmente a inclemencias meteorológicas. Ya en el siglo XIX, Napoleón Bonaparte fracasó también en 1805 en el mismo proyecto cuando tenía a sus soldados ya acampados en Bolugne y solo pedía a la Marina que le asegurase el dominio del canal de la Mancha por tres días, o siquiera por uno solo, para hacer cruzar a doscientos mil hombres, a los que se proponía revistar muy pronto en Londres.

Napoleón invade Inglaterra. Facsímil publicado en 1801

Únicamente los romanos, hace dos mil años, y los normandos, hacia casi mil, habían podido desembarcar en Inglaterra. Los últimos, con Guillermo el conquistador, lo hicieron en septiembre de 1066, logrando cruzar y derrotar a los sajones del rey Harald gracias a que éste había tenido que correr hacia el norte para combatir al rey de Noruega, que acababa de llegar a la costa de Northhumberland con trescientas galeras.

Vista en clave histórica, la enorme dificultad de la invasión del Reino Unido hace pensar que su mera concepción por parte de Alemania pudo haber tenido un objetivo disuasivo y convertirse en un elemento más de presión para obligar a Gran Bretaña a pedir la paz, aunque posiblemente nunca podremos confirmar este extremo.

Esta inmensa dificultad se evidenció durante los trabajos de planeamiento. Así, el Estado Mayor del Ejército alemán estimó necesario el empleo de, al menos, cuarenta divisiones, pero las reticencias de la Armada y la cercanía del invierno hizo reducir el número a tan solo trece divisiones que debían ser desembarcadas en un amplio frente de ciento cincuenta kilómetros. Por su parte, la Kriegsmarine solo se comprometía a garantizar el desembarco en un frente muy estrecho entre Dover y el cabo Beachy Head.

Estas diferencias serían origen de agrias discusiones. Tal fue el nivel de desencuentro que, en una de las conferencias de planeamiento, el general Halder, jefe de Estado Mayor del Ejército, llegó a declarar: «Rechazo completamente el criterio de la Armada, desde el punto de vista militar me parece completamente suicida. ¡Sería lo mismo que meter a las tropas directamente en una máquina para hacer salchichas!».

Desde el lado aliado, el esperado asalto a la fortaleza europea se materializó con la operación «Overlord». Una operación que en palabras del primer ministro británico, Wiston Churchill, era «la cosa más grande que hemos intentado nunca». La mera amenaza de que se produjese, supuso un gran esfuerzo para las fuerzas del Eje. En la primavera de 1943 había veintinueve divisiones alemanas en el norte de Francia, solo un año después este número había crecido hasta alcanzar las cincuenta y seis divisiones.

El desembarco en Normandía se planeó siguiendo las directrices del pensamiento estratégico estadounidense, basadas en mantener la ofensiva, concentrar fuerzas en el momento y lugar decisivo y atacar desde una base segura a través de la línea de comunicación más corta. Se realizó sobre la base de cinco divisiones, más de 7.000 buques y embarcaciones de desembarco y 195.000 miembros de dotaciones navales de ocho países. La invasión incluyó 133.000 soldados de Estados Unidos, Reino Unido y Canadá. Un mes después, se había producido el desembarco de otros 85.000 soldados, 148.000 vehículos y 570.000 toneladas de equipos y abastecimiento; lo que provocaría que menos de un año después el general Alfred Jodl firmase la rendición incondicional en Reims.

1º División de Infantería de Estados Unidos desembarcando en la playa Omaha (Robert F. Sargent)

La invasión aliada contó con dos elementos a los que las tropas alemanas no pudieron hacer frente. En primer lugar, la superioridad numérica en personal y, sobre todo, en el sostenimiento logístico del esfuerzo. En segundo lugar, la superioridad aérea que mantuvieron los aliados sobre la Lufwaffey que en definitiva significaba la imposibilidad para los alemanes de proteger las líneas logísticas que abastecían a las tropas que combatían en el frente.

Para finalizar este recorrido a través de la Segunda Guerra Mundial, es necesario referirse a las operaciones llevadas a cabo en el Pacífico, un teatro en el podemos encontrar dos formas de entender las operaciones anfibias bien diferenciadas.

Por una parte, durante el inicio del conflicto la estrategia japonesa de asegurarse un cinturón de seguridad y garantizarse el flujo de materias primas llevó a la ocupación de Filipinas, Malasia, Singapur, las Indias Orientales Neerlandesas y las islas de Wake, Gilbert, Nueva Bretaña y Guam; pero sus intenciones incluía también la ocupación de Fiji, Nueva Caledonia y Samoa, con el evidente peligro para Australia. Tal como afirma el historiador Luis de la Serna: «El imperio japonés contaba con una potente flota pero también necesitaba bases aeronavales avanzadas, esto llevó a que centrasen su atención en las islas de Tulagi y Guadalcanal en el archipiélago de las Salomón»[17].

El intento de construir una base naval en Tulagi fue frustrado por la rápida intervención de los marines norteamericanos pero la neutralización de la base de Guadalcanal sería una operación mucho más complicada. Por contra, los japoneses sí tuvieron éxito en el establecimiento de una base aeronaval en Rabaul, situada en la costa noroeste de la isla de Nueva Bretaña. Esta base aeronaval nipona, que se convertiría en la más importante del despliegue japonés, se estableció tras el desembarco efectuado el 23 de enero de 1942. En poco menos de veinticuatro horas, el 144 Regimiento de Infantería japonés desembarcó en varios puntos de la costa para ocupar a la mañana siguiente Raboul.

Desde el lado estadounidense, la táctica anfibia se basó en desarrollar un intenso bombardeo desde el mar previo al desembarco, utilizando para ello a los acorazados y a su la aviación aeronaval, para posteriormente desembarcar con los Marines. Estas operaciones anfibias apoyaban la idea estratégica del general MacArthur, que defendía la tesis de invadir Japón desde el sur, para lo que necesitaba ocupar el aeródromo de Peleliu y la isla de Okinawa. El general William H. Rupertus, nombrado comandante de la Primera División de Marines, estaba de acuerdo con el general MacArthur y llegó a afirmar, imbuido por un exceso de optimismo, que en un máximo de cuatro días podría tomar Peleliu y utilizar su aeródromo.

Desembarco estadounidense en Tarawa. Foto del Departamento de Defensa de Estados Unidos

Esta táctica, junto con la estrategia del general MacArthur y la férrea defensa japonesa, provocaron un gran número de bajas durante las operaciones anfibias en el Pacífico. Número que incluso se incrementó cuando la estrategia japonesa se vio forzada a evolucionar. En Iwo Jima, los estrategas japoneses decidieron dejar las playas al enemigo y atrincherarse en el interior, aprovechando la orografía volcánica, excavando túneles, bunkers y agujeros fortificados casi imposibles de detectar. Nimitz, comandante de la Flota del Pacífico, había cifrado inicialmente en 10.000 las bajas que, finalmente, ascenderían a 24.000 entre muertos, heridos y desaparecidos.

Para terminar este breve recorrido a través de las operaciones anfibias durante la Segunda Guerra Mundial, es necesario realizar una observación que resulta sorprendente cuando se analiza desde una perspectiva histórica. A pesar de que este tipo de operaciones fueron llevadas a cabo por países aliados tanto en Europa como en el Pacífico, apenas se produjo transferencia de conocimiento en las técnicas, tácticas y procedimientos empleados entre ambos teatros, conformándose su ejecución en cada uno de éstos como un tipo de operaciones diferentes.

Nunca sabremos si esa falta de transferencia de conocimiento se debió, tal y como afirmaría Liddell Hart, a que: «El error más común en los desembarcos anfibios que con frecuencia condujo a fracasos, fue el desconocimiento sobre las responsabilidades de cada ejército. Con demasiada frecuencia, los asaltos fracasaron o no dieron los resultados apetecidos debido a discusiones entre ejércitos que con sus distintos puntos de vista y lealtades bien podrían ser considerados los mejores aliados del enemigo»[18]

 

A modo de conclusión

Esta breve aproximación al empleo de las unidades anfibias, desde una perspectiva histórica, nos ha permitido comprobar que su empleo no solo proporciona una capacidad de maniobra táctica,sino también una herramienta capaz de generar, por sí misma, efectosen los niveles político, estratégico y operacional y generar un alto nivel de incertidumbre en el adversario. Una capacidad que con frecuencia no solo es la mejor opción de la que se dispone, sino que en algunas ocasiones es la única que proporciona independencia y flexibilidad al nivel político.Sin embargo, también hemos podido confirmar que su empleo de forma eficaz requiere de una clara y firme voluntad política.

Por otra parte, también hemos podido constatar que su inherente carácter expedicionario influye no solo en la forma en la que se organizan, adaptadas para ser rápidamente desplegadas y mantener un alto nivel de alistamiento; sino que también condiciona los equipos y sistemas de armas de los que se dota y que contribuyen a mantener las ante dichas capacidades. Sistemas de armas que por su especificidad no pueden improvisarse, sino que requieren de una detallada sincronización entre los actores concernidos para garantizar su disponibilidad cuando sean necesarios.

Desde el punto de vista de las cualidades personales, la fuerza de desembarco debe estar compuesta por soldados agresivos, adaptables  y capaces de actuar con iniciativa en todos los niveles de mando. Cualidades que normalmente representarán la diferencia entre el éxito y el fracaso de estas operaciones. Las unidades de Infantería de Marina deben huir de mandos rutinarios, carentes de iniciativa y pertenecientes a esa clase de individuos que siempre marchan a remolque de los acontecimientos en vez de procurar tirar de ellos, incapaces de adaptarse al cambio.

Para finalizar, el empleo de las operaciones anfibias durante la Segunda Guerra Mundial nos ha mostrado dos escenarios diferenciados. Las que se desarrollaron en Europa requirieron el control del mar con objeto de minimizar la amenaza que representaban los submarinos alemanes para emplear las capacidades anfibias y proyectar el poder naval en tierra. Sin embargo, aquellas que se llevaron a cabo en el Pacífico contribuyeron al control del mar a través de la proyección del poder naval en tierra para controlar estrechos e islas y así permitir la libre navegación.

Este último empleo, la proyección del poder naval para asegurar el control del mar, puede ser un ejemplo de la contribución de estas operaciones en el futuro, en un mundo caracterizado por la creciente importancia del entorno litoral. Un entorno cada vez más disputado entre actores estatales y donde la libre navegación se ve amenazada por la acción de los no estatales.

Samuel Morales es Teniente Coronel de Infantería de Marina (DEM) de la Armada Española y antiguo alumno del Máster on-lin en Estudios Estratégicos y Seguridad Internacional de la Universidad de Granada.


[1] Tucídides “Las guerras del Peloponeso” Ediciones Orbis S.A. Barcelona, 1986

[2] Diego Queipo de Sotomayor “Descripción de las cosas sucedidas en los reinos de Portugal” Manuscrito. Siglo XVII – XVIII. Disponible en: http://bdh.bne.es/bnesearch/biblioteca/Queipo%20de%20Sotomayor,%20Diego;jsessionid=9734FAF21EBFFD5A462C16439525DDA2

[3] B. H. Liddell Hart “The Value of Amphibious Flexibility and Forces” Royal United Services Institution. Journal, 105:620, 483-492. Londres, 2009. DOI: 10.1080/03071846009421139

[4] Almirante Roger Keyes “La guerra anfibia” Editorial Naval. Madrid, 1945

[5] Alfred Thayer Mahan “The Influence of Sea Power Upon History 1660-1783” Boston: Little, Brown, 1949

[6] Philib Colomb ”Naval Warfare, Its Ruling Principles and Practice Historically Treated” Naval Institute Press, 1990

[7] B. H. Liddell Hart. Op. Cit.

[8] Milan N. Vego, “Estrategia Naval y operaciones en aguas restringidas” Ministerio de Defensa de España. Madrid, 2003

[9] Milan N. Vego "On Littoral Warfare" Naval War College Review: Vol. 68: No. 2, Article 4. Newport, 2015. Disponible en: http://digital-commons.usnwc.edu/nwc-review/vol68/iss2/4

[10] Almirante Roger Keyes. Op. Cit.

[11] Hans Kannengiesser Pasha “The Campaign in Gallipoli” Hutchinson & Co. Ltd., 1928

[12] Almirante Lord Keyes. Op. Cit.

[13] Luis de la Sierra “La Guerra Naval en el Mediterráneo” Editorial Juventud. Barcelona, 2008

[14] Luis de la Sierra “La Guerra Naval en el Atlántico” Editorial Juventud. Barcelona, 2008

[15] Almirante Lord Keyes. Op.Cit.

[16] Almirante Lord Keyes. Op. Cit.

[17] Luis de la Sierra “La guerra naval en el Pacífico” Editorial Juventud. Barcelona, 2008

[18] B. H. Liddell Hart. Op. Cit.