Anders Behring Breivik: algunas consideraciones sobre la figura del ‘lobo solitario’ terrorista

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Análisis GESI, 7/2011

El caso de Anders Behring Breivik, el individuo que el pasado 22 de julio causó la muerte de 77 personas en Noruega presenta una serie de especificidades que conviene analizar.

En primer lugar, según él mismo reconoce en su manifiesto y según apunta hasta el momento la investigación, se trata de un lobo solitario, es decir, de un terrorista que actúa de manera individual e independiente, sin pertenecer o estar vinculado a ningún grupo terrorista. No es una figura desconocida. El lobo solitario se encuentra presente en el terrorismo anarquista de finales del siglo XIX y principios del XX, así como en un buen número de casos inspirados en diferentes ideologías durante las últimas décadas. Sin embargo, el terrorismo es por lo general un fenómeno colectivo, ya sea en células aisladas o en organizaciones extensas. De modo, que la actuación de un individuo solitario no deja de ser algo fuera de lo común.

En este análisis el término lobo solitario se aplica exclusivamente a los individuos que practican la violencia terrorista; es decir, que persiguen objetivos políticos y que tratan de condicionar el comportamiento de gobiernos o de grupos sociales a través del miedo. Constituye una categoría distinta de los asesinos en serie que actúan por venganza, trastorno mental u otro tipo de motivaciones, como por ejemplo fue el caso del joven surcoreano que en 2007 mató a 32 personas en el Instituto Politécnico de Virginia.

En segundo lugar, la propuesta ideológica de Breivik es tan singular que no se corresponde exactamente con las adscripciones ideológicas que le han otorgado algunos medios de comunicación internacionales. Por ejemplo, las de neonazi o fundamentalista cristiano.

Si se leen las algo más de mil quinientas páginas de su manifiesto (gran parte de ellas extraídas de diversas fuentes de internet) se observa que Breivik es muy crítico con los neonazis por la obsesión de estos contra los judíos. Reconoce también la historicidad del Holocausto, desprecia a Hitler, prohíbe explícitamente los símbolos nazis en los uniformes de la orden templaria que pretende crear, y declara su apoyo a Israel como aliado contra el islam y contra los yihadistas.

A la vez, y a pesar de las numerosísimas referencias a las cruzadas y de su extravagante proyecto de orden templaria, Breivik tampoco encaja con el perfil de lo que se entendería como un fundamentalista cristiano.

Breivik dedica uno de los apartados finales del manifiesto a auto-entrevistarse. En el fragmento sobre su vida privada reconoce que, aunque se define como cristiano, en realidad es una persona poco religiosa. De hecho, habla de cristianos practicantes, cristianos agnósticos y cristianos ateos sin que la distinción le parezca especialmente significativa. También es muy crítico con las Iglesias protestantes y con la Iglesia católica. Según él, el cristianismo es una identidad cultural antes que una relación personal con Dios. Identidad que debería convertirse en la definitoria de Europa en contraposición a la islámica.

Además, en el caso de que se le quisiera catalogar como fundamentalista no dejaría de ser extraña la pertenencia de Breivik a una logia masónica o su simpatía hacia la religión neopagana Odinista, como parte de su herencia cultural y como posible aliada en la lucha contra los musulmanes en Europa.

Por tanto, los rasgos claramente distintivos de Breivik son la islamofobia y lo que él entiende como nacionalismo conservador europeo. Su objetivo principal se reduce a instaurar una identidad cultural fuerte capaz de expulsar a los musulmanes de Europa. A partir de ello se deriva el resto de su programa político: rechazo de la izquierda relativista, multicultural, feminista y pacifista. Rechazo también del fascismo, del racismo y del nazismo, así como de la Unión Europea en cuanto institución y de Estados Unidos. Como alternativa: posicionamiento a favor del nacionalismo de los distintos países europeos, del pannacionalismo europeo, de la identidad cultural cristiana, de Israel, del conservadurismo y de las cruzadas.

El ultranacionalismo conservador de Breivik se encuadra sin duda en la extrema derecha. Sin embargo, no es sencillo encontrar un lugar suficientemente cómodo para tal amalgama de filias y fobias en las corrientes mayoritarias de dicha tendencia política. Esta circunstancia encaja con la figura de los lobos solitarios, que suelen crear sus propias ideologías combinando aversiones personales con objetivos políticos y sociales de carácter más amplio.

En ese sentido, un factor que podría explicar en cierta medida la singularidad de su inspiración ideológica, sería la existencia de algún tipo de problema psicológico. Hecho que también resultaría acorde con la categoría del lobo solitario.

Un rasgo llamativo de los terroristas que militan en grupos más o menos extensos es que por lo general se trata de personas normales. Sin embargo, en los lobos solitarios la proporción de individuos con algún tipo de trastorno de la personalidad es significativamente mayor que la media; lo cual no quiere decir que se trate de enfermos mentales sin responsabilidad penal. En el caso de Breivik habrá que esperar hasta que el equipo forense dictamine sobre su estado de salud. De momento, los expertos se inclinan por un trastorno de la personalidad (probablemente una psicopatía) que no le eximiría de culpa al ser consciente de sus acciones.

Un tercer elemento que conviene analizar del caso Breivik es que se sale por completo de los parámetros comunes por su elevada letalidad. Los episodios terroristas protagonizados por lobos solitarios suelen provocar un número relativamente reducido de muertes, si se compara con las acciones llevadas a cabo por grupos y organizaciones. Por ejemplo, Theodore Kaczynski (más conocido como Unabomber) mató a 3 personas y causó heridas a otras 23 durante dieciocho años de envío de paquetes explosivos. David Copeland, un neonazi que llevó a cabo una campaña terrorista en Reino Unido en 1999, provocó 3 muertes y heridas a 129 personas.

Hasta el momento los lobos solitarios más letales han sido los casos del supremacista blanco Joseph Paul Franklin, que mató a 18 personas en Estados Unidos entre los años 1977 y 1980, el del comandante médico Nidal Hassan, que protagonizó el tiroteo de Fort Hood (Texas) en noviembre de 2009 con un saldo de 13 víctimas mortales, y el de Mark Essex que mató a otras 9 personas en Estados Unidos entre finales de 1972 y principios 1973.

La relativa baja letalidad de los lobos solitarios se explica por las limitaciones operativas y la selección de blancos. El método armado empleado mayoritariamente son las armas de fuego (seguidas a distancia por los explosivos y los secuestros), lo cual reduce el daño de sus acciones, si se compara con las muertes que pueden provocar en un solo instante una o varias cargas explosivas con metralla. En los tres casos más letales que se acaban de señalar (Franklin, Hassan y Essex) los terroristas utilizaron armas de fuego.

Por otra parte, algunos lobos solitarios han sido muy selectivos a la hora de escoger sus víctimas. Joseph Paul Franklin concentró la mayor parte de sus acciones en parejas mixtas (personas de piel blanca y de color), mientras que Kaczynski las dirigió contra estudiantes, profesores y empresas de informática, así como contra directivos de grandes empresas, de acuerdo con su lucha para frenar el progreso técnico.

Sin embargo, en el caso de Breivik nos encontramos con una operación más compleja, planificada de manera minuciosa, durante largo tiempo y con extremo secreto. Breivik combinó el atentado con coche bomba como maniobra de distracción (pero también mortífera), con la astuta selección de una isla como escenario principal; lo que dificultó la huida de sus víctimas y la llegada de las fuerzas policiales. De manera perversa, Breivik hizo gala de una competencia técnica muy poco común, que tuvo como resultado la acción terrorista más letal cometida hasta la fecha por un lobo solitario.

Por último, y analizando el caso Breivik en un contexto más amplio, conviene preguntarse sobre sus efectos en las tácticas del terrorismo de inspiración yihadista en Europa.

En una obra igual de voluminosa que el manifiesto de Breivik, la Llamada a la resistencia islámica global (publicada en internet en enero de 2005), el sirio-español Mustafa Setmarian animaba a que la siguiente fase de la yihad estuviese protagonizada por individuos y grupos independientes que atentasen por cuenta propia. En los últimos años, tanto Al Qaida central como Al Qaida en la Península Arábiga han alentado a sus simpatizantes en Europa y Estados Unidos a actuar de igual manera.

Este tipo de llamamientos han encontrado eco en los sectores radicales. Desde mediados de la década de 2000 se ha incrementado sustancialmente la proporción de pequeños grupos independientes que han tratado de atentar en Europa por sus propios medios. También lo ha hecho el número de lobos solitarios, con al menos ocho casos contabilizados desde marzo de 2006.

Afortunadamente los lobos solitarios de inspiración yihadista que han actuado hasta ahora han sido escasamente eficaces. Las únicas excepciones son Arid Uka, un joven albanokosovar que en marzo de 2011 mató a dos personas al asaltar un autobús militar norteamericano en el aeropuerto de Frankfurt; y Roshonara Choudhry, una estudiante del King’s College de Londres, que en mayo de 2010 asestó dos puñaladas a un miembro del Parlamento británico (sin llegar a matarlo) por haber votado años atrás a favor de la guerra de Irak.

En casi todos los demás casos los terroristas trataron de emplear explosivos, seguramente por el deseo de emular acciones altamente letales, similares a las ejecutadas por células vinculadas a Al Qaida, y que atrajesen la atención de los medios de comunicación internacionales. Sin embargo, la dificultad que entraña fabricar explosivos caseros tuvo como consecuencia que ellos fueran las únicas víctimas de la explosión o que fuesen detectados a tiempo.

En la práctica, la opción por armas blancas o de fuego es mucho más asequible y sus efectos pueden resultar peligrosos, tal como demuestran las experiencias de Arid Uka y Choudhry. En Estados Unidos también lo avalan los tiroteos de Fort Hood y de Little Rock en 2009 (el de Little Rock se saldó con un militar muerto y otro herido). Por tanto, no es descartable que los próximos lobos solitarios y células (independientes o vinculadas a organizaciones) de inspiración yihadista en Europa traten de igualar el impacto mediático de la acción de Breivik y se decanten también por un empleo más frecuente de las armas de fuego.

Javier Jordán es Profesor Titular de Ciencia Política en la Universidad de Granada y miembro de GESI.

Editado por: Grupo de Estudios en Seguridad Internacional (GESI). Lugar de edición: Granada (España). ISSN: 2340-8421.

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