¿Se abre un nuevo escenario para Afganistán?

Versión para impresiónVersión para impresión

Análisis GESI, 5/2011

La muerte de Bin Laden ha puesto de nuevo en la agenda la cuestión de la presencia estadounidense en Afganistán. Es lógico, habida cuenta de que el detonante de la intervención militar fue la convicción de que ese país –entonces virtualmente en manos de los talibán- operaba como estado-santuario de Al Qaida. Y, en particular, del propio Bin Laden.

Y así fue. A diferencia de lo acontecido en la guerra de Irak, las razones esgrimidas para dar pie a la intervención resultaron ser perfectamente casables con la realidad. Cuestión distinta es que la teoría de los vasos comunicantes haya funcionado hasta el punto de que la presión sobre suelo afgano, y la compleja realidad socio-política pakistaní, hayan contribuido a que finalmente el líder de Al Qaida haya encontrado la muerte en el país vecino.

Entonces, ¿se acabó el problema? ¿Pueden darse por satisfechos en Washington? ¿Tiene sentido su presencia en Afganistán? La respuesta dista de ser fácil. Pero me inclino a pensar que si antes de la muerte de Bin Laden tenían motivos para estar allí, esos motivos no han desaparecido. Por una parte, parece evidente que Al Qaida es mucho más que su líder. Por más que haya sido descabezada, esta organización sigue poseyendo tentáculos por doquier. Alguno de los cuales está bastante arraigado en Afganistán (como también, de hecho, en Pakistán). Sobre todo a través de los talibán.

Mi posición al respecto es mucho más matizada que lo que dan de sí estas líneas. No todos los talibán son partidarios de respaldar a un movimiento islamista de matriz árabe con aspiraciones a instaurar un califato a gran escala. Eso es evidente. Como también lo es que algunos talibán sí son partidarios de mantener esos vínculos, ya sea por motivos de fondo, ya sea por puro tacticismo ante un enemigo común (los Estados Unidos, en este caso). Sea como fuere, lo cierto es que las conexiones existentes antes del fallecimiento de Bin Laden pueden mantenerse después de ese hecho.

Ni que decir tiene que se podrá objetar que no es necesario mantener una presencia militar permanente en Afganistán atendiendo a ese dato. O que, ya puestos, si tan eficaz es esa presencia, habría que pensar en extenderla a otros Estados. Lo cual nos conduciría a una espiral de violencia y a un escenario virtualmente imposible de gestionar por el gendarme mundial, ya se midan esas dificultades en clave económica, social o geopolítica. Por supuesto. Todas ellas son reflexiones pertinentes. Lo que aquí indico es que las cosas no han cambiado tanto, desde ese punto de vista. Si antes convenía estar en Afganistán para evitar el retorno de los talibán al poder, no parece que esa conveniencia haya sido alterada por los hechos.

Sin embargo, mi reflexión no termina aquí. Porque, en realidad, desde el momento en el que las tropas occidentales pusieron pie a tierra en ese país (y ahora no me refiero a los EEUU, sino también a las de ISAF) fueron comprobando día a día que la realidad afgana es muy compleja. No se trata de ningún tópico. El principal problema de Afganistán es que históricamente ha tenido graves problemas para constituirse en Estado. O en Nación. Lejos de esos parámetros, las guerras civiles han sido una constante. En el fondo, aunque los talibán fueron nutridos por las madrasas pakistaníes, su recepción y su fulgurante expansión en vastas zonas de Afganistán a partir de 1994 se debió a que aportaban una solución –aunque drástica y poco conciliadora con algunos derechos fundamentales- a los problemas derivados de la anarquía reinante.

Entonces, la cuestión que actualmente se plantea va mucho más allá de la muerte de Bin Laden. E incluso de su sucesión en Al Qaida. La cuestión se refiere a si Afganistán ya está listo para establecer un Estado digno de tal nombre, capaz de velar por la seguridad aquende sus fronteras. Porque, en caso contrario, este país volverá a ser escenario de cruentas guerras civiles de base etno-religiosa. A su vez, en la medida en que esto sea cierto, se convertirá (de nuevo) en un excelente escenario para la proliferación de actores transnacionales de dudosa reputación. Los grupos terroristas islamistas se contarán entre ellos.

Lógicamente, las misiones internacionales ni pueden ni deben prolongarse sine die. Eso no sería aceptable para ninguna de las partes (ni para el interventor, ni para el intervenido, ni para las futuras relaciones entre ambos). Una vez sentada esa premisa, aparece ante nosotros una segunda dificultad, que esta vez reside en dilucidar el momento en el que esos mínimos ya se dan. En conjunto, estos elementos nos sitúan ante un difícil dilema. Lo que está claro es que la muerte de Bin Laden no ha aportado tantas novedades como algunos creen en lo que a la resolución de dicho dilema se refiere.

No se trata de minimizar el impacto de su muerte a escala global. Para nada. Claro que en lo que al caso concreto de Afganistán se refiere, no podemos omitir que ese país ha sido una fuente de conflictos desde su precaria constitución como proyecto de Estado en 1747 (y, de hecho, desde antes de que eso sucediera) hasta nuestros días. Constantemente jalonado por una dilatada historia de desencuentros, suspicacias y rencillas entre afganos. Se ha vertido mucha sangre. Pero ese auténtico hervidero social ha operado con o sin Bin Laden. De hecho, casi siempre ha funcionado sin la intromisión de Bin Laden. Rectamente entendido, ni siquiera el fenómeno talibán es deudor de Al Qaida. Los vínculos antes comentados fueron larvados después de no pocos desencuentros entre el mulá Omar y el propio Bin Laden. Esa relación estuvo en la cuerda floja en varias ocasiones, aunque al fin se consolidara. Por lo tanto, la presencia de las tropas de la coalición en Afganistán puede ser discutida. Es más: debe serlo, siempre empleando los parámetros adecuados al caso del análisis político. Ahora bien, si finalmente se ejecuta la decisión de irse de allí, al menos que no sea porque Bin Laden ha muerto.

Esta tesitura sitúa a los decisores políticos ante el típico balance de pros y contras que deben ser ponderados a la hora de apostar si conviene o no proseguir con la misión en Afganistán. Entre los beneficios de la línea continuista cabe citar:

1) Profundizar en el proceso ya iniciado de reconstrucción del Estado, rentabilizando los esfuerzos ya realizados en los años precedentes y asegurando su viabilidad a medio plazo.

2) Estabilizar la zona para impedir o dificultar la proliferación de actores armados no estatales en un futuro próximo.

3) Acreditar ante propios y extraños las capacidades de la coalición para gestionar escenarios de crisis. Lo cual puede redundar en una mayor credibilidad de este tipo de misiones.

Entre los inconvenientes que habría que soportar en el caso de que finalmente se optara por no finiquitar la misión internacional cabe destacar:

1) Asumir el enorme gasto económico así como el desgaste socio-político y militar derivados de una misión que amenaza con dilatarse indefinidamente.

2) La hipoteca consistente en mantener en suelo afgano unas tropas y unos medios (tanto de combate como logísticos) que pueden ser necesarios en otros escenarios. Incluso a efectos puramente disuasorios.

3) Ofrecer excusas a grupos islamistas radicales para que puedan desatar su ira contra objetivos occidentales, dentro y fuera de Afganistán.

Llegados a este punto del análisis podría añadirse aquello de que la ciencia política ha hablado. Como casi siempre ocurre –no es un tópico- ninguna solución es perfecta. En política, como en otros órdenes de la vida, no hay cuadraturas del círculo que valgan. Es bueno que lo tengan en cuenta quienes, alegremente, son partidarios de que las respuestas sean casi aritméticas. Desgraciadamente, las cosas no son así. Ahora bien, no todo van a ser malas noticias: al menos contamos un buen diagnóstico de la situación. Y sabemos a qué atenernos en cada caso, que no es poco. Una vez dado este paso, en política como en medicina, la postrera reflexión se concentra en aplicar la mejor terapia posible, siendo conscientes de que todos los remedios verosímiles tienen alguna contraindicación.

Para saber más sobre Afganistán y sus vicisitudes políticas, se puede consultar la obra ¿Quo Vadis Afganistán? (Instituto Universitario General Gutiérrez Mellado, 2010).

Editado por: Grupo de Estudios en Seguridad Internacional (GESI). Lugar de edición: Granada (España). ISSN: 2340-8421.

Licencia Creative Commons
Bajo Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivadas 3.0 Unported