¿Qué factores impulsan la innovación militar?

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Análisis GESI, 12/2014

En análisis anteriores hemos estudiado en qué consiste la innovación militar y qué fases atraviesan los procesos de innovación. También hemos discutido si actualmente estamos o no inmersos en una Revolución en los Asuntos Militares. Así pues, una vez delimitado teóricamente el fenómeno de la innovación militar, llega el momento de preguntarse por los factores que la impulsan.

En este análisis vamos a ofrecer una visión general de las diversas ‘escuelas’ que han ido surgiendo para responder al por qué de las innovaciones militares. Para ello nos basaremos en la magnífica síntesis ofrecida por Adam Grissom (2007: 908-924), a la que añadiremos algunos matices introducidos por otros autores.

En su artículo sobre el ‘estado del arte’ de los estudios de innovación militar, Grissom distingue cuatro escuelas ‘clásicas’, a la que añade una quinta que a su juicio merece sobrada atención: la del modelo abajo-arriba y horizontal de innovación militar. Comencemos por la primera de las escuelas clásicas. 

 

Integración con los objetivos políticos del gobierno: el modelo civil-militar

Barry R. Posen (1984: 16) es el autor más destacado de esta corriente con su libro The Sources of Military Doctrine: France, Britain, and Germany between the World Wars. La premisa que subyace en el trabajo de Posen es que la doctrina militar ha de ser coherente con los objetivos de la ‘gran estrategia’ del Estado. Lo contrario menoscaba la utilidad de los ejércitos como herramientas de la acción exterior del gobierno.

Esa necesaria sintonía obliga a realizar ajustes según varía el entorno estratégico. Tales cambios, que afectan a la estrategia internacional del Estado, pueden derivarse de alteraciones en la distribución de poder en el sistema (declive y aparición de nuevas potencias), mejora de las capacidades militares de eventuales adversarios, u oportunidades derivadas de ciertos avances tecnológicos. Todo ello plantea la necesidad de innovaciones en los ejércitos, con el fin de que éstos mantengan su orientación hacia los objetivos exteriores del Estado.

De este modo, el motor de la innovación –según Posen– se encontraría situado fuera las organizaciones militares. El empuje principal provendría del nivel político. Y la innovación, o la falta de ella, sería resultado de las dinámicas civiles-militares. La influencia ejercida por los políticos y técnicos civiles podría ser directa (exigiendo los cambios a la cúpula militar) o indirecta, a través de algunos militares convencidos de la necesidad de la innovación. Posen denomina a estos militares ‘mavericks’ (un término inglés para referirse  a personas que se conducen con iniciativa e independencia). Los oficiales ‘mavericks’ actuarían como aliados de los responsables civiles, les proporcionarían asesoramiento técnico, e impulsarían el cambio dentro de la institución militar.  

En su libro Posen compara cómo innovaron las principales potencias europeas durante el periodo de entreguerras. Según este autor, el régimen nazi –con una clara orientación ofensiva, y ávido de victorias rápidas que evitasen a Alemania una nueva guerra de trincheras con enemigos en el Este y en el Oeste– forzó la innovación en la Wehrmacht y obtuvo la doctrina del Blitzkrieg como resultado. Por su parte, los líderes británicos, atemorizados por la amenaza del bombardeo estratégico de su territorio, obligaron a que la RAF innovase mediante el desarrollo del sistema integrado de defensa aérea. Por el contrario, los políticos franceses no lograron que su ejército innovase y, en consecuencia, sufrieron una aplastante derrota en la primavera de 1940. Más adelante, cuando profundicemos en esta escuela en otro análisis, veremos que los procesos de innovación a los que alude Posen fueron algo más complejos.

Sistema de defensa aéreo integrado de la RAF

Grissom (2007: 909-910) menciona los trabajos de diversos autores que han aplicado este modelo explicativo a otros casos de estudio. Por ejemplo, al I+D de la USAF en misiles balísticos intercontinentales (ICBM); a cómo respondieron los soviéticos a los cambios en la doctrina de la OTAN (particularmente a la del Follow-on Forces Attack); y a la mejora de la doctrina de contrainsurgencia (COIN) británica durante la guerra de Sudáfrica en comparación con el estancamiento teórico que experimentó el COIN en Vietnam durante las administraciones Kennedy y Johnson. En todos ellos la innovación fue resultado de las presiones de una coalición de responsables civiles con ‘maveriks’ militares.

 

Competencia inter-servicios

En España hablaríamos más bien de competencia inter-ejércitos. Esta escuela se basa en la premisa de que la escasez de recursos impulsa a competir y, en consecuencia, a innovar. Por ello centra su estudio en cómo los ejércitos aceptan y promueven el cambio con el fin de mantener –y en la medida de lo posible aumentar– su asignación presupuestaria. Es decir, según esta escuela y el resto de las que siguen los ejércitos innovan por iniciativa propia, sin necesidad de recibir presiones por parte del poder político.

En este contexto de disputa por el trozo de tarta presupuestaria, los ejércitos se mantienen atentos a la aparición de nuevas necesidades y misiones. Y, una vez identificadas, tratan de asumirlas desarrollando capacidades que requieren innovación. Otras veces, el nicho a ocupar no será completamente novedoso, sino más bien el replanteamiento de una antigua misión que sale de nuevo ‘a concurso’. En cualquier caso, el resultado será el mismo, los ejércitos competirán por hacerse con ella y de camino surgirá la innovación.

Según esta perspectiva, la inercia interna, que en circunstancias normales ralentiza o impide los procesos de innovación, disminuye cuando cada ejército se enzarza con los demás en batallas burocráticas que acaban decidiendo el reparto presupuestario.

En una línea similar, esta escuela mantiene que también habría más probabilidades de éxito para las innovaciones cuyos costes fueran asumidos por otro ejército. Pero en este caso, se trataría de una condición favorable más que un impulso propiamente dicho.

Grissom (2007: 910-913) menciona varios ejemplos donde ciertamente se aprecia la importancia de la rivalidad inter-ejércitos como motor de la innovación. Así, el programa de misiles Polaris (lanzado desde submarinos) gozó de un notable impulso dentro de la US Navy a finales de la década de 1950, gracias a la rivalidad existente con la USAF, que en aquel momento estaba trabajando en los ICBM Minuteman. Sin embargo, y esto validaría la teoría, el desarrollo décadas más tarde de los misiles Trident (también para submarinos) resultó comparativamente menos innovador, ya que en aquel momento la rivalidad inter-ejércitos se había atenuado al aceptarse la existencia de la triada nuclear.

Misil balístico Polaris

Del mismo modo, la competencia entre el US Army y la USAF por el apoyo aéreo cercano (CAS en sus iniciales en inglés) impulsó las innovaciones relacionadas con los helicópteros de ataque por parte del ejército de tierra (descontento del CAS prestado por la USAF). Innovaciones que acabaron dando lugar al helicóptero de ataque AH-64 Apache y a las potentes Brigadas aéreas de las Divisiones norteamericanas. Por su parte, esta batalla burocrática llevó a que la USAF desarrollar su primer avión pensado exclusivamente para el CAS, el A-10 Warthog.

 

Competencia intra-servicio (o intra-ejército)

Stephen P. Rosen (1991) es el autor que sobresale en esta corriente. Las dinámicas y rivalidades que genera la innovación se producen entre las ramas, (en España las llamaríamos Armas), departamentos, o especializaciones de un mismo ejército (Tierra, Armada o Aire). Para esta escuela el proceso de innovación se encuentra marcado por dos etapas.

En la primera algunos oficiales de alta graduación se percatan de la existencia de nuevas necesidades generadas por el entorno estratégico que requerirían cambios dentro de su propio ejército. El mecanismo sería en cierto modo similar al de la adecuación entre los objetivos de acción exterior del Estado y la doctrina militar de la que habla Posen en el modelo civil-militar. Sin embargo, en el modelo de Rosen la iniciativa es interna, surge del seno de las fuerzas armadas. En esta primera fase esos oficiales senior, apoyados también por cuadros intermedios, desarrollan lo que Rosen (1991: 20) denomina 'una teoría de la victoria’, una explicación de las necesidades que se plantearán en la siguiente guerra y cómo deberá combatirse para vencer en ella.

Rosen aclara que esa nueva teoría deberá traducirse en nuevas tareas y misiones críticas a realizar, tanto en tiempo de paz como de guerra. Dichas tareas serán las que afecten realmente al modo como se conduce la organización militar. De hecho, lo cierto es que el término ‘teoría de la victoria’, pese a su atractivo formal, resulta excesivamente ambicioso cuando se contrasta con las innovaciones que resultan de este modelo. No es infrecuente que en la literatura norteamericana de Ciencias Sociales se empleen palabras con una clara orientación al marketing del término pero que se demuestran pobremente conceptualizadas cuando se analizan despacio. En realidad lo que Rosen denomina ‘teoría de la victoria’ sería la argumentación teórica que justifica y fundamenta la innovación. Y ello a pesar de que, tanto la teoría, como la innovación en sí misma tengan a veces una repercusión moderada en el conjunto de la efectividad del ejército.  

Siguiendo con el proceso, en esta primera fase, además de elaborarse la teoría que sustenta el cambio, también se produce un debate intelectual dentro del propio ejército. En dicho debate los promotores del cambio buscan aliados y recursos para conseguir la aceptación de su teoría y consiguiente implementación.

La segunda etapa suele ponerse en marcha cuando aún se está librando la batalla intelectual de la primera y consiste en crear vías orgánicas que aseguren la continuidad del cambio operado por la innovación. Según Rosen (1991: 20-21), un aspecto clave a la hora de ejercer influencia dentro de las organizaciones militares es el sistema de ascensos. Durante el debate intelectual los oficiales senior promotores del cambio tratan de ganarse para su causa a oficiales brillantes de nivel intermedio. Conforme éstos abrazan la nueva teoría, los oficiales senior van preparando itinerarios específicos para promocionar a los oficiales más jóvenes. Esos itinerarios específicos están relacionados con el cambio que entraña la innovación e incluso pueden llegar a suponer la creación de una nueva rama dentro del ejército (como fue en su día la aviación naval o las unidades de helicópteros de las fuerzas terrestres). Además de conducir a esos oficiales jóvenes a posiciones de responsabilidad según se vaya produciendo el relevo generacional, esas trayectorias profesionales garantizan la consolidación del cambio. 

En muchos casos la creación de esos itinerarios no seguirá un camino expedito y los oficiales senior tendrían que librar arduas batallas burocráticas para vencer las resistencias e inercias institucionales. La viabilidad última de la innovación dependerá del resultado de dichas lides.

El modelo propuesto por Rosen combina por tanto la perspectiva del realismo estructural (innovación como respuesta a los cambios del entorno estratégico) con elementos de teoría de las organizaciones (dinámicas dentro del ejército para hacer valer el cambio en los planos teórico y práctico).

Al igual que hace con los otros dos modelos, Grissom señala varios casos de estudio que se explican mejor desde esta tercera perspectiva. Uno de ellos son las innovaciones experimentadas por las unidades de operaciones especiales de las fuerzas armadas norteamericanas tras la creación del Mando de Operaciones Especiales (US SOCOM). Gracias a la puesta en marcha de ese Mando se abrieron vías de promoción profesional de alto nivel a miembros de la comunidad de operaciones especiales, lo que permitió que ésta ganase influencia dentro del Departamento de Defensa y asumiera nuevas misiones durante las décadas de 1980 y 1990 como, por ejemplo, antiterrorismo y lucha contra la proliferación nuclear.

Otro ejemplo sería la innovación relacionada con la integración del misil de Tomahawk en la US Navy. Los oficiales la flota de superficie de nivel alto, aliados con oficiales de nivel intermedio, presionaron para lograr la incorporación de misiles de crucero capaces de atacar objetivos terrestres. Al hacerlo chocaron con la comunidad de oficiales de la aviación embarcada, que consideraba el ataque a tierra una misión exclusiva de ellos. Y que a su vez preferían que el I+D en misiles navales se volcara en misiles antiaéreos que, entre otros cometidos, mejoraban la protección de los portaviones. La situación se resolvió a favor de los partidarios del Tomahawk cuando los oficiales de la flota de superficie consiguieron sumar a su bando a oficiales de la comunidad submarina y a civiles que ocupaban puestos de responsabilidad en el Pentágono.

 

Modelo cultural

El cuarto modelo presta atención a los factores de índole cultural que afectan a los procesos de innovación. Según Theo Farrell y Terry Terriff (2002: 7-10), la cultura –entendida como un conjunto de creencias subjetivas sobre el mundo social y natural que define los actores, la situación de éstos y las posibilidades de acción– es un factor clave a la hora de entender por qué un ejército tiene determinados objetivos, estrategias y modos de operar. Es decir, la cultura influye –a menudo de manera implícita– en la dirección que adoptará la innovación. Como es fácil de intuir esta corriente hunde sus raíces en el constructivismo y en su aplicación creciente a las cuestiones de seguridad desde principios de la década de 1990.

Por ello, las transformaciones culturales –tanto de la cultura estratégica de la sociedad y sus élites, como la cultura organizacional de la institución militar–pueden convertirse en un potente motor de innovación en los ejércitos. Y tales procesos de cambio pueden tener a su vez tres orígenes diferentes:

  • El primero es un cambio pre-planeado. Se produce porque los líderes del cambio (según modelo de rivalidad intra-ejército de Rosen) o los responsables civiles en alianza con militares maverick (según el modelo de Barry Posen) tratan de modelar la cultura estratégica de la sociedad o la cultura organizacional del ejército con el fin de modificar la doctrina y conducta de éste. Dichos líderes hacen por tanto un uso instrumental de la cultura en apoyo del cambio previsto (y en el que habitualmente creen; no es una simple manipulación). Farrell y Terriff aclaran que este proceso es a menudo lento e incierto, sujeto a las luchas burocráticas que Rosen señala en su modelo.
  • El segundo tipo de origen es a consecuencia de un shock externo. Farrell y Terriff ponen como ejemplo la cultura estratégica antimilitarista que arraigó en Japón y Alemania tras la derrota en la Segunda Guerra Mundial. En un análisis anterior vimos cómo el trauma post-Vietnam se tradujo en diversos cambios en el US Army y que uno de sus resultados indirectos fue la doctrina del AirLand Battle. Los atentados de Washington y Nueva York en septiembre de 2001 también pusieron en marcha un proceso de cambio de cultura estratégica y organizacional en Estados Unidos, y así lo han hecho también las experiencias posteriores de Irak y Afganistán.
  • En tercer lugar, el proceso de cambio cultural puede deberse al contacto con otros ejércitos, poniendo en marcha mecanismos de emulación. Farrell y Terriff mencionan el caso de la revolución Meiji en Japón. En sentido contrario, la ausencia de cambios culturales puede obstaculizar los procesos de emulación, a pesar incluso de que se produzcan shock externos a favor del cambio. Farrell y Terriff mencionan el fracaso de las reformas militares de Turquía durante los siglos XVIII y XIX. Aunque habían sido derrotadas por los ejércitos de Rusia y Austria, las élites otomanas no trataron de emularles pues pensaron que imitar a los infieles pondría en peligro las bases culturales y religiosas de su imperio.

 

Al igual que sucede con los modelos anteriores, Grissom (2007: 917-919) alude a varios ejemplos que emplean esta perspectiva. Elizabeth Kier (1995) explica cómo el ejército francés se ancló durante el periodo de entreguerras en una doctrina defensiva, y en un concepto de operaciones metódico (bataille conduite) y alejado de la complejidad que entrañaba la ofensiva y el empleo combinado de las armas, por el convencimiento de los responsables militares de que un ejército de reclutas con un servicio militar no suficientemente prolongado sería incapaz de combatir un modelo de guerra más elaborado. En este caso, más que la innovación, la cultura influyó en la ausencia de ella.

De modo similar, Eric R. Giordano (2003) argumenta que en la década de 1990 el US Army siguió proporcionando a los soldados y a las unidades tamaño compañía y batallón un adiestramiento exclusivamente pensado para la guerra convencional, a pesar de que el Field Manual 100-5 Operations de 1993 prestaba una enorme atención a las ‘otras misiones distintas a la guerra’, como por ejemplo, el mantenimiento de la paz. La cultura institucional provocaba un divorcio fáctico entre el cambio doctrinal y la conducta real del ejército.

 

Innovación horizontal y abajo-arriba

Se trata de una perspectiva apenas desarrollada desde el punto de vista teórico. De hecho, todavía no puede decirse que sea una escuela consolidada en el estudio de la innovación militar. Adam Grissom (2007: 920-924) rompe una lanza a favor de ella, al advertir de la existencia de anomalías empíricas que las cuatro escuelas precedentes no explican de manera satisfactoria. Todas ellas adoptan un enfoque top-down en el diseño e implementación de los procesos de innovación. Incluso el modelo cultural. Pues, en buena medida, los valores y creencias de la organización se generan, mantienen y difunden desde la jerarquía de las organizaciones militares.

Sin embargo, tal como apunta Grissom, la historia militar ofrece numerosos ejemplos de innovaciones que han seguido una dirección abajo-arriba y horizontal. Uno de ellos es el que ofrece Robert T. Foley (2012) en su estudio sobre las innovaciones que llevó a cabo el ejército alemán en el frente occidental entre los años 1916-1918, y que se plasmaron en la defensa en profundidad y en otras mejoras continuas de su sistema defensivo. Fueron cambios desarrollados por las propias unidades tácticas; y se diseminaron entre ellas, sin esperar la aprobación de instancias superiores. De manera tentativa, Foley (2012: 812-820) señala algunos factores que contribuyeron a ese tipo de innovación: doctrina central abierta; cultura propensa al aprendizaje, unida a un buen sistema de lecciones aprendidas; un sistema de Estado Mayor donde no se favorecía la ‘apropiación’ de ideas; y, por último, un sistema de adiestramiento descentralizado.

Otro ejemplo, es cómo el cañón antiaéreo Flak 18/36 de 88mm se convirtió en una de las principales armas contracarro de la Segunda Guerra Mundial. El episodio es bien conocido por los interesados en la historia militar española. El 10 de marzo de 1938 una batería antiaérea de la Legión Cóndor alemana que acompañaba a la 150 División del bando nacional en la batalla de Belchite se vio sorprendida por un contrataque de carros BT-5 republicanos. A pesar de que los Flak no tenían munición anticarro, ni sistema de puntería contra objetivos terrestres, fueron capaces de repeler el asalto y de destruir varios de los carros (Proctor, 1983: 190-194). La experiencia se difundió pronto en el ejército de tierra alemán (la batería pertenecía a la Lutwaffe) y los Flak 18/36 desempeñaron un papel reseñable en la campaña de Francia y, algo más tarde, un rol fundamental en el Afrika Korps de Rommel.

Asimismo, Grissom (2007: 928-929) pone otro ejemplo más reciente con el empleo innovador del sistema de mando y control digitalizado Force XXI Battle Command Brigade and Below (FBCB2), que equipaba todos los vehículos de algunas unidades experimentales desplegadas en Irak durante la invasión y durante el periodo posterior de contrainsurgencia. En la práctica, las fuerzas sobre el terreno supieron darle usos que no habían previsto inicialmente los desarrolladores del sistema: desde conducir en situaciones de nula visibilidad en medio de una tormenta de arena (guiándose con los iconos y los obstáculos sobre el terreno que representaba la pantalla), hasta planificar asaltos contra determinadas casas empleando imágenes proporcionadas por el sistema, pasando por la coordinación con otras unidades gracias a su herramienta de mensajería y chat que en principio había sido pensado para funciones burocráticas.

Pero, como decimos, a pesar de su importancia e interés, este tipo de innovación se encuentra aún por teorizar. No es un asunto fácil. El número de actores que participa en la innovación horizontal y abajo-arriba suele ser muy elevado y, además, se trata de procesos que incluyen cadenas causales tácitas. Por tanto, cuesta encontrar evidencias en los archivos históricos que permitan desenmarañar la causalidad de los procesos. Especialmente si estos han tenido lugar en tiempo de paz. Y, a falta de pruebas empíricas, construir un cuerpo teórico que permita establecer condiciones necesarias y suficientes para que se den este tipo de innovaciones es una tarea ardua, sino impracticable.

 

Finalizamos la revisión general del por qué y cómo de los procesos de innovación militar. A pesar de sus diferencias, estas escuelas no son excluyentes entre sí, y su valor explicativo depende en buena medida del caso histórico al que se aplique.  

 

Editado por: Grupo de Estudios en Seguridad Internacional (GESI). Universidad de Granada. Lugar de edición: Granada (España). ISSN: 2340-8421.

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