¿Hacia una Universidad de la Defensa?

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En un número del mítico Deme Nota[1] de la Academia General Militar, un parte ficticio de arrestados (una ficción realista, en cualquier caso) daba testimonio del arresto de un cadete por “hacer un examen de mantenimiento con la mafia de economía”[2].  Nadie dudaba de la bondad de las respuestas, pero sí de su adecuación a las preguntas que se planteaban.

Todo esto viene a cuento del actual sistema de enseñanza superior militar[3], un sistema dual que hace que los futuros oficiales sean simultáneamente alumnos de dos centros diferentes (la Academia respectiva y el CUD) y reciban al final de sus carreras dos títulos distintos: uno militar, que desde la puesta en marcha de la ley 39/2007 carece de valor académico, y un título civil de grado.

Creo que no se puede discutir que la plena adaptación de la enseñanza superior militar a estándares universitarios es algo positivo (es una buena respuesta, volviendo al ejemplo de Deme Nota con el que comenzaba el post). Vivimos en una sociedad del conocimiento y la universidad, con su organización y su funcionamiento modernos, está precisamente optimizada para la creación, actualización y transmisión de conocimiento. En pleno siglo XXI la universitarizacion de la enseñanza militar superior no debería ser discutible, entiendo. Lo que sí se puede discutir es si el modelo consagrado por la ley 39/2007 es el idóneo. O, lo que es casi lo mismo, si es la respuesta correcta a la pregunta planteada, si ha respondido a las esperanzas que se habían depositado en él.

 

Un caso de obsolescencia (quizá no programada)

“Hoy las ciencias adelantan que es una barbaridad”, decía Sebastián, el amigo de don Hilarión, en La verbena de la Paloma. Y desde entonces la cosa ha ido a peor, se ha complicado aún más. ¿Dónde está, por ejemplo, aquel Iphone 4 que tanta ilusión nos hizo en 2010? Y es que tanto aparatos como ideas quedan obsoletos con rapidez. Unas veces, por diseño (obsolescencia programada). Otras, porque así son las cosas.

En este contexto, creo que es legítimo que nos preguntemos si el novísimo plan de enseñanza superior militar que arrancó a principios de la actual década sigue siendo plenamente válido (le dernier cri, se diría en otras épocas) o si empieza a mostrar signos de obsolescencia. Me atrevería a decir que es más cierto lo segundo, que empieza a notarse la erosión del tiempo. Tres detalles sobre tres problemas distintos:

  1. Homologación. Se ha hablado de los alumnos del nuevo plan como de “los tenientes mejor preparados de la historia”[4], pero también se podría hablar de ellos como de los “menos titulados de los últimos cincuenta años”. En efecto: salen de la Academia con un título de grado (MECES nivel 2), mientras que los de planes anteriores lo hacían con una titulación equivalente a la de Licenciado, que un Acuerdo del Consejo de Ministros ha equiparado al nivel 3 de MECES (master)[5]. Paradójico, ¿verdad? En países como Francia o Bélgica, que también han adaptado plenamente a Bolonia su sistema de enseñanza militar superior el nivel de salida es master, no grado.
  2. Salidas profesionales. Una de las ambiciones del plan novísimo era facilitar salidas profesionales alternativas a la carrera militar a aquellos oficiales que, por diversas causas, quisieran abandonar las Fuerzas Armadas[6]. Lo que pasa es que, como cualquier habitual de infojobs (o de otros portales de empleo) puede atestiguar, la demanda de ingenieros de cuarenta años de edad sin ninguna experiencia es prácticamente nula. Sí hay alguna demanda de ingenieros “recientemente graduados” (“recientemente” quiere decir en los dos últimos años, quizá tres) sin experiencia, pero es para puestos de becario o similares. El problema es que, por razones principalmente económicas, el teniente que al enfrentarse con el día a día de la profesión militar descubra que no le atrae demasiado es difícil que acepte un puesto de becario. Tiene que estar muy desesperado (o desesperada).
  3. El número de aspirantes. Hace diez años el número de aspirantes por plaza era bastante bajo, y uno de los argumentos que se utilizó para apoyar la introducción del plan novísimo fue que, por su nuevo enfoque, resultaría atractivo para un círculo mayor de posibles aspirantes. Por cierto, que un argumento similar se empleó a finales de los años sesenta en las discusiones que condujeron a la puesta en marcha del Plan 1973. Lo que pasa es que el número de vocaciones militares parece estar inversamente correlacionado con la situación económica del país (es decir, con la facilidad de los jóvenes para conseguir empleos de calidad). Cuando la economía va bien y no hay problema para encontrar empleo (años 60, años 2000s), el número de aspirantes a las Academias militares baja. Es una carrera dura y peor pagada que otras que requieren un esfuerzo similar. Si la economía va mal y no hay empleo, entonces aumentan los aspirantes (porque, como decían los viejos militares, “el sueldo es bajo, pero seguro”). Así ocurrió a partir de la crisis económica de los años 70, y así está ocurriendo ahora. Es la ley de la oferta y la demanda, más que el atractivo del plan de estudios, lo que parece tener un efecto determinante.

 

Evaluando políticas públicas

José Luis Escrivá ha escrito en El País [7] que “el diseño de políticas públicas [esté] basado en meras intuiciones o prejuicios [es] cada vez menos aceptable. Por el contrario, la evaluación posterior de las medidas aplicadas debe ser la norma. Los recursos son limitados y su uso eficaz es clave para alcanzar los objetivos deseados con las políticas”.

En los años setenta la interesante experiencia del Plan 1973 (en el Ejército de Tierra se suele hablar de “Plan Olivares”, por el nombre del que fuera entre 1970 y 1973 Director de Instrucción y Enseñanza del Ministerio del Ejército) fue cancelada sin que hubiera llegado a salir de la Academia la primera promoción que lo seguía, sin poder saberse en realidad si sus resultados eran positivos o negativos. Si hemos aprendido algo en los últimos cuarenta años, el sistema debería, al menos, ser objeto de una evaluación rigurosa, en línea con lo que pide Escrivá.

¿En qué sentido? Entiendo que en tres diferentes (aunque para alguno de ellos solo se disponga de momento de información preliminar):

  1. Calidad militar de los nuevos oficiales. La primera promoción del actual sistema, la LXXX, se graduó en 2015 y ya ha podido ser evaluada en tres ocasiones. Las dos promociones siguientes también han sido evaluadas. Es verdad que el actual sistema de evaluación no es perfecto, pero es el que hay y se está utilizando para la clasificación de personal para los empleos superiores. La comparación de datos con los que se obtenían antes de la reforma puede ser interesante.
  2. Asimilación por parte de los nuevos oficiales del espíritu universitario de curiosidad e innovación. Si el sistema ha tenido éxito, los nuevos oficiales estarán mucho más inclinados que los anteriores a continuar su formación superior, a colaborar en la generación de nuevo conocimiento y, en consecuencia, a publicar en revistas científicas (o profesionales). Una comparación de la situación actual con la que podía advertirse hace diez años podría ser muy ilustrativa[8].
  3. Orientación de los estudios militares de grado hacia la ingeniería. Interesaría investigar si los estudios de postgrado y las publicaciones especializadas de los nuevos oficiales profundizan en la rama de conocimiento en la que se iniciaron (ingeniería de la organización industrial) o corresponden a otras especialidades (relaciones internacionales, historia, estudios sobre seguridad, etc.). Porque, claro, si la mayor parte de los nuevos oficiales se interesara, sobre todo, por la ciencia política o por la conflictología, quizá tendría más sentido haber dado desde el principio de su formación de grado más peso a este tipo de disciplinas. En estos momentos sería posible disponer ya de algunos resultados preliminares, aunque habría que esperar aún algunos años para disponer de datos concluyentes.

¿Y a cuento de qué venía la alusión a una posible “Universidad de la Defensa” con la que titulaba el post? Pues a cuento de que si las respuestas a las tres preguntas anteriores (y a alguna más que, por no complicar demasiado las cosas, me he dejado en el tintero) no fueran plenamente satisfactorias entonces quizá es que estemos intentando superar el examen utilizando las respuestas correctas, pero de otra asignatura.  Y a cuento de que después de haber atravesado toda serie de etapas intermedias (el Plan 1973, con su Curso Selectivo; el “plan novísimo”, con sus CUD), quizá estemos ya en condiciones de aprobar la asignatura, siempre pendiente, de la creación de una auténtica Universidad de la Defensa. Con la esperanza de que ello sirva para que (todas) las preguntas pertinentes encuentren por fin respuestas correctas.

José-Miguel Palacios es Coronel de Infantería y Doctor en Ciencia Política.


[1] Deme nota. (2016, 17 de agosto). Wikipedia, La enciclopedia libre. Fecha de consulta: 06:50, julio 13, 2018 desde https://es.wikipedia.org/w/index.php?title=Deme_nota&oldid=93010624.

[2] Número 2, de 18.11.1978, pg. 5. Ver https://es.scribd.com/document/46137588/Deme-Nota-02-1978-79. En jerga académica la “mafia” es el conocimiento previo de la totalidad o de parte de las preguntas de un examen. Se cree que la principal (aunque no siempre única) de las fuentes de la mafia son las filtraciones (voluntarias o involuntarias) por parte de los profesores.

[3] La información más completa que conozco sobre la gestación y desarrollo del actual sistema de enseñanza militar (en el resto del post lo llamaré “sistema novísimo”) es la que proporcionan José Izquierdo Navarrete, Ángel Aparicio Cámara y José Ramón Ortiz de Zárate y Ortiz de Zárate en el capítulo titulado “El modelo de enseñanza de 2010”, del libro de los mismos autores La Academia General Militar, Institución Fernando el Católico (CSIC), Zaragoza, 2011, pp. 325-377. Es difícil encontrar en una publicación oficial un ejercicio similar de honestidad intelectual y de transparencia, lo que honra a sus autores y a los superiores que autorizaron la publicación.

[4] Ver, por ejemplo, Armas y Cuerpos (Suplemento), N.º 375 (Julio de 2014), pg. 1. http://studylib.es/doc/8294882/haga-click-aqu%C3%AD-para-su-descarga (acceso: 13.07.2018).

[5]  Según el Acuerdo del Consejo de Ministros de 23 de junio de 2017, por el que se determina el nivel de correspondencia al nivel del Marco Español de Cualificaciones para la Educación Superior del primer empleo militar obtenido en la Escala Superior de Oficiales de las Fuerzas Armadas, al amparo de lo dispuesto en la Ley 17/1989, de 19 de julio, Reguladora del Régimen del Personal Militar Profesional y en la Ley 17/1999, de 18 de mayo, de Régimen del Personal de las Fuerzas Armadas. El Acuerdo no hace expresamente referencia a alumnos de planes anteriores, pero parece que se les debería hacer extensivo, ya que la enseñanza superior militar equivale oficialmente a la universitaria desde la según Ley 97/1966, de 28 de diciembre.

[6] El plan podrá ser novísimo, pero la ambición a la que nos referimos es bastante antigua. A cualquier responsable militar de personal le gustaría disponer de la totalidad de los oficiales durante los empleos de teniente y capitán, y luego poder prescindir del 75% de ellos cuando, con el ascenso a comandante (entre los 35 y los 40 años), empiece a verse quién puede llegar hasta lo más alto y quién se quedará, probablemente, en el camino. Artículos sobre este tema publicados en los años setenta no han perdido actualidad. Ver, por ejemplo: CAILLETEAU, François (1979). Réflexions sur la reconversion civile des officiers. En Revue Défense Nationale, Nº 384 (enero de 1979).

[7]  ESCRIVÁ, José Luis (2018, 12 de julio). La cultura del análisis de datos. En El País, 12.07.2018. https://elpais.com/elpais/2018/07/12/opinion/1531387051_341065.html (acceso: 13.07.2018).

[8] En publicaciones profesionales (en particular, en la revista Ejército, la más importante de ellas), así como en otras tribunas de pensamiento militar o sobre defensa (como seguridadinternacional.es, por ejemplo), la mayor parte de los colaboradores militares son coroneles o tenientes coroneles. Además, esta tendencia parece que se ha acentuado en los últimos años. Sin embargo, entre los civiles una parte significativa de las publicaciones corresponden a autores recientemente graduados.