Claves del conflicto entre Arabia Saudí e Irán

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Análisis GESI, 25/2018

Resumen: En este análisis nos proponemos identificar las claves explicativas de la rivalidad entre saudíes e iraníes que discrepan en muchos campos incluyendo la denominación del Golfo que baña su litoral, Golfo Pérsico para los iraníes y Golfo Arábigo para los saudíes. Este análisis se vertebrará en dos partes. En una primera parte nos dedicaremos a presentar el entorno envolvente de esta relación. 

Nuestro punto de partida es que la política exterior de un país responde a los condicionantes, presiones y oportunidades de su entorno tal y como son filtrados por las instituciones, cultura e ideología del país. Retrocederemos hasta 2001, el año que cambió el mundo después de los atentados de las Torres Gemelas. La reacción norteamericana afectó la relación constructiva que habían forjado Riad y Teherán durante la década precedente.

En una segunda parte, nos detendremos en los vectores estructurales de la relación: la distribución de poder en la región, el antagonismo ideológico, el sectarismo, los intereses divergentes de estas dos economías rentistas, y la percepción de amenazas.

 

La evolución del entorno regional

El fin de la distensión

En abril de 2001 los Ministros del Interior de Irán y Arabia Saudí firmaron un Acuerdo de Seguridad en Teherán para luchar contra el contrabando, el crimen organizado, el tráfico de drogas, e impulsar la cooperación policial y el intercambio de inteligencia. Con este acuerdo culminaba así una etapa de distensión que se inició en 1991 cuando ambos países reanudaron relaciones diplomáticas una vez finalizada la guerra Irán-Iraq. Sin duda, los protagonistas del acercamiento fueron el presidente iraní Akbar Hashemi Rafsanjani (1989-1997)y el príncipe heredero saudí Abdulá (después Rey Abdulá entre 2005-2015).

Unos meses después de firmarse ese acuerdo de cooperación, Al-qaeda asesinaba a casi 3.000 personas en cuatro atentados en suelo estadounidense. La respuesta militar de Washington alteró la relación de fuerzas entre las potencias regionales y supuso el principio del fin de la distensión entre Riad y Arabia Saudí. El despliegue de 300.000 soldados norteamericanos para apoyar las intervenciones en Afganistán (2001) e Iraq (2003), avivó la sensación de cerco[1] en el régimen de los Ayatolás, con el que EE.UU. no mantenía relaciones desde 1979.

No obstante, con el colapso del ejército iraquí desapareció el contrapeso más sólido de Irán en el Golfo Pérsico. Una estructura tripolar de poderes –Arabia Saudí, Iraq e Irán – dejó paso a un Golfo Pérsico bipolar alrededor de Riad y Teherán. La caída de Sadam Husein y de los Talibanes abrió espacios para la influencia iraní, particularmente en Iraq donde los gobiernos de mayoría chií sustituyeron a la minoría suní como grupo dominante.

Por el contrario, Arabia Saudí, el país cuya nacionalidad compartían 15 de los 19 terroristas de los atentados de las Torres Gemelas y el jefe de Al-qaeda, Osama Bin Landen, se convirtió repentinamente en un aliado incómodo para EE.UU., garante de la seguridad saudí desde 1945. EE.UU. y Occidente comenzaron a criticar el Wahabismo, la corriente rigorista del Islam que está detrás del Islam oficial en Arabia Saudí y es también compartida por Al-qaeda o DAESH.

 

Tensión en el Levante

Entre 2005 y 2009 los acontecimientos en el Levante tensaron las relaciones entre Irán y Arabia Saudí. La ausencia de recursos energéticos y la existencia de Estados fragmentados y débiles ofrecieron oportunidades a ambos. La primera ocasión se presentó con la “Revolución de los Cedros” en el Líbano en 2005. El asesinato del primer ministro Rafik Hariri, padre del actual Saaed Hariri, desencadenó una oleada de protestas, principalmente entre los suníes, en contra de la ocupación siria y de Hizbollah e Irán, a los que acusaban de haber conspirado para asesinar al PM libanés. Así surgió la Coalición del 14 de Marzo que obtuvo el respaldo de Arabia Saudí[2], mientras que Irán se convirtió en el principal apoyo de la Coalición del 8 de Marzo que integraba a Hizbollah y a la facción cristiana del General Michel Aoun y agradecía a Siria los servicios prestados al Líbano durante la ocupación. 

Posteriormente la Guerra del Líbano en el verano de 2006 entre Israel y Hizbollah, a raíz de una provocación de esta última que acabó con varios soldados israelíes muertos y dos secuestrados, se saldó con un balance provisional para Israel. No fue únicamente una guerra más entre árabes e israelíes: esta vez, el principal actor árabe no era un Estado sino un partido - milicia, Hizbollah, creada, financiada y entrenada por un país no árabe, Irán[3].Durante seis semanas Hizbollah resistió la respuesta desproporcionada de Israel, el país con el ejército más potente de la región. Al final de conflicto, Hizbollah exhibía músculo lanzando más de 100 misiles diarios contra el norte de Israel.

La “Operación Plomo Fundido” contra HAMAS en Gaza durante 23 días en la Navidad de 2008también concluyó con un balance provisional para Israel. La desproporción de medios entre las partes despertó una enorme simpatía en el mundo árabe a favor de HAMAS, el movimiento cercano a los Hermanos Musulmanes, igual que con anterioridad había pasado con Hizbollah.

En clave regional, la Guerra del Líbano y la Guerra de Gaza se interpretaron como una victoria de Irán que demostró su capacidad para infligir daño a Israel, aliado principal de EE.UU. Al mismo tiempo esos dos conflictos incomodaron a Egipto y Arabia Saudí, que solamente condenaron a Israel cuando advirtieron la brecha creciente entre las autocracias gobernantes y la calle árabe mayoritariamente opuesta a Israel y favorable a Hizbollah y a HAMAS. Estos actores no estatales formaban parte del eje de resistencia a EE.UU. e Israel abanderado por Teherán. La República Islámica, a ojos de muchos árabes, se convirtió en el verdadero defensor de la causa palestina y la resistencia a Israel[4].

Al mismo tiempo, otro aliado de Irán y de EE.UU, el primer ministro iraquí, Nouri al-Maliki, consolidó su poder al desactivar al ejército del clérigo chií Moqtada al-Sadr e imponerse a Al-qaeda en Iraq, con la ayuda de EE.UU., en una guerra civil con fuertes connotaciones sectarias que entre 2006 y 2007 dejó más de dos mil muertos cada mes.

Para mayor consternación de Arabia Saudí el presidente iraní Mahmoud Ahmadinejad (2005-2013) se extendía en sus discursos sobre los progresos del programa nuclear iraní y del programa de misiles balísticos.

En 2009 la inquietud ante el avance de la influencia iraní en el Levante suscitó una iniciativa diplomática atípica entre Israel y los Emiratos Árabes Unidos. Sus embajadores en Washington presionaron a la nueva administración Obama para que ésta accediera a emprender una política de contención de Irán. Por su parte, el Rey Abdulá II de Jordania bautizó los avances de Irán en el mundo árabe con el nombre de Media Luna Creciente Chií, una esfera de influencia que inquietaba cada vez más a la Casa de Saud. Prueba de esta creciente preocupación con Irán son unos documentos filtrados por Wikileaks en los que se indica que el Rey Abdulá de Arabia Saudí (2005-2015) había urgido a los más altos dirigentes de EE.UU. a “cortar la cabeza de la serpiente” en referencia a Irán.

A pesar de las tensiones crecientes Riad y Teherán siguieron consultándose en los asuntos regionales en los que tenían intereses. En el Líbano, facilitaron acuerdos políticos entre Hizbollah y la coalición del 14 de marzo que salvaguardaron el sistema político nacido con los Acuerdos de Taif que pusieron fin a la guerra civil libanesa en 1989.

 

La ruptura: el epílogo de la Primavera Árabe

A partir de 2011, dos procesos independientes confluyeron en el empeoramiento de la relación entre Riad y Teherán: la Primavera árabe y el repliegue de EE.UU. de Oriente Medio.

Una oleada de revueltas populares y revoluciones, bautizada con el nombre de Primavera Árabe, sacudió el Norte de África y Oriente Medio y liquidó los regímenes autocráticos de Ben Ali en Túnez, Mohamed Gadaffi en Libia, Hosni Mubarak en Egipto y Ali Abdullah Saleh en Yemen. Se trataba de movimientos sociales, con un papel primordial de los jóvenes que constituyen dos terceras partes de la población de los países árabes y de Irán, así como de las redes sociales que catalizaron la movilización[5]. Las protestas carecían de liderazgo sólido y pronto derivaron en procesos contrarrevolucionarios o insurrecciones violentas y conflictos armados[6].

Irán y Arabia Saudí interpretaron y respondieron de forma distinta a la Primavera árabe. Durante los primeros compasea de 2011 parecía que Teherán fuese el único beneficiario de las convulsiones en el mundo árabe. La República Islámica acogió de buen grado las revueltas populares al considerarlas una continuación de la Revolución Islámica y una oportunidad para alumbrar gobernantes árabes más predispuestos a hablar con los Ayatolás (por ejemplo, los Hermanos Musulmanes en Egipto), y así modificar un orden regional contrario a los intereses de Irán.

Por su parte, la Monarquía Saudí, adalid del inmovilismo político y del statu quo regional, estaba preocupada con la caída de Hosni Mubarak en Egipto y la victoria electoral de los Hermanos Musulmanes, con el respaldo de la televisión catarí Al-jazeera y de los gobiernos de Catar y Turquía, y la llegada al poder en Túnez del partido islamista “Ennhada”. La Monarquía conservadora saudí se consagró, con carácter prioritario, a frenar la revolución y apoyó con inteligencia, fondos y cobertura diplomática el golpe del Mariscal Abdel Fattah al-sisi que depuso al presidente Mohamed Morsi en 2013[7].

Si en Egipto se intervino para evitar el contagio de la revolución y seguir contando con un régimen político afín en el tablero regional, en Bahréin y Siria los saudíes movieron ficha para contener a Irán. Con sus intervenciones en Bahréin al igual que Yemen después, Riad establecía la línea roja a la acción exterior iraní. Arabia Saudí, bajo el paraguas del Consejo de Cooperación del Golfo, y en aras de impedir la infiltración iraní envió una fuerza de casi 2.000 soldados a la isla-Estado de Bahréin para sofocar una revuelta de la mayoría chií contra la discriminación confesional a la que la tenía sometida la dinastía reinante suní. En Siria, el Rey Abdulá exigió la salida de Bachar al-Asad y respaldó la revuelta del Ejército Libre Sirio para torpedear al régimen de Bachar el-Asad, el único Estado árabe aliado del régimen iraní desde 1979.

Por su parte, Irán respondió brindando todo el apoyo posible al régimen sirio, único aliado árabe y ruta de aprovisionamiento de armas a Hizbollah, piezas claves ambos de la defensa adelantada de Irán. Las FF.AA iraníes han desplegado 5.000 soldados en Siria, que se suman a los 8.000 operativos de Hizbollah (The Military Balance 2018, página 365). Por otra parte, la expansión de DAESH en Iraq y Siria hasta acercarse a 40 kilómetros de la frontera iraní también forzó la intervención iraní en Iraq.

 

Estados Unidos y su influencia en la región

Estados Unidos ha sido la potencia principal de Oriente Medio desde al menos la retirada de los británicos de la región en 1968. “Offshore balancing” ha sido la estrategia encaminada a abortar la emergencia de una potencia hegemónica en Oriente Medio, responsable del 30% del petróleo mundial[8]. Con el presidente Bush hijo se dejó de lado para poner en marcha la estrategia de transformación regional orientada al cambio de régimen, con desastrosos resultados en Iraq y Afganistán. En 2007 Estados Unidos llegó a tener más de 300.000 soldados desplegados en la región.

Con el cambio de inquilino en la Casa Blanca en 2009, el presidente Barack Obama anunció en su discurso inaugural una retirada progresiva de Iraq que se completó en 2011[9]. La presencia militar norteamericana en Oriente Medio se desinfló desde un pico de 321.570 en 2007 a 32.034 efectivos en 2015 (IISS The Military Balance 2016).Un vector importante de la nueva estrategia de EE.UU en la región era evitar a toda costa verse arrastrado a los conflictos en Oriente Medio, salvo que estuviera en juego el interés nacional de EE.UU.  Durante la Primavera árabe Washington permaneció impasible a la suerte del régimen de Hosni Mubarak, aliado de Estados Unidos desde 1978. En 2013, el presidente Obama reculó e incumplió su amenaza de castigar al régimen de Bachar al-Asad si éste utilizaba su arsenal químico contra la población civil como había ocurrido en la masacre de Ghuta al este de Damasco.

Este repliegue de Estados Unidos, justamente cuando Irán aumentaba su influencia regional, molestó a Arabia Saudí. Estados Unidos ha sido el principal garante de la seguridad saudí y del resto de las monarquías árabes del Golfo desde 1945.La preocupación saudí se incrementaba a medida que se evidenciaba la confluencia de intereses de EE.UU. y de Irán en la lucha contra el DAESH en Iraq y Siria.

La Monarquía Saudí respondió a este entorno más incierto a través del rearme, incrementando su presupuesto militar en un 78% entre 2008 y 2015, y de intervenciones militares en el exterior. Estos cambios se acentuaron con la subida al trono del Rey Salman, en enero de 2015, y del príncipe heredero, su hijo y ministro de Defensa Mohamed bin Salman (MBS).En 2015, Arabia Saudí y Emiratos Árabes Unidos lideraron una coalición regional “Restoring Hope” que intervino en Yemen en apoyo del presidente internacionalmente reconocido, Abdo Rabu Mansur Hadi,para frenar la expansión de las milicias Hutíes[10], coaligadas con unidades militares leales al ex presidente Ali Abdullah Salleh. Para los saudíes se trataba de una cuestión de seguridad nacional: Riad no podía permitir que un aliado de Irán se hiciese fuerte en el su patio trasero.

En definitiva, Arabia Saudí adoptó una política exterior y de defensa más autónomas de Washington, menos predecible y menos adversa al riesgo, frente a la cautela, aversión al riesgo que la habían definido su acción exterior durante décadas.

La retirada de tropas norteamericanas alivió la sensación iraní de envolvimiento. No obstante, la presión militar fue sustituida por presión de índole económica: en 2011 Estados Unidos, Europa y la ONU endurecieron el régimen de sanciones económicas contra Irán a causa de su programa nuclear.  El PIB per cápita iraní empezó a caer en 2012 y para 2014 había perdido un 31%. La crisis económica se sumaba a la crisis política arrastrada desde la reelección amañada de Mahmoud Ahmadinejad en 2009 que provocó protestas multitudinarias contra el régimen. Todo ello contribuía a la crisis de un régimen distanciado cada vez más del pueblo. En 2013 el régimen de los Ayatolás se encontraba contra las cuerdas y el compromiso con Estados Unidos y Occidente fue el precio a pagar para garantizar la supervivencia del régimen [11].

Mientras que Arabia Saudí emprendía un camino autónomo de Washington, la República Islámica, a través del centrista Hasan Rouhani, elegido presidente en 2013,escogió el camino de la cooperación y la negociación con Estados Unidos. El 14 de julio de 2015 culminó un proceso inédito de negociaciones entre Irán y EE.UU. en el Plan de Acción Integral Conjunto (en adelante, el Pacto Nuclear). El quid pro quo del Pacto consistía en el establecimiento de limitaciones temporales de las capacidades del programa nuclear iraní a cambio del levantamiento de las sanciones internacionales[12].

El Pacto Nuclear mejoró la posición internacional de Irán y el levantamiento de las sanciones fue instrumental para superar la recesión económica que sufría Irán desde 2011, pero no fue bien recibido en Arabia Saudí. El Rey Salman temía que el fin del aislamiento diplomático, los ingresos económicos derivados del levantamiento de las sanciones y el acceso a los mercados de armas actuasen como factores catalizadores de la influencia iraní a sus expensas. También le preocupaba que EE.UU. pudiese cambiar de socio estratégico en Oriente Medio así como el aumento de la injerencia iraní en Hasa, la provincia oriental de población mayoritariamente chiita –que constituye entre el 10 y el 15 % de la población saudí-, un territorio estratégico al concentrar la riqueza petrolera del país.

Con o sin acuerdo nuclear lo cierto es que Irán había aumentado su influencia regional al final del mandato del presidente Obama. Los regímenes sirio e iraquí, con el apoyo militar iraní, se impusieron a sus enemigos, con la inestimable ayuda del poder aéreo de Rusia y EE.UU. respectivamente. Por el contrario, la intervención militar de Arabia Saudí en Yemen provocó una crisis humanitaria de impredecibles consecuencias y un daño irreparable a la imagen exterior saudí: las Fuerzas Armadas del país con el tercer mayor gasto militar en el mundo no han sometido  a las milicias hutíes en Yemen, el país más pobre de la región.

El incremento de las tensiones entre Riad y Teherán se tradujo en un deterioro significativo de sus relaciones bilaterales. A principios de 2016 la ejecución de un conocido clérigo chií por parte de las autoridades saudíes y el ulterior asalto a la embajada saudí en Teherán desencadenaron una ruptura diplomática. La muerte de 450 iraníes en una estampida en la peregrinación anual a La Meca agravó las relaciones entre ambos. La relación ha continuado en caída libre y las autoridades iraníes han responsabilizado a Arabia Saudí de estar detrás de varios atentados terroristas en suelo iraní desde junio de 2017, justamente después de que el príncipe heredero saudí MBS declarase que llevaría la batalla al corazón de Irán.

La llegada del presidente Donald Trump a la Casa Blanca en enero de 2017 condujo a un giro copernicano de la política exterior norteamericana en Oriente Medio. En su  primer viaje al extranjero, a Riad en mayo de 2017, el presidente republicano confirmó la prioridad de la lucha antiterrorista y añadió el respaldo inequívoco de EE.UU. a la política exterior y de defensa saudí[13].

Desde entonces se aprecia el alumbramiento de una nueva alianza estratégica entre EE.UU., Israel, Arabia Saudí y Emiratos Árabes Unidos, cuya misión principal es contener a Irán[14]. La política de confrontación con Irán no es un asunto exclusivo del príncipe heredero saudí Mohamed bin Salman. Otro hombre clave es Mohamed bin Zayed, príncipe heredero de Emiratos Árabes Unidos, según algunos, mentor del primero, y pieza de enganche con el gobierno israelí de Benjamin Netanyahu, un ardiente crítico de Irán.

Ha trascendido que las monarquías árabes e Israel comparten inteligencia, emprenden iniciativas diplomáticas de forma discreta e incluso brindan apoyo militar conjunto a las fuerzas egipcias en el Sinaí. En este acercamiento entre países que no mantienen relaciones diplomáticas con Israel tienen un papel primordial sus servicios de inteligencia.

El presidente Trump reafirmó su estrategia hacia Oriente Medio en la pasada primavera adoptando dos decisiones de calado en apoyo de los integrantes de esa nueva alianza estratégica. Por un lado, Washington trasladó su embajada en Israel de Tel Aviv a Jerusalén, satisfaciendo una demanda israelí. Por otra, el pasado 9 de mayo la administración Trump retiró a EE.UU. del Pacto Nuclear y reimpuso sanciones económicas contra el régimen iraní que entraron en vigor en agosto[15].

La retirada norteamericana del Pacto Nuclear ha desatado una crisis política y económica en Irán. La pérdida de 2/3 del valor del rial iraní, el aumento del desempleo y unas inversiones extranjeras muy tímidas han dañado el proyecto centrista del presidente Hassan Rouhani y han proporcionado una ventaja a la facción ultraconservadora que ahora considera factible destituir al presidente moderado y volver al poder. El vuelco estadounidense representa una nueva oportunidad para Arabia Saudí al colocar a su enemigo histórico contra las cuerdas.

 

Vectores estructurales

Junto con el empeoramiento del entorno regional existen una serie de factores estructurales y antagonismos viscerales sin los cuales difícilmente se puede entender el alcance de la competencia y la rivalidad entre Irán y Arabia Saudí.

Competidores naturales. La distribución del poder.

Durante décadas la multipolaridad y la dispersión del poder han caracterizado Oriente Medio aunque Arabia Saudí e Irán destacan en el tamaño de sus economías, capacidades militares, dotación de recursos energéticos, población, extensión y estabilidad política, por lo que esta distribución del poder les convierte en aspirantes naturales a la hegemonía regional[16].La coyuntura reciente de debilidad de sus vecinos árabes y de Turquía realza el papel regional de ambos.

La población iraní es equivalente a la suma de los países del Consejo de Cooperación del Golfo (que incluye A. Saudí, E.A.U, Catar, Bahréin, Omán y Kuwait) más Iraq. La población menor de 30 años en ambos países supera el 50%. Arabia Saudí es el país más grande de Oriente Medio seguido de Irán que es el país con más kilómetros de litoral en el Golfo Pérsico.

Arabia Saudí cuenta con la segunda economía más grande del mundo musulmán después de la economía turca. La economía saudí representa el 23% de la región MENA (sin Turquía) frente a la iraní que alcanza el 15%. Por su parte, el PIB iraní se queda por debajo del 60% del PIB saudí. Irán produce 3,7 millones de barriles de petróleo diarios, un poco más de la tercera parte de los que produce Arabia Saudí. El Reino del Desierto es el segundo país con las mayores reservas probadas de petróleo del mundo, seguida de Irán, mientras que éste alberga las mayores reservas probadas de gas natural del mundo después de Rusia.

El músculo económico saudí y el acceso ilimitado a los mercados internacionales de armamento, principalmente estadounidense y británico, han permitido a Arabia Saudí disponer de las Fuerzas Armadas mejor equipadas de la región, con la excepción de Israel(The Military Balance, 2018: página 358). Arabia Saudí gasta en armamento cinco veces más que los iraníes. La fragilidad económica, el aislamiento y las sanciones han frustrado la modernización de los  sistemas de armas iraníes, una debilidad que Irán ha compensado en parte a través de medios no convencionales.

El príncipe heredero saudí, MBS, es muy consciente de esta brecha económica y militar a favor de su país y en una reciente entrevista sostenía que Irán no es un rival para Arabia Saudí. No obstante, la superioridad militar-tecnológica saudí dista mucho de haber generado un poder real proporcional como tenemos ocasión de ver en este artículo.

El equipamiento con el armamento más avanzado o el músculo económico no garantizan por sí solos el poder real, como bien sabe Arabia Saudí, el país que más gasta en armas en Oriente Medio y el tercero en el mundo. Es la paradoja del poder. Por el contrario, el predominio de conflictos de baja intensidad proporciona una ventaja competitiva al maestro de la guerra asimétrica: Irán, un país que entre 2008 y 2014 redujo su gasto militar en más de un 30%.

 

El antagonismo ideológico

El vector ideológico adquiere peso en la carrera entre saudíes e iraníes a raíz dela Revolución Islámica de 1979. Anteriormente,las dinastías Saud yPahlevi, con el respaldo de EE.UU. y Reino Unido, colaboraron para combatir los movimientos radicales, nacionalistas y socialistas, especialmente a raíz de la caída del Rey Faisal de Iraq en 1958.

La República Islámica nacida en 1979 representó un desafío ideológico formidable para la estabilidad y seguridad de la Monarquía Saudí.Recordemos que el mar de fondo de la Revolución iraní derivaba del dispendio, la decadencia moral, la ostentación y la emulación de Occidente que hipotecaban al Saha los ojos del pueblo. Los radicales islamistas que se hicieron fuertes en la mezquita de La Meca ese mismo año realizaron estas mismas acusaciones contra la Casa de Saud.

El Imán Ruhollah Jomeini, máximo dirigente de la Revolución Islámica, rechazó la legitimidad de la monarquía como forma de gobierno. En su lugar, Jomeini propugnó la teoría “velayat e-faqih”, un gobierno islámico dirigido por un jurisconsulto que asume el poder religioso y político[17].Desde entonces, el carácter teocrático del régimen iraní ha despertado recelos en el régimen saudí, cuyos monarcas han dominado a las autoridades religiosas y se han asegurado así la legitimidad monárquica.

Por otra parte, la Constitución iraní de 1979 encomendó al nuevo régimen la defensa de los derechos de todos los musulmanes y el apoyo de la “justa lucha de los desheredados en cualquier punto del planeta”. La Constitución proclama así unas ambiciones que trascienden las fronteras iraníes, chocando en este punto con la proyección exterior de Arabia Saudí: la fuente principal de la legitimidad de la Casa de Saud descansa en la protección de los creyentes y del Islam –conviene recordar que el título de Guardián de los dos Santos Lugares en La Meca y Medina, que ostentan los reyes saudíes, eclipsa el título de reyes-. 

No obstante, la exportación de la revolución tuvo eco en el Líbano y esta estrategia fue eclipsada por la dedicación de la mayor parte de los recursos del Estado a la guerra contra Iraq entre 1980 y 1988.

Por último, la República Islámica nació como un actor revisionista del orden regional impuesto por EE.UU. y Reino Unido con la ayuda de la Casa de Saud y del Sah de Pesia. La desconfianza de los revolucionarios iraníes hacia Washington era mayúscula: Reino Unido y EE.UU. habían orquestado el golpe de estado que hizo caer en 1953 al nacionalista Primer Ministro Mohamed Mossadeq. El régimen de los Ayatolás conectó enseguida con el anticolonialismo y el anti-imperialismo predominante en las sociedades de Oriente Medio y desde entonces ha ido forjando un poderoso eje de resistencia a EE.UU. y sus aliados regionales: Arabia Saudí e Israel.

En 1979, Arabia Saudí había visto despejado el camino hacia el liderazgo regional una vez que Egipto, que ejemplificaba el modelo político del nacionalismo laico, había visto truncado su camino hacia la hegemonía regional con la derrota ante Israel en 1967. La Revolución Islámica provocó un realineamiento en torno a Arabia Saudí de la mayor parte de las monarquías árabesque surgieron en el s. XIX y XX gracias a los acuerdos de protección entre el Imperio Británico y las dinastías locales, y que continúan en la actualidad fiando su seguridad a la protección occidental. El Consejo de Cooperación del Golfo fue precisamente la estructura de cooperación que idearon en 1981 las casas reinantes en Arabia Saudí, E.A.U., Catar, Kuwait, Bahréin, y Omán para mantener el poder y frenar el contagio revolucionario procedente de Irán. Desde entonces Arabia Saudí ha liderado ese bloque prooccidental de monarquías árabes[18].

 

El factor sectario

La rivalidad entre Arabia Saudí e Irán se ha explicado en los últimos años como un conflicto sectario entre suníes y chiíes[19].Efectivamente Irán se ha identificado con la “shia”, partido de Alí, desde que el joven Sah Ismail (1487-1524) promulgase la conversión oficial del país al chiismo para apuntalar la identidad distinta de persas frente a turcos y árabes. Por su parte, la casa de Saud, artífice de la monarquía saudí, ha abanderado siempre el partido de la ortodoxia que se ciñe a la autoridad de la Sunna.

No obstante, existen dos dinámicas que oponen esta lectura sectaria de la rivalidad. En primer lugar, Irán, y también Arabia Saudí, no han tenido reparos a la hora de desbordar sus comunidades confesionales para ganar influencia regional. La República Islámica ha apoyado a HAMAS, un partido próximo a los Hermanos Musulmanes –ambos suníes-, contra Israel. Y en Siria, la desbandada del ejército sirio a partir de 2012 forzó a Irán no solo a desplegar milicias chiíes como Hizbollah, Badr, sino también a organizar, entrenar y financiar las Fuerzas de Defensa Nacional siria, un conglomerado de milicias tribales, políticas y religiosas mucho menos afines ideológicamente.

En el ámbito de la comunicación exterior los dirigentes iraníes, conscientes del status minoritario del chiismo en el Islam –apenas suponen el 13%-,han evitado una retórica sectaria que pudiese alejarles de la mayoría suní. El régimen iraní utiliza la palabra “takfiri”, “terrorista”, para referirse a DAESH, Al-qaeda o asimilados, en contraste con la retórica saudí de negación de los chiíes. La República Islámica pretende proyectar una imagen de país musulmán a secas. Junto con la identidad chií, el panislamismo, el nacionalismo y la revolución son principios de la política exterior que los dirigentes iraníes exaltan o evitan, según el caso, con un criterio de oportunidad, y en aras de garantizar la seguridad del régimen.

Por su parte, Arabia Saudí, desde que Haider al-Abadi se convirtió en Primer Ministro en Iraq en 2014, se embarcó en una senda de acercamiento a las autoridades chiíes de Iraq que culminó con la apertura de la embajada saudí en Bagdad a finales de 2016, cerrada desde 1991 en protesta por la invasión iraquí de Kuwait. El príncipe heredero Mohamed bin Salman también ha mantenido contactos muy estrechos con el vencedor de las últimas elecciones generales iraquíes de  2018, el clérigo chií Moqtada al-Sadr. El terreno está abonado puesto que ambos dirigentes se han distinguido por su intento de distanciarse de Irán en el caso del primero y su hostilidad hacia el vecino iraní en el caso del segundo. A mayor abundamiento, los chiíes, confesión mayoritaria en Iraq, se sienten fuertemente árabes. El objetivo saudí, una vez perdida la batalla en Siria, es aprovechar la ola de nacionalismo iraquí, desencadenada con la victoria sobre DAESH y el sometimiento del Kurdistán, para aumentar su influencia en Iraq.

En segundo lugar, el mundo suní dista de ser un monolito bajo el liderazgo saudí. Algunos observadores como F. Gregory Gause III han afirmado que la guerra fría en el mundo suní es igual de cruda e intensa que el conflicto entre iraníes y saudíes. Ambos conflictos se encuentran interconectados: el pluralismo ideológico en el mundo suní ha impedido el surgimiento de un frente suní fuerte que actúe como contrapeso de Irán. Las diferencias ideológicas y la preocupación por la supervivencia del régimen monárquico en Arabia Saudí han bloqueado su acercamiento a Turquía, una República con una democracia populista y conservadora, y un partido islamista predominante, muy próximo a los Hermanos Musulmanes. Los Hermanos Musulmanes se encuentran también detrás del distanciamiento entre Arabia Saudí y Emiratos Árabes Unidos, por un lado, y Catar, principal valedor de los Hermanos Musulmanes, junto con Turquía, por otro. Por otra parte, varios actores no estatales, Al-qaeda y DAESH, compiten con Arabia Saudí. Ambos comparten con Arabia Saudí la versión rigorista del Islam y la hostilidad hacia Irán pero critican la occidentalización de la Casa de Saud y pretenden acabar con la monarquía saudí. Es en definitiva un conflicto sobre la legitimidad del régimen y el papel del islam.

Ahora bien, el factor confesional no es ajeno al conflicto entre Irán y Arabia Saudí. El sectarismo, entendido como la instrumentalización de las diferencias religiosas para alcanzar fines políticos, está muy presente en la política interior y exterior de ambos. En el ámbito doméstico, Arabia Saudí ha recurrido a la retórica sectaria para asegurar la estabilidad del régimen. El Wahabismo es de sobra conocido por su hostilidad hacia los chiíes, a los que considera musulmanes de segunda, desviacionistas, criterio que siguen los libros de texto en los que aprenden los niños saudíes[20]; existe una fatwa contra el matrimonio entre chiíes y suníes y otra que prohíbe a los suníes alimentarse con carne sacrificada por chiíes.

Según la historiadora saudí Madawi Al-Rasheed de la London School of Economics, una estrategia sectaria fue la principal baza del régimen saudí para sortear el surgimiento de un fuerte movimiento opositor de carácter transversal, evitando de esta forma el contagio de la Primavera Árabe[21]. La Casa de Saud desactivó las primeras protestas contra la monarquía denunciando que se trataban de maniobras desestabilizadoras orquestadas desde Irán con el concurso de la quinta columna chií presente en el este del país. El discurso sectario contra los chiíes y la exageración del expansionismo iraní han empujado a la mayoría suní a mantenerse fiel a la monarquía y salvaguardar el régimen de la Casa de Saud[22].

Por su parte,  el régimen iraní ha explicado internamente su intervención en Iraq y Siria en aras de la protección de Nayaf y Kerbala, las ciudades santas del chiismo en Iraq, y del mausoleo chiita de Sayyidah Zaynab en Damasco.

En el exterior, a medida que la autoridad del Estado se desmoronaba en Siria o en Yemen, en las postrimerías de la Primavera Árabe, sus habitantes fueron encontrando protección y sustento en las comunidades definidas por su credo. En Iraq este proceso había comenzado con la desintegración del Estado en 2003, favorecido además por la “democracia consocional” implantada por los estadounidenses, con su sistema de cuotas de cargos electos “muhasasa”, que favoreció la identificación, retórica y movilización sectaria al igual que había ocurrido en el Líbano desde los Acuerdos de Taif.  El resultado fue que las comunidades suníes y chiíes volvían su vista a Arabia Saudí e Irán en busca de apoyo diplomático, económico, político, y militar.

Irán y Arabia Saudí, muy conscientes de la fuerza de la identidad religiosa, han explotado su cercanía con esas comunidades y grupos afines para ganar poder regional. Arabia Saudí ha apoyado a grupos suníes en Siria y en el Líbano con el objetivo de contener a Irán. Por su parte, Irán ha utilizado a chiíes pakistanís y afganos para luchar en Iraq y Siria. En esta última ha contado con la inestimable ayuda de Hizbollah y de otras milicias chiíes de Iraq como Badr y, por último, las Unidades de Movilización Popular, creadas con el impulso del llamamiento del Gran Ayatolá Ali Sistani para defender Iraq del DAESH y con la financiación y entrenamiento iraní.

En definitiva, Irán y Arabia Saudí utilizan estrategias sectarias de forma instrumental, interna y externamente, para ganar cohesión interna de sus regímenes políticos y ganar influencia en Oriente Medio pero la religión no es un vector fundamental del conflicto. Por otra parte, el sectarismo no se encuentra en el origen de estos conflictos internos que arrasan Oriente Medio, pero es la forma que terminan asumiendo muchos de ellos a medida que Irán y Arabia Saudí intervienen para apoyar a grupos afines que proliferan con el retroceso de la autoridad del Estado. Oponiéndose a la lectura sectaria del conflicto se encuentra la división del mundo suní y unas ambiciones de Riad y Teherán que desbordan los campos definidos exclusivamente por el credo.

 

La dimensión económica

Irán y Arabia Saudí son Estados rentistas[23] dependientes de los hidrocarburos que constituyen el eje vertebrador de la organización política y social de estos dos países[24] así como de sus políticas exteriores. Según el Banco Mundial, las rentas del petróleo constituyeron el 13.6% del PIB iraní y el 26.4% del PIB saudí en 2016.

Siendo los hidrocarburos clave en la economía de ambos países, las estrategias de Arabia Saudí e Irán han chocado en el seno de la Organización de Países Productores de Petróleo (OPEC). Arabia Saudí no está necesariamente interesada en el precio más elevado para su petróleo, una circunstancia que ralentizaría el crecimiento en las economías occidentales y perjudicaría a las inversiones saudíes en esas economías. Su prioridad ha sido garantizar un suministro estable de petróleo a sus aliados occidentales de los cuales depende su seguridad. Arabia Saudí ha ejercido tradicionalmente el papel de “swing producer”, un productor que adapta fácilmente su producción de crudo, sin incurrir en costes excesivos.

Por el contrario, Irán, tercer mayor productor de petróleo de la OPEC, ostenta una capacidad de producción disminuida desde 1978, año en el que bombeaba cerca de 6 millones de barriles de petróleo al día. La república Islámica ha pretendido maximizar los ingresos del petróleo para financiar su presupuesto y contrarrestar los efectos adversos de las sanciones económicas de EE.UU. en su economía.

En el pasado Arabia Saudí ha intentado ahogar la economía iraní mediante un aumento significativo de la producción de petróleo para reducir su precio. En 1986 Arabia Saudí inundó los mercados de petróleo barato para castigar a los países que habían violado el régimen de cuotas de la OPEC. Los iraníes percibieron esta iniciativa como una táctica para quebrar la posición económica de Teherán en un momento muy delicado de su guerra con Iraq. A raíz de la caída de los precios del petróleo en 2014, Irán y Arabia Saudí han multiplicado sus escaramuzas en el seno de la OPEC con la segunda intentando reducir la producción para mantener los precios mientras que la primera pretendía aumentar la producción para recuperar los mercados perdidos debido al endurecimiento del régimen de sanciones contra Irán desde 2011[25].

La retirada de EE.UU. del Pacto Nuclear en mayo de 2018 y la vuelta de las sanciones económicas, con un alcance extraterritorial, ha aumentado de nuevo la presión sobre Irán disminuyendo considerablemente sus exportaciones.

 

Percepción de amenazas y equilibrio de poder

Desde la Revolución Islámica de 1979, Irán ha sufrido y sobrevivido a las políticas estadounidenses de aislamiento diplomático, sanciones económicas, cambio de régimen y ventas multimillonarias de armamento a Arabia Saudí. La política de seguridad iraní se ha centrado en la oposición a la presencia de Estados Unidos en Oriente Medio –y por extensión de sus aliados Israel y las Monarquías árabes-,que se percibe como una amenaza existencial para la estabilidad y supervivencia del régimen.

El régimen islámico, sin fondos ni acceso a los mercados occidentales de armas, ha basado su política de seguridad en una estrategia de defensa avanzada, en palabras de Vali Nasr. En vez de esperar a sus rivales pasivamente, Irán los combate a nivel regional. Esta defensa adelantada tiene carácter disuasorio y permite a Teherán elevar el coste de cualquier acción militar de Estados Unidos contra Irán. Una lectura más propia del realismo defensivo. En esta estrategia juega un papel estelar el concepto de profundidad estratégica[26]que va más allá de las capacidades materiales y descansa en los apoyos externos con los que cuenta Irán, en razón de su credo chiita, la religión musulmana y el panislamismo, su identidad persa, o su ideología revolucionaria. Los dirigentes iraníes son muy conscientes de las ventajas del poder blando.

Con este equipaje el régimen islámico ha forjado un sistema de alianzas con Estados y milicias afines en los países árabes a las que financia, apoya y entrena,  el llamado eje de resistencia. Una clave de su éxito radica no tanto en el volumen de las ayudas que presta a sus aliados, muy inferior al de Arabia Saudí, como en que Irán se ha granjeado la confianza de sus socios. Irán también ha alimentado los conflictos en los que su rival saudí se está desangrando, como Yemen. Otros dos instrumentos detrás del éxito iraní han sido unas fuerzas expedicionarias, las fuerzas Quds dependiente de la Guardia Revolucionaria iraní, que han proyectado poder efectivo en Siria e Iraq, contribuyendo decisivamente a la victoria de sus aliados locales, y unas capacidades cibernéticas bien desarrolladas gracias a una población joven bien formada en TICs (The Military Balance, 2018, página 337). 

Irán, chií y persa, ha explotado, por un lado, las afinidades confesionales de las minorías chiitas en los países árabes y, por otro, las inclinaciones antioccidentales y antiisraelíes de movimientos islamistas, milicias y sociedades en una región mayoritariamente suní y árabe.

El régimen iraní se ha dotado de una esfera de influencia en Oriente Medio que flanquea Arabia Saudí:  desde las milicias hutíes en Yemen, pasando por los regímenes amigos de Omán y Catar, hasta el núcleo duro de los regímenes aliados en Iraq, Siria, Hizbollah en el Líbano y HAMAS en Gaza.

Esta Media Luna Creciente Chií, testimonio del aumento de la influencia y del poder iraní en el mundo árabe, constituye la principal amenaza para la Casa de Saud. Arabia Saudí considera estas injerencias iraníes en el mundo árabe una evidencia irrefutable de las aspiraciones hegemónicas de Irán y su viejo sueño de recuperar el imperio persa de hace 2.500 años. Una lectura más acorde con el realismo ofensivo.

La contención del empuje iraní en Oriente Medio se ha convertido en el leitmotiv de la política de seguridad saudí en los últimos años, especialmente desde la llegada del Rey Salman en 2015.La monarquía saudí ha procurado contrapesar el expansionismo iraní con todos los medios a su alcance. Internamente Riad ha aumentado regularmente su presupuesto militar hasta convertirse en el tercer país del mundo con el gasto más alto en defensa. Externamente, Riad es el mayor donante árabe, junto con Emiratos Árabes Unidos, siendo sus principales clientes Egipto y muy por detrás Jordania y Pakistán. Arabia Saudí ha utilizado el arma del petróleo para quebrar la economía iraní y ha intervenido en Bahréin y Yemen trazando las líneas rojas a Irán, y también en Siria para desangrar a su rival en una guerra que dura ya siete años.

El balance de esta nueva estrategia saudí no es halagüeño. Arabia Saudí ha impuesto su criterio en Egipto, con la vuelta de un régimen autocrático afín a Riad y ha mantenido a Irán lejos de Bahréin. En Yemen la actuación saudí se ha saldado con una crisis humanitaria y un conflicto interminable en el que Riad busca una salida digna. En Siria las iniciativas saudíes han terminado con sonoros fracasos mientras que en Iraq la situación actual ofrece oportunidades para la instalación de los saudíes.

Después de más de un año de bloqueo, Arabia Saudí no ha logrado someter a Catar, que sigue estrechando sus lazos con Turquía. De paso el bloqueo saudí ha provocado la crisis más grave del Consejo de Cooperación del Golfo, desde que se creó en 1981 para salvaguardar las monarquías árabes del Golfo frente a la amenaza revolucionaria iraní.

A pesar de este balance sombrío, Riad cuenta desde la llegada de Donald Trump a la Casa Blanca con su aliado estratégico tradicional para frenar a Irán. A esta empresa se han unido Emiratos Árabes Unidos, un país con el que la monarquía saudí comparte afinidad ideológica, y finalmente Israel, aunque este último de forma encubierta ante los reparos de las monarquías árabes a hacer pública la colaboración diplomática y militar entre todos ellos. Para todos ellos el problema de Oriente Medio se llama Irán.

En definitiva, la esfera de influencia forjada por Irán para contrarrestar la presencia estadounidense en el mundo árabe se ha convertido en la principal amenaza para Arabia Saudí que ha emprendido una estrategia de equilibrio de poder con el fin de contrarrestar la fuerza creciente de Irán.

 

Conclusiones

Para entender qué está ocurriendo se necesita discernir la estrecha relación  existente entre la percepción de amenazas y las ambiciones regionales de Irán y Arabia Saudí, las oportunidades crecientes que ofrecen los numerosos conflictos internos y el reciente vacío de poder en la región con la retirada estadounidense, y las afinidades transnacionales de tipo religioso, ideológico o étnico[27]

Los últimos tres lustros en Oriente Medio han sido testigos de cambios geopolíticos y políticos de enorme trascendencia, de carácter exógeno y endógeno, que han afectado la relación de fuerzas entre Arabia Saudí, Irán y el resto de las potencias regionales. La inseguridad e inestabilidad regional in crescendo[28]constituyen un factor catalizador y al mismo tiempo un producto de la rivalidad entre Irán y Arabia Saudí, si bien el creciente desorden regional no se puede atribuir exclusivamente a la rivalidad entre ambos[29].

Por una parte, los cambios geopolíticos instigados por EE.UU. desde 2002 mejoraron la posición internacional de Irán, potencia contestataria del orden regional posterior a la II Guerra Mundial. La caída de los Talibanes en Afganistán y el aniquilamiento del régimen de Saddam Husein en Iraq y el Pacto Nuclear de 2015pusieron fin, aunque de forma transitoria, a su aislamiento exterior.

EE.UU., que ha ejercido el papel de “offshore balancer” en la región, ha venido perdiendo interés en Oriente Medio, en consonancia con el cansancio del pueblo norteamericano con las guerras del presidente Bush y a medida que se ha convertido en un país autosuficiente en el terreno energético. Su retirada militar ha generado un vacío de poder que Rusia y las potencias regionales se han apresurado a cubrir.

Recientemente el tránsito de la administración Obama a la administración Trump ha significado la sustitución de una estrategia moderadora del conflicto entre Riad y Teherán a otra estrategia orientada al apoyo a Arabia Saudí y la contención de Irán, por tanto, una estrategia catalizadora del conflicto.

Por otra parte, los cambios endógenos han fomentado favorecido la rivalidad entre Arabia Saudí e Irán. En primer lugar, la Primavera Árabe ha debilitado a los rivales regionales de ambos –Egipto, Siria, Turquía- mejorando así la posición relativa de Riad en el mundo árabe y suní y de Teherán en el conjunto de la región. El caso más paradigmático es Egipto: el proceso revolucionario y contrarrevolucionario entre 2011 y 2013 neutralizó el papel que tradicionalmente ha ejercido Egipto, un aliado de Arabia Saudí, en el mundo árabe.

En segundo lugar, Irán ha sido el país que mayor provecho ha sacado de los conflictos internos que han resquebrajado al “Estado árabe”. En la actualidad, de los 22 países de la Liga Árabe al menos cinco han colapsado (Siria, Yemen, Libia, Somalia e Iraq): sus gobiernos son inestables, no ejercen el control de todo su territorio, tampoco desempeñan todas las funciones esenciales de un Estado como el mantenimiento del orden público y la prestación de servicios básicos a sus ciudadanos. Muchas de esas funciones son asumidas por los actores no estatales o semi-estatales de naturaleza político-militar. Así Hezbollah, DAESH, Al-qaeda, los Peshmerga kurdos, los Hutíes, o HAMAS  se han convertido en piezas clave en la región.

Los conflictos internos actúan como ventanas de oportunidad para Irán y Arabia Saudí ya que los actores estatales y no estatales pugnan por el favor de estas potencias regionales y su ayuda militar, económica y diplomática. Irán y Arabia Saudí compiten por influencia en la política interna de los Estados débiles, procurando situar a sus clientes en la situación óptima para imponerse en los conflictos locales. Estas dinámicas se asemejan bastante a las relaciones patrón-cliente propias de la Guerra Fría.

La competición y rivalidad entre Arabia Saudí e Irán obedece también a factores estructurales. El antagonismo ideológico, muy visible durante la década de los años 1980 debido a los intentos iraníes de exportar la revolución, continúa siendo el elemento subyacente del conflicto. Incita a cada una de las partes a identificar a la otra como un enemigo y acrecienta la desconfianza entre ambos. El modelo iraní, antioccidental y republicano, con elementos electivos puntuales y concentración del poder en un sector del clero choca con el modelo saudí en el que el poder descansa en el monarca y su familia, que mantienen un férreo control de la religión  y fían su seguridad a la protección de Occidente.

Irán y Arabia Saudí utilizan estrategias sectarias de forma instrumental, interna y externamente, para ganar cohesión interna de sus regímenes políticos y ganar influencia en Oriente Medio. Las guerras que asolan Oriente Medio no traen causa de la religión aunque se apellidan sectarias a medida que Irán y Arabia Saudí intervienen para apoyar a grupos afines que proliferan con el retroceso de la autoridad del Estado.

A pesar de este elemento sectario, no estamos simplemente ante un conflicto regional entre suníes y chiíes. La división del mundo suní entre dos bandos cada vez más enfrentados, uno liderado por Arabia Saudí y otro liderado por la entente Turquía – Catar, ha restado capacidad a la primera para frenar el incremento de la influencia iraní en el mundo árabe. Además, Riad y Teherán, en  su elección de aliados, desbordan las fronteras sectarias con el fin de aumentar su poder relativo.

Irán y Arabia Saudí procuran aumentar su poder relativo en Oriente Medio porque quieren ser tenidos en cuenta como potencias regionales y porque se sienten amenazados. Riad percibe correctamente que el aumento ininterrumpido de la influencia iraní en el mundo árabe desde 2003 ha alterado significativamente la relación de fuerzas en la región a favor de Teherán. El Pacto Nuclear de 2015 y la victoria de sus aliados en Siria, Iraq, Líbano y Yemen ha generado la percepción de un Irán victorioso y ha agravado la ansiedad estratégica saudí.

Teherán, por su parte, ha forjado una esfera de influencia regional en respuesta a la presencia estadounidense en Oriente Medio que correctamente asume como el mayor peligro para el régimen. Con una administración Trump empeñada en ahogar económicamente a Irán y promover el cambio de régimen en Teherán, este juego triple de percepción de amenazas se agravará con el tiempo. Arabia Saudí es la nación más beneficiada de la tensión creciente entre EE.UU e Irán.

En definitiva, Arabia saudí e Irán están jugando a un juego de equilibrio de poder en Oriente Medio. La pluralidad ideológica en el bando opuesto a Irán –Israel, Turquía, Catar y Arabia Saudí - dificulta el forjamiento de una alianza de poderes suficientemente fuerte para contener a Irán. Por el momento, el poder blando, la religión y el petróleo son las armas políticas en la pugna. No obstante, como señala Ali Vaez, investigador principal para Irán del International Crisis Group, aunque los liderazgos de Riad y Teherán no parecen dispuestos a asumir una confrontación directa, “a medida que aumenten las tensiones, los errores de cálculo se harán más probables por ambas partes”.  Por tanto, una guerra limitada entre Arabia Saudí e Irán, aunque improbable, ya no es descartable.

 

Blog La mirada a Oriente

@LamiradaOriente

 

 


[1]La mentalidad de asedio está enraizada en la sociedad y la élite dirigente iraní, producto de la pérdida de un papel histórico relevante, tendencia acentuada con los gobiernos desastrosos de la dinastía Qajar durante el siglo XIX y principios del s. XX.

[2]El poder de la familia Hariri en la política libanesa, representante de los intereses de los suníes y saudíes, se remonta a los años 1970 cuando Rafik Hariri estableció excelentes relaciones con el rey Khalid y su hermanastro, el príncipe heredero Fahd que accedió al trono en 1982.

[3] Matthew Levitt explica el nacimiento de Hizbollah en el contexto de la guerra civil libanesa de 1975 a 1989 que acentuó las divisiones sectarias. La invasión israelí del Líbano en 1982 y su ocupación del sur del Líbano creó un caldo de cultivo favorable a los intereses iraníes. Los agentes y diplomáticos iraníes impulsaron la unificación de milicias y grupos armados de base chiita para constituir una poderosa fuerza de resistencia con el nombre de Hizbollah “Partido de Dios”

[4]2006 representó el zénit del poder blando iraní en Oriente Medio. Ese año la política exterior y de seguridad iraní recibía la aprobación del 75% de la opinión pública árabe, que ascendía a un 86% en el caso de Arabia Saudí (Zogby, 2012). A ello también contribuía la impopularidad y los excesos de la Guerra Global contra el Terrorismo del presidente Bush (prisiones de Guantánamo y Abu Ghraib) que concitaron la oposición de los árabes.

[5]Los motivos que animaban la protesta, que persisten en la actualidad, radicaban en la injusticia omnipresente, la ausencia de oportunidades laborales y de movilidad social, y la falta de libertades políticas. El mar de fondo se encontraba, según muchos analistas, en la brecha creciente entre gobernantes y sociedades que ponía en solfa la legitimidad de las autocracias árabes.

[6] Túnez constituye la excepción honrosa y continúa avanzando en un proceso de transición difícil. La Primavera Árabe se reveló incapaz de superar la “excepción árabe” que mantiene alejada la región de un mayor pluralismo y participación de la ciudadanía en la política.

[7]No es casualidad que antes del Revolución de la Plaza Tahrir, Al-sisi sirviese un tiempo como agregado militar jefe de Egipto en Arabia Saudí.

[8] En la Guerra Iraq – Irán Washington apoyó a Sadam Husein aunque también vendió armas a Irán y en la Operación Desert Storm en 1991, que expulsó a Iraq de Kuwait, los estadounidenses no alcanzaron Bagdad con el propósito de mantener a Sadam Husein como contrapeso de Irán.

[9]En 2011, el presidente Obama desveló, en un discurso ante el Parlamento australiano, la estrategia “pivot to Asia”, que pretendía mover el centro de gravedad de la política exterior norteamericana hacia Asia/Pacífico, la región que concentra el 40% del PIB mundial. La autosuficiencia energética, lograda gracias al “fracking”, permitía a EE.UU este cambio de prioridades.

[10] Las milicias hutíes protagonizaron hasta seis insurrecciones contra el presidente Ali Abdullah Salleh, el dirigente escurridizo que gobernó Yemen durante 35 años y que tuvo que ceder el poder con motivo de las revueltas populares de la Primavera árabe en 2012. El fondo del asunto es la marginación de la que ha sido objeto la comunidad hutí, de confesión zaidí, cercana al chiismo, durante la historia. En 2014 la milicia hutí se levantó en armas de nuevo contra el gobierno del presidente Abdo Rabu Mansur Hadique.

[11]Sobre la génesis de un amplio consenso interno en la élite iraní a favor de la resolución diplomática del Pacto Nuclear, se puede ver mi publicación José Luis Masegosa, "Irán y el Acuerdo nuclear de 2015. Una explicación desde el Realismo Neoclásico"Revista de Estudios en Seguridad Internacional, Vol. 2, No. 2, (2016), pp. 31-56. DOI: http://dx.doi.org/10.18847/1.4.3

[12]Washington, que lideraba el Grupo E3/UE+3, aparcó 35 años de ruptura diplomática con Irán para resolver el conflicto nuclear que arrastraba desde la revelación en 2003 del programa nuclear iraní. Para sus promotores, EE.UU, Europa, China y Rusia, el Pacto Nuclear constituía un potente factor de estabilización y de moderación de la rivalidad entre saudíes e iraníes.

[13]Al mismo tiempo continuó la tradición de administraciones precedentes y firmó acuerdos para la venta de armamento estadounidense a Arabia Saudí.

En un tiempo record el presidente Trump se reinventó asimismo y pasó de ser un presidente que amagaba durante su campaña electoral con una prohibición a la entrada de musulmanes en EE.UU. a convertirse en un socio estratégico de Arabia Saudí y el resto de monarquías del Golfo.

[14] Los saudíes pretenden cohesionar el bando suní y eliminar a los díscolos. En junio de 2017, Arabia Saudí y Emiratos Árabes Unidos, con el apoyo de otros países árabes impusieron un boicot a Catar, aduciendo el apoyo de este último a organizaciones terroristas. Catar alberga el centro de mando las fuerzas estadounidenses en la región y la base militar más grande de EE.UU. en la región. Un mes antes Doha habría pagado un rescate de varios cientos de millones de dólares a intermediarios iraníes y milicias chiíes en Iraq para obtener la liberación de más de 20 súbditos cataríes secuestrados en el sur de Iraq. El fondo del asunto es más complejo. Arabia Saudí y Emiratos Árabes Unidos recelan del acercamiento de Catar a Irán, al que el emir catarí se había referido en mayo como una gran potencia de estabilización en la región, suscitando la ira de Mohamed Bin Zeyed y Mohamed Bin Salman. También han competido con Catar por influencia en la región, chocando con el apoyo catarí y de la Televisión Al-jazeera ubicada en Doha a los Hermanos Musulmanes en Egipto y en el resto de Oriente Medio.

[15]Durante los meses precedentes Irán y los países europeos no habían atendido las exigencias del presidente Trump que quería modificar el Pacto Nuclear para incluir los siguientes aspectos: (1) limitaciones al programa iraní de misiles balísticos, (2) limitaciones a las intervenciones iraníes en Oriente Medio, (3) refuerzo de los poderes de los inspectores de la ONU / OIEA en bases militares iraníes y (4) conversión de las limitaciones temporales de producción de combustible nuclear en prohibiciones permanentes. Pero en su anuncio de ruptura el presidente Trump llamaba a un cambio de régimen en Irán, por tanto, desbordando no solo el alcance del Pacto sino también el principio de derecho internacional de no injerencia de los asuntos internos de los Estado, el mismo que EE.UU. quería imponer a Irán en sus relaciones con sus vecinos árabes. 

[16]S. Mahoney (Brookings) se refería a Irán hace poco como un líder natural de Oriente Medio citando todas estos parámetros, a los que añadía su cohesión interna, su sentido de destino histórico y su posición geoestratégica.

[17]Hasta su muerte en 1988, el Imán Jomeini condenó la ostentación y occidentalización de la Casa de Saud y tachó a los monarcas saudíes de anti-islámicos. En su obra “Gobierno Islámico”, combatió la tradición “quietista” predominante en el clero chií que preconizaba el carácter apolítico del clero y defendía el ejercicio del poder político por parte del monarca.La teoría de Velayat e-faqih no solo representó una ruptura con el quietismo chií sino también con el realismo suní, que siempre ha confiado al monarca el mantenimiento de la paz y el orden, a expensas de la justicia, y a cambio de obediencia.

[18]No obstante, conservadurismo en casa y dependencia occidental casan a medias. En Arabia Saudí está muy presente una tensión entre la realidad de dependencia de los poderes extranjeros y la imagen grandiosa que tienen de ellos mismos, y el wahabismo que es puritano y subraya la pureza y la autenticidad de los árabes frente a Occidente.

Esta dependencia de EE.UU. genera contradicciones insalvables entre gobernantes y gobernados y debilita la credibilidad de Arabia Saudí como rival árabe de Irán. Los aliados de Irán, HAMAS y Hizbollah (junto con los Hermanos Musulmanes), se han convertido en un quebradero de cabeza para los gobernantes saudíes al concitar el apoyo de las sociedades árabes en sus guerras contra Israel y el respaldo tibio de Riad.

[19]Según un estudio de Pew Reseachr Center, los chiíes tan solo representan entre el 10% y el 13% de los 1500 millones de musulmanes en el mundo, y el 40% de los chiíes viven en Irán donde son mayoría. Arabia Saudí es un país mayoritariamente suní (casi el 90%) y el 10% restante se confiesan chiíes.

[20] La la historiadora saudí Madawi Al-Rasheed de la London School of Economics cuenta en su “Historia de Arabia Saudí” que la conquista saudí de la provincia oriental de Hasa en manos de los otomanos, justamente antes del desencadenamiento de la I Guerra Mundial, fue posible gracias a un pacto entre los clérigos dirigentes de la comunidad chií y la Casa de Saud por el que los primeros declaraban su lealtad a los segundos a cambio de libertad religiosa, una promesa hasta ahora incumplida por parte de los monarcas saudíes.

[21] Ver capítulo sobre Arabia Saudí en H. Nader, & P. Danny (Eds.), Sectarianization: : Mapping the New Politics of the Middle East Hurst Publishers.

[22]No obstante, no fue la única herramienta. La generosidad del Estado del Bienestar saudí también fue decisiva para abortar cualquier conato de rebelión.

[23] El egipcio Hazim Beblawi delinea cuatro características que deben estar presentes para que un Estado pueda ser catalogado con rentista. Primero, en la economía –donde el Estado es un subconjunto- debe predominar las situaciones de renta. Segundo, el origen de la renta debe ser externa a la economía, es decir, la renta debe provenir predominantemente del extranjero: la renta doméstica, aunque tienda a predominar, no es suficiente para caracterizar a un Estado rentista en tanto que debido a que la renta económica es el pago a un factor que sólo resulta de la producción, la inversión y el manejo de riesgo, en un Estado rentista sólo unos pocos están involucrados en la generación de la renta mientras que la mayoría está activamente involucrada con su distribución y consumo. Finalmente, la renta está concentrada en manos de pocos (Yates, 1996: 14)

[24]En Arabia Saudí la familia reinante puede disponer del Estado y de sus rentas de una manera casi personal a cambio de hacerse cargo de las necesidades económicas y sociales de sus súbditos que renuncian a su vez a la participación política. Las rentas del petróleo han permitido al país conservar sus tradiciones sin adaptarse a las presiones procedentes del entorno internacional. También le han permitido prescindir de la capacidad productiva de la mitad de su población, la fuerza laboral femenina. Las rentas del petróleo han desincentivado la creación de un sistema impositivo que capte recursos de los ciudadanos y han propiciado que el Estado actúe como un patrón que reparte fondos mediante un sistema clientelar. Por su parte, la economía iraní se caracteriza por el dominio estatal y el control que ejercen sobre ella las instituciones no electivas de la República Islámica, incluyendo el Líder Supremo de la Revolución y la Guardia Revolucionaria.

[25]Por cierto, la competición ha alcanzado a sus empresas emblemáticas del sector del petróleo, NIOC y ARAMCO. Se ha especulado con que el anuncio reciente de las autoridades saudíes con el que retrasaban sine díe la salida a bolsa de ARAMCO no era casual y obedecía a la salida norteamericana del Pacto Nuclear. Al igual que no lo fue el anuncio de su salida justamente cuando su competidora iraní NIOC, a raíz del Pacto Nuclear, se lanzó a los mercados internacionales en busca de fondos para modernizar la industria iraní del petróleo. Las autoridades saudíes habrían pretendido acaparar toda la atención de los mercados internacionales y de hecho durante este tiempo las principales bolsas del mundo se han peleado por canalizar la salida a bolsa de ARAMCO.

[26] Ver capítulo de Escandar Sadehi-Boroujerdi sobre Sectarianismo e Irán en H. Nader, & P. Danny (Eds.), Sectarianization : Mapping the New Politics of the Middle East Hurst Publishers.

[27]Además, la quiebra de la confianza en alianzas estratégicas (Arabia Saudí y Turquía respecto a EE.UU.; el Consejo de Cooperación del Golfo después del bloqueo de Catar) suscitan respuestas desestabilizadoras a la ascendencia de Irán y volatilidad en el sistema de alianzas regionales.

[28] El gasto militar  en Oriente Medio ha aumentado ininterrumpidamente entre 2008 y 2015 (un 42%), volviendo a crecer de nuevo en 2017 (6.2%).

[29] Se necesitan añadir otros cuatro  conjuntos de conflictos y las interconexiones entre ellos: las disfunciones del sistema de Estados árabes creado al finalizar la I Guerra Mundial; el conflicto entre Israel y los Estados árabes; el fracaso de la Primavera árabe con la notable excepción de Túnez; y la radicalización en el mundo suní.

 

 

Editado por: Grupo de Estudios en Seguridad Internacional (GESI). Lugar de edición: Granada (España). ISSN: 2340-8421.

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